Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
No deberían levantarse muros alrededor de la vida. Los muros y paredes tan sólo deberían servir para cobijarnos del frío del cuerpo o del alma, o de las lluvias de lágrimas que nos impulsan a correr hacia un refugio seco en el que llorar con nosotros mismos.

No debería la vida elevar ningún muro entre aquellos que se aman, o que podrían amarse, o que desearían amarse. Ningún muro de distancia, de tiempo, de razones. Por la vida debería correr el aire como corre entre los campos que tanto se parecen a la vida, y las sombras habrían de ser vivas como la sombra del árbol, y no las inertes y oscuras sombras reflejadas entre tantas paredes levantadas.

Cuántos muros separan al rico del pobre, al viejo del niño, a la belleza sedienta de la tosca fuente, a la última ilusión de la única realidad.

Cuando la conocí, ya se le había pasado el momento de sujetar un traje de novia con la armonía de un talle juvenil. Se había convertido en una cuarentona soltera, porque su atractivo femenino le había librado del cruel apelativo de solterona. Tuvo muchos novios, me contó, haciendo evidente lo que bien podía intuirse. Siempre que la vi sentí que guardaba la belleza dentro del armario, del bolso o entre las paredes de su casa, junto a cualquier objeto que le perteneciera; intentaba encerrarla entre sus cosas, con un celo pudoroso, pero la belleza se quedaba prendida en el gesto armónico de sus largas manos y la cadencia lánguida de unos ojos que siempre se recordaban azules, aunque eran grises.

Nunca se casó porque le pedía a la vida la misma luz que le regala al rocío, el mismo aire del que disfrutan las copas de los árboles. No quería paredes ni muros encerrando amores convencionales y anillos de pedida comprados en un saldo, a toda prisa. Su gran amor nunca llegó o ella no supo reconocerlo. Cuánto se le pide a la vida cuando se le exige que unos ojos se miren en los nuestros para siempre y que el número dos pase por la alquimia del amor ideal que lo transmuta en uno.

Y yo, sin embargo, mientras me contaba su historia de amores baldíos y estériles, descubrí en el brillo de una lágrima que quiso asomarse por sus ojos, que quizás una vez el verdadero amor llamó tímidamente a su puerta y ella no le abrió.

Entonces era aún joven y esperaba al príncipe del caballo blanco, ese que reúne tantas cualidades deseables que ningún hijo de madre puede reunir. Pero aquel hombre que pudo haberla amado tanto apareció en vida con las manos casi vacías y las sienes llenas de canas. Ella se quedó ahí, tras esa pared levantada por la vida, sin ver más allá, sin preguntarle al corazón la razón que no entiende de razones. Se quedó con el recuerdo de unos ojos que cada mañana le hubieran hablado del aire que corre por los campos, de la sombra fresca de los árboles y del cálido refugio que él tenía reservado para todas y cada una de sus lágrimas.

Quizás ella también lo amó, o quizás ni siquiera cruzó el muro que la vida había levantado en su corazón. Cuando yo la conocí, ya sólo asomaba por sus ojos una tibia lágrima rezagada mientras me contaba la historia de aquel amor que pudo ser y no fue, y sus ojos, azules siempre en el recuerdo, se perdían en la mancha gris de la pared que separa el amor de la vida; un muro que, como tantos otros, quizás nunca debió levantarse.






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep