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Cuando dieron las doce de la noche del pasado 31 de diciembre, mientras repartíamos besos y felicidades impregnados de burbujas y alegrías, sin notarlo, sin que apenas nos diésemos cuenta, se abrieron las puertas del tiempo para dejarnos ante toda una nueva época.

Nuevo año, nuevo siglo, nuevo milenio... Atrás quedó para siempre aquel milenio, aquel día primero de enero del año 1001 en el que España amanecía musulmana -espléndida sultana y mora- por los cuatro puntos cardinales y Almanzor celebraba en Madinat al-Zahira su victoria y regreso tras imponer sus reales en las galaicas y santiagueñas tierras de Compostela.

Atrás quedó también, y también para siempre, nuestro querido siglo XX, tantas veces motivo de ufanía, tantas veces soberbia y orgullosa referencia para diferenciarnos y distanciarnos de lo antiguo, del pasado, de todo lo que suponía viejo, arcaico, primitivo, antigualla -desconocimiento e incultura, en fin-, en cuanto lo comparábamos con nuestro adelantado, súper desarrollado y tecnológico siglo XX.

Y atrás quedó para siempre el finisecular año que nos ha servido para finiquitar el pasado y entrar en el futuro. Un año tontorrón, diríamos -el último de la milenaria cola, ya ven-, sin grandes cosas ni adelantos que pudieran servir para referenciarlo en la historia, pero un año que nos ha permitido abrir los ojos a esta futurística primavera en la que el árbol de la ciencia florece esplendoroso y nos regala cada día las brillantes y cálidas rosas de luz que brotan de sus ramas.

Algunos recordaremos con nostalgia los años niños, incluso, sentiremos cierta desazón cuando algún chaval de peinado cherokee y anillas en el ombligo nos diga que somos más antiguos que un Pokémon y que pertenecemos al siglo pasado, pero tendremos que sentirnos satisfechos de la época que nos ha tocado vivir, a caballo entre dos siglos, el haber conocido las carretas de bueyes y el AVE, los armatostes telefónicos de manivela y los móviles, el poyo hornilla de carbón o leña y las vitrocerámicas, pasar del ditero al Corte Inglés, de los gramófonos al CD-ROM, del candil de carburo a los fluorescentes... y, si quieren, si la lágrima los deja, piensen que también conocimos a aquellos tantos amigos nuestros de muletas y sillas de ruedas por la maldita polio, y, ahora, a tantos amigos de nuestros hijos, todos más sanos que una pera y estudiando empresariales o económicas en la Facultad.

Y al del pelo cherokee, si se tercia y con todos los respetos, díganle que fuimos nosotros quienes los pasamos del tam-tam y las señales de humo a Internet.





 

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