Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Hay quien opina que lo más importante en esta vida es mantener la serenidad. Cada vez que nos pasa algo bueno o, sobre todo, algo malo, correríamos el supuesto «peligro» de alterar la tranquilidad del alma, desquiciándola, esto es, poniéndola fuera de sus cimientos, alejada en su equilibrio, descentrándola. También hay quien piensa que los buenos acontecimientos no son contrarios a la paz del alma, sino el producto de ella. De este modo, la «serenidad del alma» conduciría, a menos que la suerte se porte mal, a una cierta «alegría de vivir».

No sé si este alegría puede ser serena o si el concepto de alegría excluye al de serenidad. Lo que sí sé es que nadie se queja nunca de estar contento, lo que me lleva a pensar que, en el caso de que ambos conceptos sean incompatibles, la gente prefiere estar feliz a estar simplemente tranquilos. De todos modos, puesto que la tarea de la filosofía es plantear lo evidente, hoy vamos a plantear la siguiente disyuntiva: ¿Qué debemos buscar? ¿Serenidad o alegría? Y también preguntaremos si quizás es una pregunta con trampa. Téngase en cuenta que puede pensarse una tercera posibilidad, a saber, que ambos conceptos puedan llegar a coexistir, siempre y cuando, claro está, se rebajen un poco: la serenidad haciéndose más emotiva y la alegría siendo más cerebral, más sensata. ¿Será este último término medio, tradicionalmente conocido como templanza, lo mejor que podemos buscar en la vida? Pero tenemos que empezar desde el principio: ¿qué es la paz?, ¿qué la felicidad? y ¿qué este término medio entre ambos?

Veamos a dónde nos lleva un análisis de estos conceptos. La paz es sólo un valor, quizás utópico, que lleva a los hombres a hacer cosas raras. Que sea un valor significa que, por algún motivo, los hombres piensan que la paz es valiosa, que es digna de ser buscada, no porque nos ayude a ser más felices, sino porque sin ella no se puede empezar a buscar la felicidad. En efecto, antes que ser felices, hay que sentirse seguros. La felicidad es algo que nos pasa, a saber, es un estado de plenitud (tanto más inestable cuanto más puro es) el cual, en tanto que este estado es buscado por los hombres, también es un valor. La mayor diferencia entre paz y felicidad está en que la primera no consiste en algo que nos pase, más bien lo contrario, esto es, la ausencia de pasarnos cosas malas. También hay una especie de paz distinta, la paz interior, también conocida como serenidad, que consiste en que nos dé igual que nos pase lo que sea, se trate de cosas malas o incluso buenas. La paz no es lo mismo que la felicidad, aunque son conceptos muy relacionados: es muy posible, como ya dije antes, que nadie pueda ser feliz si no está libre del miedo, bien porque no pase nada malo (paz exterior), bien porque no estamos pensando en lo que nos pasa (estupidez, que por eso se dice que es más fácil ser feliz si se es tonto), o porque nos da igual lo que nos pase (paz interior o serenidad). Pero la paz no es sólo un concepto negativo (ausencia de...) sino un valor que, en tanto que es algo digno de ser buscado, empuja a los hombres a hacer cosas que ningún otro animal hace, tales como leyes, política, tragarse los malos humores o renunciar a sus intereses privados. Incluso, como dije en el primer párrafo, hay quienes prefieren vivir tranquilos a vivir felices, pues piensan que las alegrías de la vida vienen preñadas de dolor y sufrimiento, porque, ya se sabe, nada es gratis en esta vida.

Todo lo dicho resulta, sin embargo, demasiado conceptual y suena, por tanto, a hueco. Si miramos en el mundo real veremos que nadie está a salvo de los enemigos de la paz, de la exterior y de la interior, y por eso la gente busca la felicidad incluso cuando están presentes el miedo y el dolor, ambos claramente ligados con la ausencia de paz. Pienso ahora en esas parturientas con el cuerpo reventado que son felices al ver a su hijo por primera vez. ¿Será que por un momento se han olvidado de otros miedos aún vigentes? ¿Será que ya nada les duele, de pura felicidad no-anestésica y no-instintiva? No parece que sea así. Del mismo modo, la búsqueda de emociones fuertes a través de, por ejemplo, una atracción de feria, un deporte de riesgo o una película de terror, no parece muy acorde con la exposición conceptual de más arriba. Esto me lleva a unirme a quienes dicen que la verdadera felicidad se nutre de malos momentos, que la plenitud del ahora supone el sufrimiento del mañana y también del ayer (véanse, como ejemplo de esta manera de pensar, la película «En tierras de penumbra»). Si es así entonces resultaría que sólo puede haber felicidad donde la paz es imposible, lo cual significa que la felicidad es un estado de alteración del alma que elimina la serenidad del alma (vamos, que nos desquicia) y, a veces también, la paz exterior. Pensemos en otro ejemplo: el amor. Me parece que puede establecerse una relación inversamente proporcional entre la cantidad de amor profesado y el sufrimiento padecido o que se va a padecer. Así, tener un hijo o casarse son dos modos de ganarse preocupaciones, mientras que quien nada tiene, nada ama, nada tiene que temer. ¿Será que la vida es dolor, como dijo el filósofo Schopenhauer y, antes que él, Buda? Si es así, puede que estamos condenados a sufrirlo, por muy budista que se sea, si tiene razón el viejo Heráclito. Él pensó que «la guerra es el padre de todas las cosas», que lo único que siempre permanece es el cambio y la alteración de todo lo que existe. De este modo uno podrá intentar evadirse de esta realidad, mantener el equilibrio y la calma, pero eso no es vida. Ya habrá tiempo para descansar una vez hayamos muerto. Lo que toca ahora es vivir, sufrir, gozar en lo posible de la vida y soportar como podamos las puyas del destino. 






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep