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LA VOZ DE UN FINO Y PROFUNDO PENSADOR

«La libertad. Gran cosa aquello de no depender 
de voluntad ajena, y más de un necio, de un modorro. 
Que no hay tormento como la imposición 
de un hombre sobre las cabezas.»
Baltasar Gracián

Baltasar Gracián

Gracián, creador de la novela simbólica y uno de los máximos exponentes de conceptismo, representa junto a Quevedo la cima de la prosa española de XVII; el último gran moralizador de la corriente estoica castellana, desde su perfil humilde de hombre enemigo de la ostentación.

La comprensión de Gracián -como la del Quijote, como la del Greco-, ha sido muy tardía y de fuera a dentro. Ya lo presintió el propio Gracián: «Fueron algunos dignos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre. Y si éste no es su siglo muchos otros lo serán». Y: «¡Oh, alabanza que siempre viene de los extraños! ¡Oh, desprecio que siempre llega de los propios!». Los grandes descubridores de Gracián fueron: Goethe, Kant, Schopenhauer, Nietzsche. Schopenhauer nos dejó dicho que Gracián nos había dado «uno de los mejores libros del mundo». Afirmando después Nietzsche, refiriéndose al pensador aragonés, que «Europa no ha producido nada tan fino ni profundo en materia de sutileza moral».

Gracián descubrió lo que él llamaba «El hombre de excepción», y que hizo a Azorín, por 1902, proclamar a Gracián un «Nietzsche español».

Baltasar Gracián nace en Belmonte, pequeña aldea aragonesa a dos leguas de Calatayud, el 8 de enero de 1601. Ingresó en la Compañía de Jesús (1619) y tras ordenarse presbítero (1627) fue destinado a diversos colegios de la orden en Aragón, Valencia, Lérida, Gandía, Huesca (1636-1639), donde se relacionaría con Vicencio Juan de Lastanosa, su mecenas y protector que le prestaría su biblioteca. A finales de 1639 se traslada a Zaragoza como confesor del duque de Nocera, virrey de Aragón. Interviene en la Guerra de Cataluña como capellán castrense. A su regreso a Huesca trabaja en El criticón. Poco después pasa a Zaragoza como profesor de la cátedra de Escritura: el general de la Compañía reprocharía al provincial de Aragón haber premiado a Gracián con esa cátedra en vez de castigarle por los libros que publicaba. A raíz de la tercera parte de El criticón (1653) la situación de Gracián empeoró; fue despedido de su cátedra y desterrado al colegio de Graus bajo estricta vigilancia. Aunque un nuevo provincial suavizó el castigo y le envió a Tarazona, la enfermedad había minado su cuerpo. Solicitó la salida de la Compañía pero no fue contestado. Baltasar Gracián muere en Tarazona el 6 de diciembre de 1658.

En 1637 aparece bajo el seudónimo de Lorenzo Gracián El héroe, sin los permisos requeridos por las reglas ignacianas. Porque aquel hombre que con tanta libertad decía ante el papel las más amargas verdades a todos, señalándolos con el dedo, o ponía bien claro sus nombres cuando merecían un elogio entre tantos necios y malvados, carecía, precisamente en su vida de esa libertad que su indómito espíritu amaba, pues pertenecía a una comunidad que había pedirle cuenta de lo que pensara, hiciera y escribiese. Solamente firmó con su verdadero nombre su única obra religiosa: El comulgatorio (1655), breve devocionario formado por unas 50 meditaciones.

La obra de Gracián suele dividirse en cuatro partes: en primer lugar, los tratados que podríamos denominar de comportamiento o morales: El héroe, El político, El discreto y Oráculo manual. Sigue luego Agudeza y arte de ingenio, ampliación de un tratado anterior, Arte de ingenio. En tercer lugar viene su obra maestra, la novela alegórica-filosófica El criticón, cuyas tres partes aparecieron, respectivamente, en 1651, 1653 y 1657. Por último, una obra ocasional de tema religioso, El comulgatorio, a todas luces menor, y la única sometida a la censura de la Compañía.

El asunto de El criticón, consiste en poner a un salvaje, que el autor llama Andrenio, frente a todos los refinamientos, abundante vicios y escasas virtudes de la civilización, y hacérselos juzgar; lo que da al narrador pretexto para hablar de todo cuanto se le ocurre a su espíritu de sutilísimo, sabio y desengañado observador. La obra de Baltasar Gracián se ha dicho que es la esencia de la picaresca, la picaresca pura. El criticón del admirable jesuita, es esa obra maestra de la picaresca española: «milicia contra la malicia y malicia contra la milicia». Novela de peregrinación es la suya, novela de camino, de andanzas incesantes. Novela en que el camino determina la marcha y de la que está ausente la libertad.

Sería difícil simplificar en pocas fórmulas las proposiciones de las obras de Gracián. El Oráculo, publicado en 1647, es un libro que hay que destacar en primera línea. En 1992, se vendieron en Estados Unidos más de 100.000 ejemplares de este libro, en el que se hace mención frecuente a la sociedad de escogidos y en el que hay reglas para brillar en ella.

En su peregrinación por la vida Gracián va descubriendo monstruos extrañísimos, grandes muchedumbres de gentes, pocas personas. «No es este siglo de hombres», nos dice el jesuita aragonés. Ni heroísmo ni virtud. Cualquier rasgo virtuoso puede figurar entre las más peregrinas rarezas. Es esta malicia que nos rodea la que nos mantiene en acecho. Nuestra conducta no es sino táctica; o dicho llanamente: un medio de tener a raya a los demás.

Gracián medroso de su espíritu, huye hacia el cuerpo de guardia a enfrentarse con hipotéticos enemigos de fuera. Moral picaresca: fuga que se disfraza de embestida. Doblemente terrible la menos espontánea, la que ignora el estímulo cordial, la del puro vacío. Y es que como dijo este gran pesimista formado en la escuela de Séneca: «La vida del hombre no es otro que una milicia sobre la faz de la tierra».






 

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