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El concepto de pensamiento resume de algún modo la idea de lo que debe ser esa cualidad que diferencia a los homo sapiens del resto de las especies. Pensamiento que no está homogéneamente repartido entre los humanos y que no siempre está presente a la hora de enfrentarnos a esas decisiones que todos debemos tomar continuamente.

Recuerdo, por ejemplo, haber tomado alimentos y sustancias que no son apropiados para la salud de mi cuerpo. Recuerdo haberme enamorado sin saber cómo ni por qué. Recuerdo haber sentido el miedo que paraliza la razón y la alegría insensata. Recuerdo haber gastado el tiempo en actividades inútiles y absurdas. Recuerdo, en fin, que, siendo capaz de pensar, muchas veces preferí sentir.

Sin embargo, a pesar de todo, también recuerdo a mi pensamiento acompañando de algún modo a todas estas acciones y pasiones, a veces congratulándose con ellas, a veces con remordimientos y culpas, a veces con indiferencia y, por último, a veces desde ese atontamiento espeso que a todos nos invade de vez en cuando y que nos impide ver con claridad. En definitiva, podría decirse, con los reparos señalados, que el hombre es racional, o capaz para la racionalidad, y que ésta cualidad nos diferencia de las bestias.

El hecho de no reconocer en los animales la capacidad del pensamiento llevó a los filósofos modernos a creer que las bestias no son sino mecanismos muy perfectos, autómatas sin alma incapaces de sentir como nosotros. Así se pensó hasta hace poco. Pero llegó la revolución biológica de los siglos XIX y XX. El evolucionismo de Darwin y la genética de Mendel sentaron las bases de una nueva consideración de los seres vivos. Por primera vez abandonó el hombre sus prejuicios sobre el mundo animal y se atrevió a observar. Y descubrió que el animal siente, recuerda, se comunica... quizás piense. Vimos entonces a los elefantes practicando ritos funerarios, a los chimpancés fabricando artilugios, a las ballenas hablándose entre ellas... Ahora la diferencia entre animal y hombre se difumina, se hace cuantitativa, ya no más de cualidad. Ahora pensamos que somos animales. ¿Serán los animales como nosotros? ¿Podemos seguir pensando, igual que hicieron los antiguos, que el hombre es especial?

A juicio de muchos así es. Aún queda una diferencia esencial entre inteligencia animal e inteligencia humana, a saber, la capacidad para utilizar símbolos abstractos capaces de representar, no ya los objetos del mundo real, pues eso lo hacen los animales, sino los objetos del reino de lo posible.

En efecto, se piensa que los símbolos son las únicas creaciones genuinas del hombre, que ningún animal es capaz de construir símbolos. Según esto el pensamiento humano es conceptual mientras que los animales piensan sólo en cosas y en sucesos concretos. Gracias a esta originalidad de nuestra especie es por lo que nuestro lenguaje puede referirse a cosas que no existen o de las que no se puede construir una imagen mental concreta. Piense usted, por ejemplo, en los conceptos tales como «imposible», «método» o «novedad», y trate de relacionarlos con una imagen mental «perceptiva», a ver si puede.

Es algo probado, en cambio, que los animales sí pueden manejar símbolos más «rudimentarios», más cercanos que los anteriores al mundo de los objetos perceptibles. De otro modo, no es fácil imaginar qué contenidos iban a ser el objeto de su comunicación. En efecto, de algo tendrán que hablar entre ellos, algo que han tenido que simbolizar previamente, esto es, que tienen que haber transformado las imágenes particulares y concretas de, por ejemplo, los alimentos, en sonidos o movimientos que representen de modo abstracto la idea general y universal de «alimento». Por ejemplo, el otro día vi en la tele un experimento que demuestra la capacidad de las aves para manejarse con símbolos. Hicieron escuchar a una gallina que estaba en una caja de un laboratorio la grabación del sonido que hacen las gallinas cuando se percatan de que hay un depredador aéreo cerca. La gallina del laboratorio se escondió, inclinó el cuerpo y huyó de un inexistente depredador aéreo. De este modo se demostró que las gallinas pueden «entender» el significado de determinados cacareos, igual que nosotros podemos entender el significado de determinados sonidos que emiten nuestros congéneres.

A pesar de esto, parece claro que el universo simbólico de las gallinas, que contiene un puñado de símbolos para comunicar la proximidad de realidades relevantes para ellas (alimento, amenaza, disponibilidad sexual, etc.), con seguridad no es comparable con el mundo simbólico de los hombres. En nuestro caso, los símbolos no sólo representan toda la multiplicidad de objetos reales que hay en el mundo sino que también se incluyen los objetos que son irreales, bien porque necesitan de nuestro trabajo para ver la luz (por ejemplo un parque urbano proyectado en la mente de un alcalde), bien porque se trate de objetos que no se pueden ver, oler, tocar, saborear ni sentir, como la Paz, la Sensatez o el Bien. Ni siquiera los chimpancés han podido demostrar que son capaces de crear símbolos artísticos, ni religiosos ni filosóficos ni científicos. Sí que son capaces de pensar, por tanto, igual que nosotros, en determinados objetos rudimentarios. Pero no son capaces de alcanzar aquellos otros que caracterizan el modo humano de pensar la realidad.

La razón de que sea así es que los chimpancés no necesitan contárselo todo unos a otros para sobrevivir. Los humanos, en cambio, han sobrevivido como especie por su dependencia del grupo y de las habilidades de todo tipo que el grupo transmite a los individuos. La cultura, en nuestro caso, a diferencia de lo que ocurre con los chimpancés o las gallinas, ha sido determinante para nuestra supervivencia, pues el hombre está completamente inadaptado al medio ambiente, por lo que tiene que adaptar el medio, mediante el trabajo, a sus propias necesidades. Por eso es por lo que necesitamos más símbolos, porque nos permiten proyectar el trabajo y ponernos de acuerdo para trabajar. Los animales también trabajan, claro está, pero su trabajo no requiere grandes sistemas simbólicos para que pueda realizarse, pues son actividades que vienen genéticamente programadas, en el caso de las abejas con sus panales o de los pájaros con sus nidos, por ejemplo, o que no requieren sino una atenta observación, como en el caso de los chimpancés que aprenden a usar palitos para «pescar» termitas en los termiteros gracias a la contemplación del ejemplo de otros miembros del clan.

El resultado final ha sido que, disponiendo de más símbolos, nuestra inteligencia se disparó, separándonos para siempre del resto de los animales. Esto ha provocado que el hombre sea un ser de posibilidades más que de realidades y a eso se le llama ser «libres». En lo real no cabe elección, pero desde el símbolo podemos pensar en lo real desde una cierta perspectiva que abre la mente a toda clase de proyectos y elucubraciones. En este sentido se dice que el hombre es responsable de sus actos, pues los elige desde la distancia que le ofrece el símbolo, mientras que el animal ni es bueno ni es malo, ni entiende ni falta que le hace para sobrevivir.

En conclusión esto somos: seres altamente simbólicos, seres inadaptados, seres libres. Esto es lo que el animal es: ni libre, ni inadaptado y escuetamente simbólico. Quizás todo esto se pueda resumir diciendo que el hombre es racional y que el bruto no. Yo creo que no. Pienso que por culpa de este tipo de reducciones que ignoran el parentesco que nos une a todos los animales es por lo que permitimos, por ejemplo, las corridas de toros.





 

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