Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Que este año, el mes de febrero se está portando pero que muy bien y no hemos padecido, por ahora, de las nieblas sobrecogedoras, angustiosas, que apenas te dejan respirar y que se llevan el sol lejos de nosotros que tenemos que respirar en oscuridades agobiantes, lo que es peor y es entonces cuando nos damos cuenta de lo que vale vivir con la luz solar para nuestro bien y el de nuestro entorno (plantas, flores, árboles, animales gozosos de sentir la caricia de la tibieza luminosa de los rayos solares).

Recordamos entonces como nuestro padre nos trajo (hace más de cincuenta años) a esta ciudad de Zaragoza, en el mes de enero, y cómo contábamos los días en los que se nos negaba el sol por nieblas y nublados, y los otros de vientos fríos y terribles que sacudían nuestras orejas heladas y despeinaba nuestra cabeza en una ventolera horrible que llamaban del Moncayo, en medio de la cual ni sentíamos la piel fría y sacudida por el temporal de viento a algunos grados bajo cero.

Estamos seguros de que nos agobió una depresión angustiosa en la que llegamos a convencernos (nosotros, que veníamos desde Granada) de lo que es malvivir y de que una vida así no merece la pena ser vivida siquiera, y no nos extraña que cuando nacimos en Burgos nuestra madre andaluza hiciera todo lo posible por marchar del frío de Burgos, consiguiendo nada menos que la felicidad de poder trasladarse a Cádiz (la preciosísima tasssita de plata), donde nació ya mi hermana Magdalena, porque mi madre estaba embarazada a los dos meses de nacer yo y entonces nos llevamos a mi hermana Magdalena y yo de sólo 11 meses de tiempo.

Esto dio lugar a que me quedara sin lactancia materna en unos tiempos en los que las leches cuidadas y especiales de los lactantes no existían todavía (hace de esto ochenta años) lo que dio lugar a que mi padre tuviese que marchar a Galicia, tierra de buenas amas de cría y procurase para mí un ama provista de buenas ubres que me diera alimentación sabrosa y específica que necesitaba; mi alimentación tan especial. Esto dio lugar a muchas complicaciones, entre otras, la principal, fue que mi ama era algo superior y estupenda en cuanto a belleza natural se refería y que hubo un espabilado y enamoradizo sargento del ejército español que, ayudado sin duda por lo apuesto de su uniforme y sus galones, con su dicharachera gracia, propia de los componentes del ejército español, consiguió camelarla, y la cosa progresó hasta el punto de que la conquistó del todo y la buena de mí ama (y aprovisionadora de mi alimentación) se escapó con él, abandonándome y dejándome a dos velas y esforzándose a que mi padre tuviese que afinar las cosas y procurarse combinaciones de leches apropiadas para que yo me pudiera alimentar. Lo que por lo visto sí consiguió, porque yo seguí adelante, y aquí me tenéis después de tantísimos años... tras una complicada y madura vida, que tantos años ha pasado y tantísimo ha dado de sí. En fin, que todo se pasó y fue bastante triunfal y complicado, pero que demuestra que no hay nada imposible y que con buena voluntad y cuidados se puede lograr que se cumpla el sino y la historia de cada uno... En fin, que los niños llegan a cumplir su destino a pesar de hechos tan peregrinos como el que acabamos de narrar sobre nuestros primeros pasos por la vida y este otro de los demás.

En la profesión que elegí, estaba la de pediatra cuando me licencié en Medicina, y hecha la especialidad en Madrid en los Centros Superiores, terminé en esta Zaragoza de la Virgen del Pilar que tanto me ha ayudado en el ejercicio de mi trabajo. Y que agradezco, pues que es mucho más de lo que yo me merecía...

Y vamos entonces a lo que me sentía obligado a contar por lo que de lección pediátrica tiene. Y es que aquella madre se fue con sus hijos mayores a llevarlos al colegio dejando en casa solo al de cuatro años.

Aquella mañana me correspondía atender a una enfermita en el piso inmediato, frente a la casa precisamente del niño que se había quedado solo en la casa cuando la madre acudió al colegio y se llevó a sus hermanos. Menos mal que el padre de la casa de enfrente, precisamente el de la enfermita que yo tenía que visitar, solucionó todo el terror del pobrecito vecino y su soledad, y lo hizo llamándolo por teléfono; claro que primero, inútilmente, a través del portal del piso intentamos calmarle la angustia que lo atosigaba pensando que por lo menos dejaría de llorar.

El padre vecino sabía que para que aquel niño, que desembocaría algún día no muy lejano en el uso del los móviles, tan ocupadores de la vida de los humanos de su generación próxima, los teléfonos móviles algún día serían el todo de su existencia, ¿sabía aquel niño algo de esto que le tenía que suceder?, ¿se estaba preparando para aceptarlo en su primera juventud, y hasta en su edad, como algo imprescindible de su existencia a todas las horas del día?

Lo cierto era que aquel niño se entusiasmaba cuando sonaba el teléfono en su casa y acudía a hablar por el mismo como si fuera una persona mayor, y el vecino, muy consecuente y muy inteligente, tomó la estupenda determinación de llamarlo desde su casa por teléfono con gran sorpresa y admiración por mi parte que no contaba con tan estupenda solución.

