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Soy de las que creen que los premios no engrandecen a las personas. Si uno vale por lo que es o ha hecho en la vida, pues ahí queda, y ya está. Y no es que esté en contra de los reconocimientos, pues si éstos se hacen con justicia y con verdad, pues es algo sin duda bonito y gratificante, pero nada aportan a la bondad de lo conseguido. Sin embargo, estamos en unos tiempos excesivamente motivados por los honores y las medallas.

Todos conocemos dignísimos actores o actrices que no han conseguido un Óscar en su vida, escritores que, en vida, no obtuvieron una alabanza a tiempo, campeones de la humanidad que no se llevaron un Nobel de la Paz... Y así podríamos seguir, enumerando seres que han dado un paso adelante en esto de ser grandes sin serlo menos por irse sin un premio.

Y todo esto me viene a la cabeza a propósito de Miguel Delibes. Se está propiciando una grata campaña a favor de su propuesta como Nobel de Literatura. Yo, que sin dudarlo firmaría para que ello fuera así, sé que todos tenemos ya la alegría de haber sido contemporáneos de este autor y de este hombre de altura.

Crecí, como mujer y como amante de las letras, junto a sus libros, al lado de todos esos personajes suyos que en mayor o menor medida me hablaban al corazón. Supe, por él, lo que era volcarse en una vocación a la que atendía refugiado en su Valladolid, ese rincón castellano que Delibes, al menos a mí, también me ha hecho querer. Todo en su escritura me olía tanto a verdad, a vida, a buen hacer, que no he podido menos que hacerle un hueco en el paisaje de mi existencia.

Ahora, repito, apostamos muchos por el Nobel para él. Ojalá fuera así. Pero también sé que el no conseguirlo no disminuiría para nada ni su calidad ni su aportación a nuestra literatura. Su talla como escritor ha quedado suficientemente demostrada, y el mensaje también. A través de sus personajes -los humildes, los sencillos, los niños, los aplastados por la soledad y la incomprensión, los marginados, los socialmente olvidados- nos ha legado su filosofía personal. Una filosofía que atesora la idea de un mundo mejor, de una Humanidad más justa, de una sociedad más tolerante, más fraternal. Filosofía que supo saltar de las páginas del libro y agarrarse de manera afortunada a la magia del cine, y así recordemos las adaptaciones de Los santos inocentes de El camino, Las ratas, Mi idolatrado hijo Sisí, La sombra del ciprés es alargada... Sin olvidar la próxima, parece ser, adaptación de su magnífica novela El hereje.

Miguel Delibes ya es un clásico de nuestra literatura, una página digna de nuestro siglos XX y XXI. Y, lo que es más importante, un modelo de honestidad, de alma grande y solidaria, de ser humano comprometido con su tiempo y sus circunstancias.

Que el Nobel se lo den o no sólo dependerá de la decisión de unos pocos.







 

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