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Precedida de la Nochebuena, la fiesta de la Navidad del Señor (la más importante en la vida de la Humanidad), ofrece a todos los cristianos motivos entrañables de meditación, orientados a perfeccionar conductas y actitudes, con promesas solemnes que generalmente no se cumplen.

Pocos días después, todos saludamos -con gratitud, alborozo y esperanza- al nuevo milenio que comienza. Gratitud, que es lo menos que podemos brindarle cuantos tenemos la dicha de ver su nacimiento. Y preguntamos: ¿Qué nos deparará el destino hasta enfilar, una vez más, la festividad de San Silvestre? ¿Alguna quiniela millonaria? ¿Reveses peliagudos? Nadie puede contestar a estas preguntas. Lo importante es que con la misma satisfacción que vemos su comienzo, podamos contemplar también su declinar. Es lo que deseamos todos en esa venturosa alborada del 2001.

Día, el de Año Nuevo, de aspiraciones grandes, ¡sí, señores! El mal estudiante promete solemnemente quemarse las pestañas en lo sucesivo; el vago, meter el cuello; el sablista, moderarse; el aficionado al mosto, no «catar» más de lo conveniente; el fumador, declarar la guerra sin cuartel a esas labores que nada tienen de beneficiosas; el drogadicto, practicar la abstención... En fin, cosas dichas o pensadas alegremente que se esfuman ante el choque con la brutal realidad. Como ejemplo de esas promesas, que casi siempre se quedan incumplidas, vamos a referirnos a un «tajarina», de buen humor, que todos los años se propone cambiar de vida y el comienzo de una nueva singladura. Le conocimos días pasados y, ante su mujer, con gracia y salero cien por cien, afirmó tajante, mientras sostenía por el gollete la botella de rigor:

-¡Después del año que termina, ni una gota más!

Su mujer, toda resignación y bondad, atajó rápida:

-No le haga caso, señor. Siempre dice lo mismo este gran farsante. Lo cierto es que su «enfermedad» se agrava día por día.

Marchamos con la impresión de que el caso no tenía remedio, y que a sus ya sesenta largos, el buenazo de Juanito no iba a hacer el «milagro» de girar ciento ochenta grados para poner proa a un rumbo totalmente opuesto. Pero quisimos recordarle, para su consuelo y buen gobierno, la conocida sentencia del llorado doctor Marañón: «Beber es bueno, si se hace con medida».

-¡Sí -replicó Juanito-, pero con las medidas grandes!

En otro orden de cosas, ya sabemos que las personas catalogan los años según sus sentimientos e ilusiones:

-¡Un año más! -piensan con amargura las señoras y señoritas ya entraditas en numerosas primaveras.

-¡Un año menos! -suspiran, por el contrario, los que tienen su pensamiento fijo en el misterio de la eternidad.

Así van pasando los trienios, los quinquenios y las décadas; y así, también, van sucediéndose unas y otras generaciones en un modo de relevo militar. Los que aún estamos de centinelas, al lado de esa monumental «garita» que es el mundo, nos creemos que somos permanentes e indispensables y tomamos las cosas demasiado en serio. Sin embargo, las personas que, sin dejar de cumplir como Dios manda, toman la vida con espíritu alegre y deportivo, son dignas de admirar y de imitar.

Pronto vamos a emprender la llamada «cuesta de enero» y a vencer las escabrosidades de todo orden, una vez más, con la heroicidad que representa para cuantos vivimos del «sobre» mondo y lirondo, que los hijos y nietos se han encargado de pulverizar.

Porque el mes de enero administrativo comienza con las grandes inversiones de Navidad y Fin de Año, seguidos de la festividad de los Reyes Magos con sus barbudos titulares. Tres festividades de campeonato que se comen las dos pagas (la ordinaria y la extraordinaria) con la rapidez del meteoro. Y es que no se puede hacer en esas fechas una vida corriente y vulgar, teniendo en cuenta que las tradiciones, el ambiente y el «empuje de los niños», arrastran a todos de una forma irremediable. Los que venden tantas cosas tentadoras hacen «su agosto» mientras los demás mortales «garreamos» como las inseguras anclas de algunos barcos.

En la década de los cincuenta, recuerdo uno de los regalos de Reyes que hice a mi hijo José Luis, y que recibió con verdadera ilusión. Se trataba de un tambor de características casi iguales a los de las bandas de música militares, y que él manejaba con una maestría excepcional. Uno de los vecinos del barrio, que oyó su incesante redoblar, alertó a su mujer:

-¡María, vamos a la calle que al parecer viene tropa desfilando! Y se quedaron asombrados al ver que las supuestas fuerzas armadas estaban constituidas por un mocoso que sólo tenía siete años.

No es de extrañar, por tanto, que la antigua Villa de la Real Isla de León sea una forja de hombres constante, con la que se nutren, en todas las épocas, los ejércitos de España. Porque aquí se respira, y se viven, esos aires militares y marineros que son su principal característica.






 

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