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En este último artículo de la serie insistiremos en la tajante diferencia entre la literatura al uso y la poesía como creatividad, como novedad digna de ser tenida en cuenta, y no el disparate que se nos quiere meter de contrabando. Dijimos en su día que el surrealismo había cumplido una misión loable y necesaria en su tiempo, como era sacudir un árbol para arrojar la hojarasca postmodernista. En nuestros días, la preocupación no está en confiarse inconsciente y esperar que por el automatismo de éste surjan brotes de genialidad. Lo más probable es que quien esto aguarda llegue nada más que a esperpento literario de buena voluntad.

El estilo propio no se forja con el esfuerzo del talento, sino que germina espontáneamente; se revela como semilla, aunque el poseedor afortunado de ella tenga que cultivarla. La genialidad no se busca, sino que se recibe como un encargo, como una dádiva más bien de la que luego uno se tiene que hacer digno. Aquí se cumple el mandato mítico de la inspiración como un don de las Musas. 

El auténtico creador es siempre precursor, lo sabemos; pero tiene que hacer ver a sus contemporáneos que él trae una antorcha con la que alumbra a los demás. Se me podría objetar con un argumento expuesto ya en otros artículos de esta serie. Se trata de la imposibilidad del genio puro, creador improvisador que trae novedades increadas. No es a ése a quien me refiero. Pensemos (lo hemos discutido en otros momentos) en Góngora o Rubén Darío. En ellos hay una amalgama de elementos culturales que logra una síntesis feliz. Góngora juega con el hipérbaton latino y los numerosos cultismos que introduce (ya Juan de Mena lo había intentado). Del poeta culterano hemos de admirar su capacidad para crear metáforas y un instinto certero para la adjetivación. Con el nicaragüense nos hallamos con una inteligencia, un talento acaparador de culturas capaz de un sorprendente precipitado estético que lo convierte en indiscutible jefe de fila. Ni uno ni otro han inventado nada; sencillamente han trenzado unos elementos ya existentes, pero que en su trama se asocian y consiguen exhibir un precioso tapiz que sirve de enseña a poetas necesitados de nuevas orientaciones. ¿En qué se parece la poesía de Campoamor a la de Rubén? En nada; o bien, en la métrica parcialmente. Lo mismo cabría decir de Góngora con respecto a los poetas de los Cancioneros del siglo XV. El mismo Lope de Vega, como poeta, tampoco inventa nada; emplea los procedimientos que ya ha utilizado Garcilaso, que es también un talento aglutinador como los otros mencionados, pero con un mérito mucho mayor, pues él es quien crea la poesía «moderna» española; hace triunfar el endecasílabo italiano frente al octosílabo genuinamente castellano.

Consideremos todo lo dicho como introducción a una hermosa inquietud, como es la de innovar, ya como aglutinador, ya sea como supuesto improvisador. Debe ser emocionante para un artista, cualquiera que sea su medio de expresión, encontrarse en sus manos con un pequeño filón de creatividad, aunque haya que despojarlo de la ganga de los adherentes irrelevantes.

Ciertamente, todos los aspirantes a poetas originales han acariciado más de una vez la idea de escribir y sorprender a los lectores. Y no por vanidad, sino por entusiasmo y por saberse poseedor de un mundo propio. Pero hemos dicho «mundo propio» y con ello evocamos una cosmovisión. ¿Volvemos, como un ritornello, al tema que se ha sustentado desde el principio, o sea que el creador lo es en su integridad de experiencia y palabra?

Que cada uno piense lo que quiera. Yo estoy convencido de que la auténtica genialidad nace de una evolución del pensamiento -o del sentimiento, para los románticos-; lo demás, es un intento vago y malabarista que se queda en un surrealismo de euforia fugaz.






 

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