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Cualquier recuerdo agradable del pasado puede ser bueno para servir de tema, pero no sé por qué, los de la adolescencia fluyen con más nitidez y resultan mucho más gratos de evocar; tal vez porque después de haber vivido intensamente con todas las consecuencias que la vida entraña, es como una evasión de este presente inquieto, tan lleno a veces de suspense y mucho más si en el otoño de la vida te detienes a pensar en la triste y árida estación postrera. Es preferible recordar el pasado, esas horas ingenuas de la infancia que todos hemos vivido. ¡Qué poco tiempo dura esa bella inocencia que hace la vida grata y espléndida!

Aquellos primaverales domingos, ¡eran maravillosos! A papá, los cuatro hermanos y un primo que se unía a la «pandi», nos encantaba hacer excursiones en bici.

Papá era un «tío» verdaderamente estupendo y de lo más divertido. Pese a su viudez prematura nunca quiso entristecernos con sus nostálgicos recuerdos y además como llevaba en él la eterna primavera, cuando estaba entre nosotros, incluso nos hacía olvidar que era el autor de nuestros días, ya que se distinguía por sus simpáticas travesuras.

Las bicicletas las alquilábamos en casa de Vila, (el del famoso mono), popular establecimiento que existió en la calle Muñoz Torrero -hoy General García de la Herrán-.

Una vez provistos de nuestro método de locomoción, salíamos los seis a la calle Real, entonces sin apenas tráfico, sin semáforos ni pasos de cebra y, lo que era mejor, ¡sin contaminación! Por supuesto, tampoco había un guardia para dirigir el tráfico, por lo que podíamos darnos el gusto de circular por donde queríamos; en contraste con el turbulento presente, que tan necesaria y eficaz resulta su presencia.

¡Qué tranquila era entonces nuestra querida Isla!, por lo que todo resultaba mucho más fácil de retener en la memoria, incluso la cara de los poquísimos guardias. Aún recuerdo al bonachón del Cabo Canto, me parece estar viéndolo por los jardines de la Plaza del Rey, llamándole la atención a algún niño travieso. Pero volviendo al tema de nuestra excursión, lugar de la meta: Chiclana, y premio por el esfuerzo deportivo, ¡el popular restaurante el «Pájaro»!

El viaje transcurría como podéis imaginar sin ningún riesgo, sólo algún que otro batacazo de papá, menos ducho en este deporte. A veces sus «aterrizajes» eran sobre un gigantesco montón de sal, que por supuesto ocasionaba nuestra hilaridad. Ni que decir tiene que las competiciones de velocidad eran parte del programa, y aunque posiblemente en aquellos tiempos en el Código de la Circulación ya existiría esa prohibición, aquí se podía infligir sin riesgo, ya que el ver por estas latitudes a un poli, hubiera sido como ver hoy a un marciano.

No vayáis a creer que por hablar de esta forma se trate de tiempos prehistóricos y algunos piensen que quien escribe esta historia es de la quinta de Charlot, nada de eso, lo que pasa es que la industria del automóvil y el nivel de vida de los españoles se ha desarrollado a pasos agigantados, y además os diré que hoy en la actualidad soy una incansable del volante, aunque me sigan gustando como ayer las bicicletas. Volviendo a éstas. Seguimos nuestra loca carrera, cada vez menos loca, porque el esfuerzo realizado era algo duro, máxime cuando algunas de ellas eran de «piñón fijo». ¡Al fin!, llegamos algo pachuchos a la ansiada meta.

Con el suculento almuerzo nos recuperamos, pues aquello realmente era más que suficiente para recompensarnos, y mucho más en aquellos primeros años de la postguerra. Nos pusimos lo que se dice «morao», pero después quedaba lo peor: ¡el regreso! Aquí sí que no podíamos dejar las «bicis» y optar por el auto stop, pues si transitaba alguna que otra caballería, era ya bastante. Por lo que no había más remedio que meter el pie y acordarse de aquella célebre frase de Luis Sandrini: «mientras el cuerpo aguante»...

Los últimos kilómetros se hacían interminables, pues la copiosa comida y el vinillo de Chiclana empezaba a hacer sus efectos, sobre todo en el «jefe» de la expedición, que le había dado tanto al «mollate» que sus balanceos nos hacía recordar a los valses de Strauss. Menos mal que entonces no había miedo a pasar por la prueba etílica.

¡Por fin!, en el último sprint, casi exhaustos, llegamos a nuestro querido y emblemático Puente Zuazo -aún sin restaurar-.

Qué alegría cuando soltábamos las bicis y nos acodábamos sobre su barandilla de tubos de hierro -que aumentaba considerablemente la visión del tráfico náutico-. Estaba completamente atestado de público; parecía como si todos los «cañaíllas» nos hubiésemos dado cita en él.  

(Continuará.)








 

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