Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Los buenos negocios no se improvisan. No vayan a creerse ustedes que las ideas salen por salir, como por obligación. Nada de esto. Hay que ser un lince para dar con un buen filón. Yo, como soy un lince siempre termino dando con él. Al principio la cosa les parecerá extraña o más bien absurda, pues, ¿a quién se le pudo ocurrir semejante tontería? Pues se me ocurrió a mí que no soy tonto. Observé a las mujeres. Locas ellas, siempre tras las ropitas, los jerséis y los blusones. Las mujeres se pirran por estas cosas del vestir. No importa si necesitan vestirse o no, siempre cabe un vestido más en el ropero.

¿Ustedes estuvieron en las rebajas? ¡Una locura, digo! ¡Ni escribiéndolo un Cervantes pueden darse una idea! Las mujeres corretean entre las prendas, gesticulan, gritan, enloquecen ante la prenda soñada. Las manos cogen las ropas, las sopesan, las besan, las huelen. Y cuando, ya decididas toman la prenda para que les sea envuelta y hacen el pago, se las ve sonreír, completas, satisfechas. Y total ¿para qué? A todas estas mujeres les entró un momento de locura y cuando esta locura se ha transformado en algo que tienen ya en su poder su entusiasmo se deshincha como los globos. «A lo mejor no elegí bien. A lo mejor no es mi talla. A lo mejor no irá bien con el bolso o los zapatos».

Y ahí entro yo. Cuando ellas pierden la euforia, entro yo. ¿Qué perderían con no haber comprado? Si yo les ofreciera la mitad del coste ¿no sería una liberación para ellas?

Las mujeres con las que entablé conversación me aseguraron que estaban decaídas, insatisfechas, y que darían por perdida la mitad del coste si alguien les comprase de nuevo la mercancía. Y ahí entré yo, con mi suspicacia.

Y me planté con un tenderete ante la fachada de los grandes almacenes con la indicación de que «les compraba de nuevo lo adquirido por la mitad del precio». Y el éxito fue total. Aunque parece ridículo el éxito fue rotundo. Las mujeres salían del almacén, observaban como les volvía a comprar la mercancía y volvían a sonreír. Y yo regresaba a los mostradores y volvía a colocar y a vender la ropa al precio original. No, no es una broma. Les aseguro que la mayoría de las mujeres encontraban en la transacción una manera de sentirse redimidas. Entre el almacén y yo se estableció un contrato sin firma, pero de caballeros. Ellos volvían a adquirir las prendas y las volvían a vender. Incluso las volvían a vender a mujeres que ya se habían desprendido de ellas.

Este negocio tuvo su final, como todos los grandes negocios. Porque siempre hay cretinos que le imitan a uno y que su falta de imaginación les obliga a copiar la genialidad de los otros. Y poco a poco surgieron los competidores, pagando un sesenta por ciento del coste original, lo que desbancó mi porcentaje del cincuenta por ciento que estaba dando. Los buenos negocios no brotan como las setas, hay que saberlos cuidar, ver sus posibilidades.

Yo estoy dándole la vuelta a un nuevo negocio que será original y remunerado. Pero no lo voy a contar, no sea que antes de ponerlo en práctica salga un desaprensivo y se quede con la idea, el malnacido.






 

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