Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Por fin va alejándose el estío con sus calores asfixiantes, y, cumpliéndose el ciclo de las estaciones anuales, entramos en el otoño, ese representado en la antigüedad por una dama portando un cesto de frutas y muchos, muchos racimos de uva.

Para entrar en el invierno nos despedimos del verano con ese mes dichoso, el de noviembre, que empieza en «Todos los Santos» y termina en San Andrés, el que se encarga de desnudar de hojas los árboles, con una caída suave y tierna, como si la vida terminase, para empezar el frío de la muerte, sin hojas, como si éstas fueran la vida que se va, y nos deja los campos yermos y vacíos de verduras y colores, sustituidos ahora por el gris triste del otoño, y es que vamos hacia lo «otro», hacia la despedida de lo que tuvimos, una despedida que culmina en el nacimiento de nuestro Jesucristo como una nota alegre que quisiera que no nos diéramos cuenta de la que se nos viene encima y de lo que estamos perdiendo, se nos está llevando el tiempo con la crueldad de su caminar inmisericorde que se va sin perdonar ni un solo minuto... sin posibilidad de marcha atrás, como una despedida sin vuelta que nos hace recordar lo de que: «¿Dices que no son tristes las despedidas? Dile al que te lo diga que se despida», pues, en esa despedida se nos va un año entero de vida como tantos otros de los que pasaron y que se quieren atenuar con el jolgorio de unas fiestas que se nos vienen llenas de música, de recuerdos y de amor y paz; el jolgorio hermoso de saber que ha nacido Jesús para nosotros los católicos, con la esperanza grande y sublime de que morirá para salvarnos, nada menos, como si se cumpliera un sueño inmenso, sublime, que nos dice que nosotros vamos a pasar por este mundo por algo y para algo, y que todo no terminará del todo el día de nuestra muerte porque lo que tuvimos puede volver y nos podremos encontrar a los seres queridos en el otro mundo que nos depara la otra vida que Él nos dará, sacrificándose por y para nosotros; es tan maravilloso que, ahora sí, nos consuela el pasar por este otoño camino del invierno frío y triste que nos está llegando irremisible, sin piedad y sin calor ninguno, sólo con frío y desesperado dolor de ver cómo todo va muriendo como un anuncio de lo que es y será nuestra vida entera, y lo será.

En fin, que van a llegar los Reyes Magos enseguida, una vez más, como pasaron tantas otras veces por nuestra vida desde nuestra infancia, que parece que fue ayer, y es que la velocidad del tiempo es grande cuando pasa, pero es inquietante y lenta cuando la esperamos y nos aclara despacio todo lo que queramos de ella.

Niñito ven, sueña con las rosas
que el viento agita en su vaivén,
sueña con blancas mariposas.
¡Niñito ven! ¡Niñito ven!

Estos son, recogidos, los versos llenos de ilusiones del niño en su sorprendente edad de ficción y que nos describe Amado Nervo en su latir de poeta, desconociendo lo que está haciendo psicológicamente, con un sentido exclusivamente literario y nada científico. Porque el niño hasta los siete años tiene que pasar por toda esa edad de ficción que le hace jugar hablando con sus juguetes sin parar, manteniendo el diálogo de su imaginación sin límites, insaciable. Así, puede ver en la caja vacía de unos zapatos amarrada con una cuerda, un maravilloso descapotable que para sí quisiera el mejor conductor de carreras del mundo, que sólo piensa en la calidad de lo que lleva.

El experimento fue fácil y expresivo, casi contundente. Delante de un grupo de niños se presentaron dos habitaciones con un contenido totalmente distinto. Una estaba repleta de maravillosos juguetes mecánicos, productos de la mejor electrónica, preciosos, con sus luces automáticas, impresionante colorido y de movimientos casi brujos. En la otra habitación había juguetes artesanos, sencillos, simples y hasta primitivos, que necesitaban de una total asistencia porque no eran capaces de hacer ni un solo movimiento por sí mismos.

Colocados los grupos infantes ante las habitaciones, se procedió a abrir las puertas y se instó a los niños a que se dirigieran a la que quisieran. Inmediatamente, acudieron en tropel a la puerta que tenían delante. Ellos podían elegir el lugar más apetecido, lo que dio lugar a que se precipitaran sobre la puerta de la habitación con el contenido más apetitoso a primera vista, la de la electrónica, el colorido y el automatismo. Pero aquello resultó sorprendente, aquellos juguetes no cumplían con esa necesidad que los niños tienen de formar parte activa jugando, el juego es actividad, es movimiento, es expansión, imaginación y hasta trabajo; es ese hermoso aprender en la vida del niño. Y enseguida se dieron cuenta de que aquellos juguetes mecánicos, deslumbrantes, estaban muy por debajo de la imaginación de los niños, estos juguetes siempre hacían lo mismo, de ahí no pasaban, siempre se repetían en sus movimientos, luces y colorido.

Enseguida, se cansaron de la monotonía de esos juguetes, ellos necesitaban moverse, poner en actividad su capacidad de juego, y aquello no resultaba, el problema consistía en ver la repetición de un juego anodino en el que apenas podían participar. El niño sólo podía participar mirando, pero muy poco jugando, era un simple contemplar, parecido al de aquella niña al que se le ofreció una muñeca que no quería y que la madre le imponía y ofrecía resaltando sus cualidades: -Pero es que anda, llora y hace pis -decía la niña-; -Es una muñeca maravillosa ¿te das cuenta? -decía la madre-. Y la niña, en su edad de ficción, le contestaba a la madre, emocionada sobre todo pensando en el precio que había pagado por aquella maravilla: -Pero es que para eso tengo a mi hermanita y lo que yo quiero es una muñeca.

