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En cierta ocasión, hace ya algunos siglos, le increparon a Sócrates su actitud pueril. Alguien pensó que no es de adultos estar siempre preguntando cuestiones tan comprensibles como «¿qué es el bien?» o «¿cómo educar a los jóvenes en la virtud?»

Y razón tenía quien dijo eso, pues dudar, no saber, preguntar, no estar seguros, buscar respuestas... son todos ellos síntomas de inmadurez y de falta de personalidad. El adulto no duda, sabe, responde, está seguro, enseña. Esta es la teoría que sugiere el sentido común, pues resulta evidente que no se puede estar eternamente en la edad de las preguntas. De tanto en tanto es necesario adoptar respuestas. Y a la vejez uno debe haber adquirido un poquito de seguridad respecto a los temas fundamentales de la vida, digo yo.

Sin embargo Sócrates no fue un insensato al mantener esa actitud pueril. Él sabía que la duda y la inseguridad son el motor de todos los progresos. Él quería preguntar más allá del «manual», ya saben, ese que te enseñan cuando eres pequeño y que te dice qué son las cosas, para qué sirven, qué está prohibido y cuál es nuestro deber. Él buscaba algo más, nuevas respuestas a viejas preguntas, sin miedo al ridículo que supone abandonar la seguridad del mundo adulto y permanecer en un eterno estado de inmadurez.

La postura socrática es poco habitual, desde luego. Las personas funcionan de otro modo. Ordinariamente sucede que los jóvenes aprenden rápidamente y adoptan en muy poco tiempo una vacilante personalidad que proporciona la suficiente seguridad para poder ser aceptados en el mundo adulto. Es ley de vida. El adulto sabe que la mayor parte de esta seguridad es puro fingimiento, que nace, o bien de la ciega imitación de los adultos, o bien de un idealismo insensato sin escala de grises que calienta el ánimo y despierta el coraje. Con suerte este idealismo se asentará, se enriquecerá con tonos intermedios entre el «blanco o negro» de los adolescentes y conducirá al desarrollo de una actividad laboral moderadamente satisfactoria. Por otro lado, el fingimiento acaba por desaparecer, pues uno se convierte en lo que hace. Dicho de otro modo, todos empezamos a navegar en la vida en vistas de un modelo, real o utópico, que elegimos. Con ilusiones y, si nuestro empeño ha sido suficiente y la mala suerte no se ha cebado con nosotros, acabamos en realidades no demasiado alejadas del modelo que habíamos perseguido. Si no hay ilusión, si no hemos tenido voluntad o si las circunstancias han sido desfavorables para nuestros proyectos, seremos unos fracasados. De este modo es como progresan las sociedades, generación tras generación. También de este modo es como surgen en todas las sociedades humanas la casta de los fracasados. Y de este modo es como la historia avanza a trompicones, entre fracasos y éxitos aunque, a decir verdad, cuando miramos la historia con cierta distancia, parece que pesan más los éxitos que los fracasos. Veámoslo.

Si pensamos que en un siglo caben cuatro generaciones y nos imaginamos una fila imaginaria compuesta de estos padres e hijos, podemos hacer estos curiosos cálculos: hace 24 personas que Colón descubrió América; hace 80 que nació Jesús de Nazaret; hace poco más de 1.200 que aparece nuestra especie. Evidentemente, progresamos a todo gas. El mecanismo del progreso es la elección de modelos que nos guíen desde el no-ser de la infancia al ser de la vida adulta. Modelos que en parte se inspiran en lo que hemos visto y que en parte nacen de nuestros sueños. Modelos de conducta, modelos de vida, modelos de trabajo que se transforman, por el trabajo y bajo el empuje de la ilusión en el futuro, en realidades nuevas, generación tras generación.

El progreso, siendo una realidad, en cambio no es seguro que se mantenga. Tampoco es constante. El peligro de estancamiento y retroceso siempre es posible y a veces se vuelve real, como sucedió durante los mil años que duró la Edad Media. Hoy en día algunos temen la extinción de la humanidad por culpa de una guerra termo-nuclear, por la degradación del planeta, por la caída de un asteroide, por el nacimiento del anti-Cristo... Nuestras acciones o la pura mala suerte pueden acabar en cualquier momento con el frágil progreso de que disfruta el primer mundo. Pero si estos peligros son superados, como ocurre hasta ahora, cabe pensar en un mundo mucho mejor en el plazo de unas pocas generaciones. Veamos algunas posibles predicciones.

