Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Iba pensando en tener una mañana de ensueño, y entonces me caí. Suelo fantasear en mi imaginación con mi futuro más inmediato y, aunque sé que mi fantasía parece que se envicia no ajustándose a los límites de la realidad, yo iba ensimismada en mi quimera personal cuando resbalé en aquel bordillo y me caí.

Traté de culpar a esa obsesionante manía por hacerme ilusiones sobre lo que iba a acontecer en mi vida, pero suelo malgastar mi pensamiento durante muchos momentos del día y, afortunadamente, no acostumbro a besar el suelo en muchas ocasiones. Pero esa vez me caí.

Esa mañana desayuné a la americana, porque empecé a las ocho y media y terminé a las nueve y cuarto. ¡Qué deliciosa macedonia de fruta me preparé! Y un zumo, y cereales con leche, y una tostada con bacón, y un café... Pero tres cuarto de hora más tarde me caí.

Una refrescante ducha y escogí mi vestimenta preferida para deslumbrar a todos. El color turquesa me sienta bien, y esa falda se ciñe a mi cintura de una manera elegante y sensual. Cuando pronunciaran mi nombre para otorgarme mi ascenso yo tendría que pasear por ese largo pasillo ante la mirada de todos mis colegas y debía estar perfecta. Iba soñando con la perfección cuando me caí.

Todos dijeron que estaba muy atractiva, no sé si porque diez minutos que estuve llorando en el aseo de la oficina me subieron la color natural y eso embelleció mi semblante, ¡mas yo me había caído!

El director alabó mi carrera profesional, y cuando aseguraba que todos los éxitos de la empresa estaban firmados con mi esfuerzo personal, mis compañeros aseveraban con la cabeza reconociendo mi labor. El reconocimiento fue otro premio que me dieron ese día. Pero a las diez de la mañana yo me había caído.

Tomamos unas copas y todos elevaron un brindis a mi salud. Mi hijo se presentó en la oficina con un precioso ramo de flores. Fuimos con el jefe a comer a ese exquisito restaurante donde todo estaba delicioso. Nada sabe igual cuando la congoja agarrota tu garganta, y es que... ¡me había caído!

Por la tarde volví a casa y mi marido me esperaba con ansiedad por que le contara cómo había transcurrido la mañana. Y yo le conté que me caí. Tras asegurarse de que no lastimé mi cuerpo, apenas un rasguño en la palma de mi mano derecha, con la que aguanté el terrible golpe, perdió interés por el accidente y ¡seguía preguntando quién me hizo entrega de los papeles! ¡Por fin!, en ese momento pude descargar la rabia que llevaba en mis adentros desde las diez de la mañana. Mi pobre pareja de los últimos diecisiete años escuchaba con atención y también aseveraba mis infundadas denuncias de egoísmo y falta de tacto y sensibilidad que yo lanzaba despiadadamente sobre él. Me conoce, y sabe que aprisiono mis furias en mi interior y luego las desahogo contra su persona. Eso sucede casi desde el día que nos conocimos. Luego, también tengo yo que aguantarle a él una retahíla de consejos que me ayudarían a vivir más relajadamente. Yo también asevero con mi cabeza, porque sé que nada en esta vida tiene excesiva importancia, que somos muñecos andando por un sendero del que desconocemos si sigue dos metros más allá, que mi marido hasta tiene razón.

Me fui a la cama ya pensando en que el día había salido casi perfecto, en que no debí haber dejado que esa tonta caída hubiera amargado aquella celebración.

Llevé la sábana hasta cerca de mis ojos y me consolé aceptando todo lo que me había sucedido, hasta mi caída.






 

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