En fin, que el teléfono sonó con la llamada inteligente del vecino y el niño dejó de gritar y llorar en la puerta y acudió a coger el teléfono, consiguiendo hablar con el vecino y así se calmaron las cosas y se resolvieron bastante bien... Menos mal.

Mientras, llegó la hora de que volviese la madre tranquila y absurda que llevando la llave de su casa la abrió y entró a coger a su hijo en brazos y atenderlo como debía ser para que su error se resolviese y su tranquilidad nociva y preocupante también...

Me aclararon que no era problema de medios económicos, sobrados en aquella madre o lo que fuera, que no merecía tener hijos, desde luego, para tratados con esa indiferencia y descuido, porque tenía de sobras bienes e ingresos para cubrir unos gastos de autocar con los que llevar a sus hijos a clase cada día y recogerlos también a diario. Aún más y sin estos problemas, sobre todo teniendo que desatender a su hijo menor, cosa que el niño no se merecía.

A este propósito, también vino a nuestra memoria (tan ducha en los comportamientos extraños y hasta crueles de algunos padres con sus hijos) los que dejaron a sus dos hijicos en el apartamiento de Salou en el verano, los dejaron solos con su abuela anciana, hace tres veranos.

Cuando los padres regresaron de madrugada, después de una noche «loca» de fiesta «larga» y bien gozada, encontraron a las dos criaturitas echados en el suelo y dormidos sobre el frío suelo, donde se habían quedado rendidos de llorar y gritar pidiendo por salir del piso veraniego donde se había muerto su abuela de repente, aquella que tenía la misión de cuidarlos y vigilarlos se había sentido indispuesta falleciendo repentinamente sin encontrar alivio a su mal mortal de necesidad.

Es un cuento macabro digno de «historias para no dormir» el pensar en la angustia y desazón que durante la noche, y en plena oscuridad, maltrató forzosamente los cerebros nuevos que afortunadamente no sabían lo que era la muerte y sólo notaban que su abuelita cada vez estaba más fría, más sorda, más muda... Sin comentarios...

Pero es que es preciso conocer a los niños y sus capacidades y exposiciones a posibles peligros y como nuestra indiferencia y falta de cariño pueden ser perjudicados con nuestros errores.

Darnos cuenta de los miedos que los niños pasan con la ausencia de los padres, que Dios nos dio a los hijos para parirlos y presumir del poder BIOLÓGICO que tiene un padre sobre los mismos, que quiere arrebatarlos y quitárselos a los padres adoptivos. Nosotros sabemos que un padre adoptivo es muy difícil que cometa ese error, lo hemos comprobado en los cuarenta y pico años de nuestro ejercicio en la profesión; la locura del padre adoptivo por sus hijos no permite descuidos, desde luego, no me queda la menor duda.

Y es que los niños, apréndaselo, señora, pueden tener miedo a los colores oscuros (miedos visuales) a las sombras, a las cosas demasiado grandes, al hombre del saco (porque se lo han impuesto), posible sombra este hombre del saco (qué poco buen gusto...). Enseñar y corregir por el miedo es siempre de muy mal gusto.

Y es normal que tengan miedo a los animales desconocidos, por esto los niños de las ciudades temen a más animales (que no conocen) que los de centros rurales que están alojados entre animales domésticos (gatos, gallinas, equinos, etcétera...) pudiendo hasta tener miedo a insignificantes insectos que nunca han visto, como una simple y única hormiga...

Claro que (si no es valenciano) puede tener miedo a los ruidos fuertes: cohetes, voces, ladridos y hasta el cacareo de unas gallinas inofensivas y ponedoras que pregonan su puesta, con la alegría del deber cumplido.

Naturalmente, mi experiencia me hace saber que hay madres y familiares que intentan resolver el problema de los miedos infantiles con dureza, pretendiendo razonarles, demostrándoles con la fuerza lo absurdo de su terror, soltando en la piscina al niño que tiene miedo al agua o haciendo llamar y acercar hasta el temeroso niño, el perro del que huye aterrorizado, demostrándole que el animalito no le hace nada o subiéndolo o bajándolo en el ascensor al niño que no consiente hacerlo lleno de terror a las subidas y bajadas, en lugar de razonar con misericordia y paciencia y cariño para demostrarle, pero poco a poco, con paciencia y sin violencia, que no ocurre nada. Poco a poco, perdiendo el tiempo... que los niños requieren mucho tiempo para atenderlos y sobre todo en estos tan importantes problemas naturales.

Son los padres, y los familiares muchas veces «improvisadores», ignorantes, que con el atrevimiento de la ignorancia piensan descubrir la pólvora, con un desconocimiento completo del problema y desconociendo el periodo de huida, de fuga, que todo niño tiene que padecer al sentir su primer miedo por algo.

Es tan fácil conseguirlo, curar al niño de su error y temor. Porque en el niño todo es fácil conseguirlo cuando se actúa con amor.

Siempre tener presente que amor es comprensión, pero también sabemos que cuando Dios puso al niño en el camino del hombre, no fue solamente para que no perteneciera al terrible grupo de los «sin techo», que «no sólo de pan vive el hombre», sino para que pudiese reducir al mínimo los sufrimientos de su alma nueva, recién estrenada, ésta que tiene que vivir en este mundo unos años y en el otro que Dios le reserva, milenios y milenios interminables, y por eso tienen que formarla para una misión infinita para toda la vida y «hasta para toda la muerte».






 

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