Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Tenía preparada en la mesa de la cocina, todas muy bien puestas, unas croquetas en «fila india», y mientras se calentaba el aceite para freírlas me fui a la salita con mi marido. Cuando retorno a la cocina veo un clarito en la línea de las croquetas bastante sospechoso, y pienso: ¡aquí falta una! Miro al perro que estaba sentado en un rincón y su expresión bobalicona lo alejaba de toda sospecha. Tomándomelo como una posible equivocación, me alejé nuevamente. Cuando a los pocos segundos vuelvo, miro a la mesa y ya el claro era mayor. ¡Otra! -me digo-. Algo escamada lo vuelvo a mirar escrutadoramente, pero nada, él continuaba haciéndose el tonto. Me voy, pero esta vez, llena de dudas y dispuesta a cogerlo «infraganti». 

Y efectivamente, lo cogí con la «masa en la boca». El sinvergüenza, cuando yo salía, se acercaba y se comía una y luego para despistar se ponía en su rincón poniendo la cara de «niño» bueno. Pero amigo, a la tercera ¡lo cogí! La reprimenda que le hice fue de antología, con deciros, que esta pillería no la volvió a repetir jamás. Se le quitaron las ganas de pasarse de listo y lo más curioso es que no pudo ver una croqueta ni en un libro de cocina.

Otro detalle que nos hizo mucha gracia fue un día que celebrábamos nuestro aniversario de bodas. A la hora de repartir la tarta, mi marido iba poniendo un trozo a cada uno en su plato. El perro se relamía de gusto y miraba a los invitados con ojos de envidia, pensando tal vez: ¿Es que yo no voy a probarla? Viendo que nadie le hacía ni puñetero caso, se agachó y empezó a hurgar bajo el armario de la cocina donde solía guardarle su platito vacío hasta por la noche que es cuando le daba de comer, pero el «hombre» no podía esperar tanto tiempo viendo merendar a todos con manifiesta glotonería. Así, que ni corto ni perezoso, sacó su plato con su basta pata, lo agarró con la boca y nos lo puso, justamente, en la mesa donde se encontraba la tarta y, naturalmente, llorando como un becerro y con los ojos puestos en la exquisita tarta. Todos nos quedamos admirados de su inteligencia y como nos hizo gracia, no tuvimos mas remedio que contarle entre los numerosos invitados, dándole su buena ración.

Como la anécdota que acabo de contar, tendría para rellenar varios folios, pero no se asusten, que no voy a hacerlo.

Ya sé que no digo nada nuevo, porque de este noble animal que es el perro, se ha escrito mucho y bueno, pero el amor que siento hacia estos animales es lo que me ha movido en esta lluviosa tarde de otoño a hacer este relato, como homenaje a su grandeza, ya que no creo que exista nadie tan desinteresado y fiel como ellos, los cuales, salvo raras excepciones, dan más satisfacciones que desengaños. Yo leí una vez un epitafio en una tumba del cementerio de perros que hay en Lisboa, algo aleccionador, decía así: «Cuanto más conozco a las personas, mayor es el cariño que siento por los animales». Pensamiento que comparto plenamente.

Con lo materializada que está hoy la vida ¿de qué mejor compañía podemos gozar? Aparte que, en el terreno monetario, salen mucho más económicos. El «traje» les sirve para todas las estaciones, igual que los zapatos, su educación es infinitamente más barata y sospecho que mucho más positiva, y el remate, son fieles hasta la muerte. ¿Qué mortal podría competir con ellos, sobre todo en esto último? Aunque sólo fuese por su abnegada fidelidad ya deberían merecer todo nuestro respeto.

Ellos tampoco saben de vanidades, aunque ganen premios de belleza, como le sucedió al nuestro en un concurso canino. ¡Qué orgullosos estábamos ese imborrable día cuando le otorgaron su trofeo! Lo exhibimos por todas partes pletóricos de entusiasmo.

Otra de las cualidades que pudimos admirar en nuestro querido «Bronco» fue su gran sentido de la equidad en las disputas con otros perros. Normalmente, no tuvo muchas ocasiones de tener riñas, ya que siempre lo llevábamos bien sujeto, pero en las ocasiones en que gozó de plena libertad en lugares poco frecuentados por las personas y coincidió con otros canes, nunca partió de él la agresión. Ahora bien, si lo provocaban, era un temible contrincante.







 

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