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En más de una ocasión hemos tratado en estas páginas de un tema de difícil dilucidación: las posibles diferencias estilísticas entre la literatura y la poesía. A primera vista el problema estaría resuelto si aventurásemos provisionalmente la idea de que literatura es la de los seguidores, segundones o no, la de los clichés, la que está perfectamente escrita, pero no añade nada nuevo a lo recibido; y la poesía, por lo contrario, es la que tras el sello de lo extrañador, lo que sorprende por una expresividad que rompe los esquemas de lo ya experimentado por el lector. Poesía innovadora frente a poesía lastrada. Véase para este problema Hacia un concepto de la literatura española de Guillermo Díaz-Plaja, Austral.

Pues bien, invocando la innovación como caballo de batalla en el poema, hemos de recordar las diversas Estilísticas que se han preocupado del estilo. Todas ellas tienen un común denominador: la idea de «desviación», acuñada concretamente por Rifaterre y Hernández Vista, y con ella se entiende la posibilidad de definir los rasgos más propiamente estilísticos de un texto literario. En esos rasgos hay que presuponer también la noción de Figura, tal como la consideraban los tratadistas clásicos. Entrar aquí en la lista de las figuras sería interminable; bástenos tener en cuenta la metáfora, las simetrías, los simbolismos y la adjetivación original como «hechos de elección», según Daniel Devoto. Por su parte, el Formalismo ya había definido el estilo como un «extrañamiento» frente al uso automatizado de la lengua, incluida la que llamamos literaria como registro de nivel superior frente al habla, no sólo por la corrección (que la tienen otros textos, tales como el humanístico, el periodístico, el jurídico, el científico...), sino por su riqueza léxica.

Tenemos, pues, a tenor de esa misma diferencia estilística, por una parte, el texto que no sorprende», que no añade ninguna novedad en tropos y figuras; por otra, el texto que nos emociona por su voluntad creadora. Se me objetará que hago un convencido hincapié en el lenguaje, y no le doy importancia al tema. Pero justo es decir que desde las vanguardias los motivos, que tanto obsesionaban a los poetas y escritores del realismo, incluso a los modernistas y más aún a los noventayochistas, a partir del 27 serán secundarios. Para el desarrollo de esta idea, véase La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset, Revista de Occidente.

La renovación poética del 27 se sumergió en el cauce de la poesía garcilasista de la posguerra, y más tarde en la llamada poesía social, entre la denuncia y la reflexión. Fue el Grupo Cántico el que, ya avanzados los años cuarenta, trajo aires nuevos a la poesía española con las raíces arábigo andaluzas y la herencia de Juan Ramón. En suma, toda una apuesta por una poesía predominantemente estética sin alardes esteticistas, en la que la belleza desborda la anécdota o la delicada historia que se cuenta o sugiere. Los Novísimos, a finales de los sesenta, tomarán cuenta de este gesto y enriquecerán el panorama poético en varias direcciones con la intención de no volver a una poesía lastrada y clásica a ultranza. En todos estos poetas alentará un firme anhelo de creatividad, aunque no siempre se consiga el bienvenido deslumbramiento.

No quiere esto decir que todos los autores implicados tengan una cosmovisión poética propia como la tuvo un Neruda o el mismo Juan Ramón, dos poetas, como se ve, tan distanciados en sus visiones y expresiones. Lo cierto es que la comunicación ya sea de un mundo propio, ya sea de un sencillo y fugaz sentimiento requiere en estos momentos, como mínimo, un confiado sacudimiento de toda la hojarasca prestada por otras generaciones.

Un reto de exigente y entusiasta afán creativo se nos pone en la aduana de la consagración como si nos dijese: «O César o nada». En todo caso, si se es un epígono con dignidad hemos de decir con el poeta inglés George Meredith (1828-1909): «No habléis de genios frustrados... El genio hace lo que debe y el talento lo que puede».






 

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