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SÚBITA ARGUCIA DE LA PIEL
Mis ojos se hielan
en la estela de los tuyos
y pronuncio un adiós
de labios sin palabras;
sin querer lo esquivas
mientras avanzas un paso
que aplasta el dolor de mi reproche.
No has entendido nada...
Mi llanto, adherido a tu zapato
se revuelve por tu suela
y en tu voz resuena el eco
del motor de un coche.
La calle que pasa a nuestro lado
me incita a correr trás de ella,
alejarme de ti, volver a ser quien era
y olvidar tu figura en el asfalto.
Pero me quedo inmóvil, quieta,
ante el vaivén de un pensamiento
que frente a mi se mueve.
Tu piel me advierte, me intuye, se alerta.
Sólo es tu piel quien me conoce.
Tus dedos esculpen un sofisma
de caricias súbitas que acercan
tu piel a mi piel,
y mi piel a la argucia le responde.
Ya no estoy, ni estás tú.
No está el dolor, ni el adiós,
ni está el reproche.
Sólo la piel existe y nos olvida
en su horno de alfarero sin arcilla.
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