¿Para qué vamos a hablar más de la edad de la ficción? Es una edad precisa, imprescindible en el desarrollo del niño, gracias a Dios. La edad en la que hay que aceptar que en ella se cumpla la frase de Lemkau: «Antes de llegar el niño a la fase de los juegos constructivos, tiene que pasar por la fase de destrucción». Contrapunto de aquella otra frase de Zulliger: «Antes de llegar el niño a la fase de limpieza tiene que pasar por una fase de suciedad».

Nosotros le añadimos a estas afirmaciones sensatas y seguras: «Antes de llegar a la fase de realidades, el niño tiene que pasar por la fase de ficción». Tiene que pasar y, conviene y se hace preciso, respetar estas fases. ¿Quién no recuerda la maravilla de las fases de ficción cuando soñábamos con la llegada de los Reyes Magos, acostándonos emocionados y hasta temblorosos, esperando con los zapatos puestos en el balcón o en el salón de casa a que la mejor y más preciosa de las estrellas del firmamento trajese hasta nosotros a esos Magos de ensueño de nuestra infancia y nos dejasen los más hermosos regalos que les habíamos solicitado en una emocionante carta? ¿Pero, de verdad, en el curso de toda nuestra vida hubo alguna vez algún regalo mejor que aquellos? ¿Y alguna noche de ensueño más llena de emoción, grande e inmensa? ¿Es posible que haya alguien que no recuerde emocionado aquellas noches inmensas y piense que no deben faltar en la vida sencilla, sublime y maravillosa de sus hijos? ¿Puede aceptarse que la brusca, la desagradable y positivista realidad de hoy, pueda imponerse escatimando a nuestras criaturas de semejante y maravillosa felicidad?

A este propósito recordamos, unos Reyes, aquellos Reyes de la guerra, de la terrible guerra civil que sufrimos los españoles. Era en una capital de la Andalucía Oriental, una capital sin inviernos, ni fríos, ¡gracias a Dios!. Allí estábamos nosotros, aún adolescentes, cuando aquella noche, precisamente ¡qué ocurrencia!, aquella noche, ese lobo del hombre que es el «enemigo» aprovechó para bombardear en un horrible bombardeo de pólvoras furiosas que lo destrozaba todo, tiraba viviendas, sepultaba edificios. Mientras las sirenas avisaban de que había que refugiarse para salvar la vida, un padre volvió a su casa, exponiendo su vida, para recoger el muñeco de su hijo que se había quedado olvidado en la casa y por el que el niño no paraba de llorar ¿Qué menos podía hacer por su hijo? Cuando cruzaba la casapuerta, justo en ese momento, una bomba que traía la muerte, caía sobre el edificio y lo destruía... Los otros dos hijos y el menor, lloriqueante, esperaron inútilmente la vuelta del padre con el juguete. Entre los escombros, al día siguiente, apareció el padre con el juguete en la mano. En otros muchos edificios algunos niños no tuvieron tiempo de llegar hasta el refugio y también, al desescombrar los pontoneros, los encontraron con las manos crispadas apretando los juguetes soñados.

Naturalmente, parece que tampoco puede ser beneficioso el explicarle al niño que sueña y espera las emociones que forman parte de sus esperanzados sueños, algo más de lo que el niño necesita que le cuenten. Conviene dejarlos soñar. Porque cuando rebasen los 7 años pasarán al período de soñalización comunal y tendrán contacto directo con todo y sus cerebros, más maduros, irán estableciendo las diferencias entre la realidad y la ficción y ellos solos, por desgracia, se irán enterando del error en que se encontraban. Claro, que esta realidad desagradable que les irá llegando, ya estará empapada por el maravilloso bálsamo de los recuerdos incomparables de aquellos Reyes Magos que les servirá de consuelo en la realidad de la vida.

Malgalath, Galgalath y Serakin, eran los nombres hebreos de los tres Magos de Oriente que nosotros conocemos desde el siglo VII, con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En la Catedral de Colonia se conservan sus restos en un suntuoso relicario, que adoran los fieles el día 6 de enero de cada año. La historia nos cuenta cómo Carlomagno donó al Obispo de Colonia los restos mortales de los tres Santos recogidos después del martirio sufrido allá por el año setenta. ¡Qué pocos pensarán en su muerte de mártires! La mayoría es natural que los vean solamente guiados por la estrella que, según los cálculos de Kepler, era la conjunción de Marte, Júpiter y Saturno. La mayoría los verán llegando a Belén hasta los pies de Jesús en el portal, con el oro más puro, el de Minive, y la mirra y el incienso mejores, los de Yemen. Y ofrecerlos en perfecta sumisión. ¿Historia? ¿Sueño? ¿Leyenda?

Pero volvamos a los niños, a nuestros niños, a nosotros mismos en nuestra infancia, con nuestros padres emocionados por darnos la mejor y más grata sorpresa con el mejor de los regalos. Volvamos a todo esto, tan hermoso que todavía nos sirve de felicidad y paz, a pesar de tantos años pasados. Pensemos que lo mismo puede repetirse con nuestros nietos, pensémoslo y soñemos felices ¡tiene tanta largura esta felicidad y tanta duración!

Recordemos que las ilusiones son el mejor perfume de esta vida de flor que es la suya, por lo frágil y por lo bella.






 

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