1.- Es sensato imaginar que la estructura política del planeta evolucionará hasta eliminar el concepto de Estado nacional, entendido como unidad política fundamental hasta cierto punto cerrada en sí misma. Hoy mismo empezamos a ver la precariedad del viejo sistema de estados nacionales: la economía, la belicosidad, la tecnología y la cultura son ahora, más que en cualquier otra época, temas que dependen del contexto internacional. En un futuro no demasiado lejano veremos nacer, si los peligros que citaba anteriormente no lo estropean, una «Constitución» para todo el planeta, una misma economía, unas mismas fuerzas de seguridad, una misma cultura compuesta de todas las culturas, un mismo lenguaje, el inglés, que para eso es el lenguaje de la ciencia, la cual ya es patrimonio de todo el planeta. Desaparecerá poco a poco la distinción entre primer y tercer mundo, igual que ya están desapareciendo las distinciones gastronómicas entre los países. La moneda será una y una será la ley.

2.- Es sensato imaginar que la tecnología de cada momento futuro nos permitirá manejar una horquilla bastante precisa en cuanto a la cantidad de seres humanos que admite el planeta. O sea, que la humanidad no se podrá permitir el lujo de crecer en número, a la vez que somos cada vez más longevos, y mantener a la vez una mediana calidad de vida. No a menos que la tecnología lo permita. Por su parte, la exploración espacial todavía está en pañales y no parece que este asunto tenga demasiada relevancia de cara a los índices de natalidad, al menos no en el plazo de dos o tres generaciones. En cambio será mucho más relevante lo que ocurrirá en breve dentro de los límites terráqueos. Ahí es donde se juega nuestra partida. La ciencia ficción que se inspiró en la carrera espacial entre U.R.S.S. y U.S.A. tendrá que esperar todavía un poco.

3.- Es sensato imaginar que el hombre se ocupará del mayor de todos los problemas: el hombre mismo. La violencia, el fracaso, la injusticia, la ignorancia... son (siempre lo fueron) el origen de todos los males. Que tengamos que morir, que haya terremotos o que suframos un accidente son, más que «males», «reveses» de la fortuna que, hasta cierto punto, son asumibles. Los verdaderos males, los que nunca podremos asumir, son los que nacen de la maldad humana. Y el origen de la maldad humana es, fue y será siempre la violencia, el fracaso, la injusticia, la ignorancia y demás enfermedades del alma. Algunos dirán que cualquier avance en este sentido equivale a la anulación de la libertad de los individuos, como sugiere la película de Kubric La naranja mecánica, o como sugiere la «teoría del instinto de muerte» de Freud, o como defiende la filosofía vitalista de Nietzsche, o como afirma el mito del Génesis acerca del Árbol del Bien y el Mal, etc. Este punto de vista me parece erróneo, porque la libertad no consiste en la capacidad para inflingir daño, sino en la posibilidad de desarrollar una existencia plena, sana, alejada del fracaso como persona.

4.- Es sensato imaginar que los hombres seguirán en el futuro, igual que ha sido siempre, en un estado de eterna insatisfacción. Pero no debe confundirse el hambre de ser-más que supone este sentimiento, con la sensación íntima de fracaso. La «insatisfacción» es un sentimiento de futuro que provoca un deseo ilusionado de progreso. El «fracaso» es un sentimiento de presente que provoca un estado de desesperanza y rabia. Dicho de otro modo, todo «fracasado» es un ser frustrado en sí mismo. Todo «insatisfecho» tiene proyectos que corren el peligro de verse frustrados, pero él mismo es un éxito en tanto que tiene en su interior la esperanza de un futuro mejor. Un futuro que sólo puede avanzar sobre la inmadurez socrática, esto es, sobre el ejercicio filosófico de dudar, de reconocer que no sabemos, de preguntar, de no estar seguros, de avanzar.





 

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