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La prospectiva es una tecno-ciencia de reciente aparición que consiste en averiguar las perspectivas de futuro de nuestras sociedades a partir de las tendencias del presente. Como ciencia, apenas despega de los hechos, de modo que carece de valor teórico. Como técnica es una utilísima herramienta para los diseñadores de la futura política empresarial y gubernamental, además de proporcionarnos una especie de “ciencia-ficción” rigurosa que, nadie lo duda, a todos nos provoca curiosidad.

En diversas revistas de divulgación científica aparece de vez en cuando algún estudio de prospectiva. Hablan de las súper ciudades y edificios inteligentes, de los problemas ocasionados por la superpoblación del tercer mundo frente al estancamiento y envejecimiento del primero, de la macroeconomía global, de la revolución de los medios de comunicación, del final del problema energético, de la globalización de la política con la desaparición del “estado” como unidad de gobierno fundamental, de los problemas ocasionados por el aumento del parque automovilístico, de la erradicación de la enfermedad. O sea, que se trata de averiguar las noticias fundamentales del mañana, dibujando las líneas de este siglo que acaba de empezar. Y aunque uno no llegue a creerse en su fuero interno de la misa la mitad, lo cierto es que se trata de previsiones fundamentadas en datos y, por tanto, son prospecciones fiables del futuro. Un futuro que se cumplirá a pesar de los pesares y de nuestra incredulidad. Un futuro que ya no es lo que era.

En efecto, en un pasado no muy lejano, la inquietud por el futuro era predominantemente individualista. Plantearse el futuro significaba pensar en los problemas de salud, en los movimientos de dinero de nuestra cuenta corriente, en nuestro trabajo y en nuestras relaciones sentimentales. Un poco de sentido común y algo de religión bastaban para tranquilizarnos sobre lo que debíamos esperar en fechas próximas. Pero hoy ya no es así. Hoy todo es más difícil.

Si antes el futuro que nos interesaba a los hombres y mujeres de a pie era el que nos afectaba en lo personal, individual e intransferible, hoy debemos ampliar un poco las miras hacia el conjunto de la sociedad. Antes cambiaba uno y el mundo seguía ahí. Ahora uno sigue ahí, pero el mundo que uno conocía ya no está. Es ésta una época de urgencias tan urgentes, de tendencias y proyectos tan rápidamente colmados y superados, que siempre tenemos la sensación de llegar un poco tarde a todo. La sensación del hombre corriente es de estar siempre obsoleto. Tu coche no tiene “common rail” ni “GPS”, tu ordenador no está actualizado (si es que alguna vez lo estuvo), quizá aún no tienes un dichoso DVD, ni te gusta el «breakbeat» (o sea, la música tipo Bakalao), y así un largo etcétera que tendrá su puntilla el día que nos metan los euros en el bolsillo. Yo no sé tú, pero yo, que tengo sólo 31 años, y ya me siento un poco desplazado de los nuevos tiempos... Incluso los chavales están un poco desplazados de su presente: un año le regalan una Play Station y al siguiente dejan de venderla porque ha salido la Play Station II. No me extraña que, tal como andan las cosas, los grupos musicales saquen recopilaciones de sus canciones mucho antes de llegar a disolverse. Ni que la gente famosa se ponga a escribir sus memorias cuando aún les queda vitalidad para dos o tres bodas.

La reacción del hombre corriente y de los grandes fabricantes de cultura (grupos de música, cadenas de televisión y de radio, productores de cine, escritores, decoradores, pintores, modistos, etc.) ante esta situación es esquizofrénica, es decir, patológicamente dual. Por un lado, el mundo cultural y la gente corriente también está alucinada y algo miedosa por el futuro que nos espera a la vuelta de la esquina. Películas como Matrix, Mad Max, Star Trek, Star Wars y un largo etcétera, son, a juicio de muchos, la moderna mitología del hombre moderno. Mitología que se asocia a una mitomanía que empuja a la urgente necesidad consumista de estar perpetuamente actualizando nuestro arsenal de productos de última tecnología.

Pero por otro lado sentimos nostalgia del pasado, de la tranquilidad de otros tiempos en los que todo era armónico y sensato. Vas al cine y te ponen “Gladiator” (nostalgia de Roma) o “Manolito Gafotas” (nostalgia de la postguerra); pones la tele y te encuentras con que lo último en moda femenina es ir vestidas igual que la Bardot (nostalgia de los 60).

Este dualismo define la nueva realidad del hombre del siglo XXI, a saber: la consciencia de ser protagonistas de este tiempo a la vez que nos quedamos obsoletos de este tiempo. La misma sociedad está obsoleta en esta sociedad. Y es que el futuro es presente y el presente es pasado. Los motores de este desbarajuste son la tecnología y la economía de mercado. La política, que va a remolque de las anteriores, apenas es capaz de controlar el proceso de crecimiento desbocado. El producto de esta marcha es la creciente complejidad de la vida cotidiana, el desfase de nuestras estructuras de comprensión de la realidad cotidiana y la necesidad de sucumbir ante las urgencias de los nuevos tiempos. La esperanza... bueno, más que esperanza, hay que plantearse nuestra responsabilidad en todo esto. Hoy, como siempre, somos nosotros los que debemos tomar las riendas del futuro, impidiendo que no se haga todo lo que puede hacerse sino sólo lo que debe hacerse, forzando a que el hombre sea siempre el fin del progreso y nunca su herramienta. Hoy, más que nunca, el individualismo, esto es, la tendencia a permanecer encerrado en uno mismo, es peligroso. Hoy nos vemos obligados a ser ciudadanos del mundo, a actualizarnos, a tener Internet, a informarnos, a exigir nuestros derechos y a cumplir nuestros deberes.

No dejemos que el futuro nos pase por encima a todos, porque hay algo que no puede quedarse obsoleto por mucho que avance el mundo, a saber, nuestra humanidad.





 

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