Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Ser una cosa bella. Sólo eso. Como una flor o algo así. Ser bella, como obligación. Por obligación, por ser mujer. Tener la obligación de gustar. Nuestro destino. Para que gusten de nuestra presencia y sueñen en poseernos. Para el disfrute. Gran cosa ser así. Nacida para eso, para gustar, para ser poesía. Para que el mundo se asombre. Para no ser nada, en definitiva, salvo ser como una flor. Una flor se marchita y nosotras nos marchitamos, pero con el tiempo, con el paso del tiempo que lo justifica todo. Ser una cosa bella. Nuestro destino. Y amar, sin conocer el por qué del amor. Sólo como chispa alegre, como algo misterioso que sólo los hombres dominan. Nuestro forma de amar, tan solitaria, tan sin sentido. Sólo porque el hombre sabe saborear las delicias.

Somos insensibles, pero hermosas y esta hermosura nos lleva a sentirnos importantes. Y casi no somos nada; apenas un cuerpo, un sentimiento para el poeta, una delicia para las noches del verano cuando brota de la tierra y del semen del hombre un sentimiento común. Apenas gustamos de este sentimiento maravilloso. Y nos llega la espléndida recompensa de unos pechos que serán delicia y bebida. Delicia para unos y delicia y vida para otros.

Y cuando al fin descubrimos que también nosotras podemos amar y ser útiles y servir al mundo con nuestro esfuerzo, la vida se nos está yendo. Del amor sacamos un hijo y lo llevamos a los ojos ajenos como una joya. Y el dolor de parirlo y el dolor de ir perdiendo nuestra apostura y quebrar nuestra belleza, por esperar seguir siendo la musa y la carne deseada es lo que nos mantiene felices. Pero llegan los días difíciles, cuando el hombre elegido empieza a ver que el mundo no me pertenece y que yo no soy todo su mundo. Y con estas dudas llegan los sinsabores y las infidelidades. Y morimos un poco, aunque la vida es para nosotras un sacrificio normal, aceptado. No basta ver que la sangre se retira, silenciosa, para dejar de parir. No basta ver que nuestro cuerpo se queda entre dudas, casi desconocido. Se fueron los días gloriosos de la primera menstruación del misterio del que nace la vida, se fueron los días en que nos sentimos queridas, cuando el hombre se acercaba con sus versos y sus sentimientos más sentidos. Se fueron las alegrías tras el trabajo de llevar la casa, de concurrir con los hijos, con los nietos. El hombre ya no nos sorprende. Nosotras ya no somos las figuras hermosas que le entusiasmaron. El dolor de haber parido, y la tristeza de haber perdido la juventud parece no contar. Y cuando nos damos cuenta ya no somos la musa, ni la querida ni la esperanza sino alguien con quien ya no se cuenta.

Pero hemos sido hermosas, hemos tenido a nuestros pies al hombre orgulloso, al hombre duro y difícil. Hemos tenido el dolor del parto y el dolor de ser menos cada día, de pasar entre nubes y quedar en el recuerdo. Ser una cosa bella. Lo fuimos, nos consta. Pero lo fuimos. Algún poeta escribió pensando en nosotras y nosotras no supimos de sus poemas. Algún otro mortal soñó en poseernos, pero nosotras lo ignoramos, fuimos bellas. Pero nada más.

Por esto, y porque no quiero ser como ellas, celebro el haber nacido hombre, haber gozado de su belleza, de la ternura de sus noches tranquilas, del amor por el hijo que ha salido de mí por generosidad suya, por haber recibido su sonrisa siempre a tiempo, por haber merecido el beso al salir y volver del trabajo. Y, agradecido y feliz, porque sospecho cerrará mis ojos cuando decida que mi vida termine. Y agradecido por las lágrimas que ofrecerá a mi ausencia.

Ser mujer es algo grande. Pero prefiero haber sido hombre, sin las dificultades de elegir compañera, sin el parto, sin el dolor de ver el cuerpo menospreciado por el tiempo. Ser hombre. Siempre. Aunque admire a la mujer, a la novia, a la madre y a la enfermera, con sus dotes y sus ofertas.

Porque no sólo le vale haber sido bella. No sólo esto.






 

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