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Estaba esperando respuesta a una carta que escribí hace un par de días y conecté el ordenador por ver si había llegado.

En el ordenador, cuando abres el correo, encuentras a menudo una gran variedad de escritos inesperados, publicidad de objetos que nunca comprarás, las últimas novedades literarias con sus ofertas de libros recién editados y, más aún, relatos, poemas, y hasta novelas que hallan soporte para su publicación en este medio tan barato y tan... sin fronteras. Todo es, a priori, de agradecer, pero se ahorraría tiempo y espacio (en su afección más etérea) si sólo nos enviásemos lo necesario o lo solicitado. 

La carta ansiada estaba allí, con su sobrecito cerrado y coloreado de amarillo para indicarme, por si no lo sabía, que ese mensaje estaba aún por leer, y lo abrí. 

El texto era más o menos el esperado, pero me trasladaba, casi en su final, una sugerencia o súplica, que yo tomé como orden cursada en mal tono y me molestó; me recriminaba mi tardanza en contestar a su anterior mensaje y me rogaba, sugería o suplicaba (acaso ordenaba) mayor diligencia en mis comunicados. ¡Qué mierda -pensé yo- es esto del correo electrónico! Antes, cuando se escribía con papel y pluma, cuando se tenía que comprar el sobre y el correspondiente sello, de importe distinto según el destino, luego, buscar el buzón en cualquier esquina e introducir por su rendija la carta ya arrugada de tanto permanecer olvidada en algún bolsillo del abrigo, era mucho más natural, más bonito, y sobre todo, el correo tradicional, por todas esas cosas que había que hacer entre envío y envío, te permitía tomarte el tiempo necesario para meditar el texto, o para esperar, quizá ansioso, una contestación. Ahora no. Ya no se escribe con pluma, pues ésta fue apartada por el bolígrafo, y el bolígrafo quedó arrinconado lejos del teclado del ordenador. La inmediatez del correo electrónico da vértigo, ahoga la libertad, condiciona y obliga, a una respuesta inmediata y todo eso me agobia. 

Pero, como decía, la carta de mi prima Chusa estaba allí y como se acercaba la Navidad, a modo de broma muy apropiada para esa época del año, en sus últimos párrafos, me contaba una historia relacionada con la Adoración de los Reyes Magos. La historia, más que historia era un supuesto, y planteaba la situación que hubiese tenido lugar si, en lugar de los Reyes Magos, se hubieran acercado al portal de Belén sus mujeres, las Reinas Mágicas de Oriente. 

La cosa, con algo de aderezo por mi parte, pudo ser así: 

Ellas, las tres Reinas Mágicas de Oriente, descendieron de sus camellos lujosamente engalanados para la ocasión y, adentrándose en el portal, después de que el buen José les franquease el paso, besaron efusivamente a María y, tomando al Niño en brazos, lo besaban también, al tiempo que decían lindezas de sus ojitos azules, de sus mofletes redondeados y luminosos como la luna que les guió, de su tamaño y hermosura, de su rollizo y saludable aspecto y, como no, del precioso vestidito y de los patucos de punto: -¿Los has hecho tú, María? Claro, estaba segura, son monísimos. 

Por todos es sabido que María era muy pobre así qué sólo pudo ofrecer a sus visitas un poco de agua fresca para aclarar sus gargantas del polvo del camino, agua que las Reinas Mágicas agradecieron y bebieron a cortos y delicados sorbos. 

Repuestas ya sus fuerzas y rehechas de tan largo viaje, las tres Reinas hicieron entrar a sus jóvenes pajes y éstos portaron baúles repletos de presentes para el Niño. Al rato, avanzada la reunión, observaron que, tanto José, siempre silencioso y cabizbajo, como María, prudente y virtuosa, dibujaban en sus semblantes involuntarias muecas de apetito acompañadas de débiles y delatores sonidos que parecían nacer en sus estómagos vacíos, y llamando de nuevo a los pajes, les ordenaron cocinar, en una de sus maravillosas cazuelas orientales, un caldo revitalizador que aquel santo matrimonio, por pudor y vergüenza, guardó para la cena, cuando ya las regias visitantes se hubiesen retirado. 

Un rato después, las Mágicas Reinas se despidieron en el umbral del portal tan efusivamente como saludaron a su llegada y, montando con la ayuda de tres bellos criados en sus descansados camellos, se alejaron del lugar en dirección al lejano oriente, mientras, sin malicia, comentaban lo acaecido: 

-A María la he visto muy delgada, ¿no os parece? Quizá esté enferma, no me extrañaría, con el frío que deben pasar en esa casa y probando todos los regímenes de adelgazamiento que ve en las revistas ¡Que obsesión! 

-¿Os habéis fijado?, duermen junto a los animales. 

-Pues, por si no lo sabíais, José está en paro. No se como saldrán adelante ahora que han tenido al niño, ya son tres bocas. 

-Por cierto, tú no te hagas ilusiones, la cazuela no te la devolverán. 

-De todas maneras, no debemos preocuparnos por ellos, lo de la cazuela no tiene importancia, allá cada uno con su vida y su conciencia. Nosotras hemos cumplido, al fin y al cabo hoy hemos hecho una buena obra.






 

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