María J. Calandria
Madrid

 

 

SÚBITA ARGUCIA DE LA PIEL


Mis ojos se hielan
en la estela de los tuyos
y pronuncio un adiós
de labios sin palabras;
sin querer lo esquivas
mientras avanzas un paso
que aplasta el dolor de mi reproche.

No has entendido nada...

Mi llanto, adherido a tu zapato
se revuelve por tu suela
y en tu voz resuena el eco
del motor de un coche.

La calle que pasa a nuestro lado
me incita a correr trás de ella,
alejarme de ti, volver a ser quien era
y olvidar tu figura en el asfalto.

Pero me quedo inmóvil, quieta,
ante el vaivén de un pensamiento
que frente a mi se mueve.

Tu piel me advierte, me intuye, se alerta.
Sólo es tu piel quien me conoce.
Tus dedos esculpen un sofisma
de caricias súbitas que acercan
tu piel a mi piel,
y mi piel a la argucia le responde.

Ya no estoy, ni estás tú.
No está el dolor, ni el adiós,
ni está el reproche.

Sólo la piel existe y nos olvida
en su horno de alfarero sin arcilla.