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Dice Mercedes Salisachs en su último libro, Los clamores del silencio: «En realidad, cuando transitamos por cualquier lugar, todo cuanto nos rodea puede tener una historia profunda que nosotros no captamos: esa ventana a medio cerrar, ese excremento de perro rozando un árbol, esas hojas caídas pisadas por infinidad de suelas de zapatos o maltratadas por el viento o por la lluvia o por los picoteos de las palomas. Tantas cosas pequeñas que ni siquiera vemos pueden esconder historias difíciles, vidas sofocadas por la angustia, esperanzas incumplidas, desengaños mortales. Y sin embargo sólo pensamos en nosotros. En lo que perdimos o ganamos para volverlo a perder». Esta pequeña reflexión que la escritora nos deja a través de Sagra, la protagonista de su libro, nos podría venir a todos perfectamente ahora que comenzamos un nuevo año.

Siempre que un nuevo mes de enero se nos echa encima solemos recrear nuestra imaginación con nuevos proyectos personales: idas y venidas por nuestra mente, que nunca permanece quieta, esta vez para emocionamos especialmente con lo que la buena suerte nos podrá deparar a lo largo de los próximos doce meses. Nos deseamos lo mejor, y ya está: algo humano, por cierto. Pero yo, sin embargo, quisiera que, además de fijarnos en nosotros mismos, diésemos una vuelta por nuestro alrededor y nos fijásemos también en esas «pequeñas cosas», en esas «historias profundas» que por nuestro lado pasan tantos días y tantas veces, para ver si de una vez por todas nos cuesta menos salir de nuestro yo y abrimos al otro.

No olvidemos que si la Navidad ha supuesto de verdad un acercamiento a la solidaridad y al hermanamiento -y no sólo luces de colores y comilonas-, el 2001 debería ser para todos una gran oportunidad: la de dar lo mejor que tenemos y compartirlo. Ya está bien de que todo se quede en buenos deseos. Abramos de verdad los ojos y las manos para que este mundo nuestro sea a partir de «ya» un mundo mejor. Y no pensemos nada más, y solamente, en aquéllos que inevitablemente nos quedan lejos en la geografía. Justo a nuestro lado siempre hay alguien esperando una mirada amable o un gesto de paz. Ellos, quizá, sean los que la vida nos ha puesto delante, y hacia ellos debemos mirar de frente, con resolución y valentía.

Ojalá que los deseos maravillosos para el Año Nuevo no se apaguen en nosotros mismos, todo lo contrario, que se enraícen con ahínco en cada espacio de tierra que el otro ocupa, que brillen armónicamente como esas luces que a todos iluminaron por nuestras calles en Nochebuena. Vivamos siempre enganchados a la alegría que supone sentirnos todos maravillosamente unidos. Si es así, bien habremos empezado el año, el nuevo siglo, el nuevo milenio. Y a ver si el 2001, que tanto olía hace unos años a auténtico futuro, casi a ciencia ficción, a lo que realmente huele es a humanidad. Y a ver, por cierto, si esto lo comenzamos a experimentar en enero, porque si de lo que nos vamos a preocupar sobre todo es de las rebajas y del próximo Carnaval, mal, muy mal habremos comenzado.

¿No creen?







 

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