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Tac tac!, ¡tac tac! ¡Ciento cuarenta y tres!, ¡ciento cuarenta y cuatro! Contando cada pareja de rítmicas taconadas, luego multiplicaría por dos y Marisa sacaría el número exacto de pasos que había de la Facultad de Ciencias hasta su casa. La terrible obsesión por numerarlo todo era una de las previsibles consecuencias que traían sus estudios matemáticos, obsesión que se volvía irreprimible cuando entraba en esas etapas de ansiedad. En momentos como ésos no sabía si era mejor dejarse llevar por la numerología o ponerse a pensar y agobiarse por tratar de evitar esos estados de nerviosismo compulsivo. Ese día, miércoles, se solía consolar argumentándose que era debido a las cinco horas seguidas de clase; lo peor era cuando le sucedían los lunes o jueves que tenían solamente dos horas lectivas. Intentando olvidar y relajarse se propuso sacar un pitillo y, al ritmo de suaves bocanadas de humo, tratar de apaciguarse y llegar a casa con ánimos de degustar plácidamente el rico almuerzo que le esperaba en el horno de la cocina. Echando mano al bolsillo de su gabardina encontró el paquete de cigarrillos, pero se dio cuenta de que, otra vez, había vuelto a perder el mechero. ¡Con el coraje que le daba pedir fuego por la calle!

La tónica del día parecía empezar a cambiar cuando, en dirección contraria a la suya, descubrió que se acercaba ese chico "tan cañón" que habían descubierto el pasado fin de semana en la whiskería de la alameda. Con los ánimos que le daba la presunción femenina de haberse creído mirada con interés por el pretendido chaval, se alborotó la melena que llevaba sujeta tras las orejas, se dirigió al muchacho, cigarrillo en mano, y le pidió con una falsa candidez: "¿Me das fuego, por favor?" El chico, que iba conversando animadamente con su amigote, le contestó con una amable sonrisa que también hablaba de la complicidad de sus miradas la pasada noche: "Por "sssupuesto" que sí". Los breves instantes transcurridos hasta esos momentos, verdaderamente, habían hecho olvidar a María su nerviosismo numérico para entrar en un tipo de excitación más sensual. Él, con su fuerte mano adornada con un anillo se sello azul, sacó del bolsillo de su vaquero un varonil mechero de gasolina que acercó al pitillo de Marisa y activó con su dedo pulgar para que saliera la pretendida mecha de fuego. Entonces, ocurrió lo que ninguno de los dos podía desear, en vez de una parpadeante línea de fuego que hubiera encendido elegantemente el cigarrillo de la chica, del encendedor parecía querer salir la misma lengua rojiza del infierno que prendió rápidamente el ondulante cabello de Marisa que se balanceaba con un incitante movimiento sobre el lado derecho de su rostro. El pelo -material altamente inflamable- se prendió sin dar tiempo a una presurosa retirada ante la inesperada llamarada, y sobre la cabeza de Marisa llovían los cosquis de los chicos intentando sofocar la poco deseada antorcha que quería empezar a nacer. La cosa no llegó a males peores, pero la fuerte impresión de aquellos momentos despertó sonoras carcajadas a los jóvenes que habían puesto toda su intención en evitar un trágico accidente a la rubia de la pasada velada nocturna.

Marisa, sin saber si quemaba más el fuego que había rozado sus mejillas o el que sentía brotar de sus entrañas enfurecidas, empezó a correr con la mano sobre el lado derecho de su cabeza y no abandonó las fuertes zancadas hasta que cerró de un malhumorado manotazo el portón de su pisito de estudiante. Dejándose caer sobre un sillón lloró y gritó a pierna suelta con la intención de desahogar su angustiosa congoja, hasta que unos intensos pinchazos sobre su mejilla le hicieron levantarse y buscar unos cubitos de hielo que dominaran la quemazón. Dos horas tardó en encontrar un poco de sosiego antes de decidir echarse una miradita en el espejo del cuarto de baño. Intentando consolarse, durante su largo llanto se había acariciado esa parte de la cabeza y se había dado cuenta de que sólo unos cuantos pelos habían quedado del tamaño de los de un raído cepillo de dientes, pero la cosa no parecía tan catastrófica. Con los ojos ligeramente entreabiertos se puso delante del espejo y los fue abriendo lentamente para que el sofoco viniera a dosis pequeñas. Eso pensó, pero al final fue una nueva llantina la que evitó que abriera totalmente los ojos y la que la hizo inclinarse hacia el lavabo para echarse agua fría sobre la sonrosada carne de su mejilla. Ante el agradable frescor que comenzaba a sentir empezó a echarse el líquido elemento sobre toda la cabeza y pareció encontrar alivio ante la enfebrecida situación.

Debió ser que la frialdad del agua heló sus sentimientos adolescentes, porque Marisa se envalentonó ante el espejo y buscó el más rápido final al que parecía trágico "problemón". Rápidamente se puso el chaquetón y bajó al antipático peluquero de la esquina porque era la solución más cercana. Ni se inmutó ante la burlona mirada de éste cuando le preguntó con pitorreo si había intentado un pelado rápido, y se puso en sus manos para que intentara arreglar su cabezota.

De vuelta a su piso, esta vez, tras cerrar el portón, no sabía si ponerse a llorar o reír por el estado tan ridículo en el que se había encontrado y la actitud no menos ñoña que había conseguido demostrar. Después de pasar unas horas indeseables, Marisa veía que era ella la que dominaba la situación y no había sido el casual traspiés el que la había vencido a ella. La había dominado, sin lugar a dudas, la presunción juvenil, pero la sonrisa pudo asomar a sus labios cuando se percató de que si no le hubieran dado aquella mancha de cates la cosa hubiera podido desembocar en circunstancias más penosas. 

Mirándose ya abiertamente en el espejo. Hizo un pequeño guiño de agrado a su imagen renovada y se dijo animosamente: "realmente, no estoy tan mal".






 

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