Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
No se sabe muy bien cuándo comenzó Juan a sentir aquellas extrañas cualidades, aunque se tiene documentación fidedigna de que ya a los diez años hablaba correctamente español, catalán, galego, euskera, árabe e inglés. Había nacido en el seno de una familia humilde del Sur de España, en Rota exactamente, y desde su vieja casa de una planta y encalada hasta las cejas, se escuchaban, aterradores, los zumbidos tenaces de los F-1 de las fuerzas americanas de la cercana Base Conjunta hispano-americana.

De su primera infancia se conoce poco, aunque comentan los viejos del lugar, quizá a toro pasado, que fue un niño especialmente inteligente y vivaracho que merodeaba frecuentemente por los aledaños de la Base y que trapicheaba con los soldados norteamericanos de los que se había convertido en su mascota y en su correo. Un día, en el colegio público del pueblo, D. Julián, su maestro, se quedó boquiabierto cuando Juan, con toda facilidad y sin darse la más mínima importancia, mantuvo una conversación en árabe con una pobre emigrante sin papeles de Tetuán que pretendía escolarizar a su hijo mayor. A partir de ahí las fuerzas vivas del pueblo conocieron en vivo y en directo el caso de Juan, al que, al poco, y con ese gracejo popular de Andalucía, le empezaron a llamar el niño parlador de Babel.

Fue precisamente D. Julián el que más hincapié puso en que Juanito fuese estudiado y reconocido por los mejores doctores de la época. Cuando quedó demostrado, en una memorable sesión pública en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Rota, que Juan hablaba correctamente ya por entonces diez lenguas distintas, el médico del pueblo y el Concejal de Cultura del Ayuntamiento fueron los encargados de contactar con los más prestigiosos especialistas, primero de la capital de la provincia, Cádiz, y más tarde de la capital del Reino. Los mejores neurólogos y logopedas, siquiatras y especialistas en terapéutica física y radiología, tuvieron la oportunidad de revisar al pequeño políglota que, día a día, mes a mes, sorprendía a la concurrencia con el conocimiento de nuevas lenguas.

Cuando, por intermedio del edil de circulación de Rota, que era amigo de uno de los jefes de la Base Americana, Juanito fue llevado al St. Bartolomew Hospital de Sacramento, ya se podía expresar en casi veinte lenguas distintas entre las que se encontraban, además de las más comunes, el servo-croata, el hindi, el swashili, el mandarino, el cingalés y el bantú...

Fueron cientos, miles de pruebas, las que efectuaron a Juan: todo tipo de Resonancias, TAC, tomografías digitalizadas, EEG dinámicos, pruebas de sueño y de reposo, test de esfuerzo, test dinámicos, test psicoanalíticos... sin que se encontrara la más mínima desviación estadística aceptable de la normalidad.

A los veinte años Juan fue contratado por una Academia de Idiomas de Cádiz, y a los veintidós engrosó el Cuerpo de Traductores del Estado con un contrato muy especial adecuado a su edad y a sus especiales conocimientos. A los veinticinco fue llamado por la Comunidad Europea como experto en lenguajes en Bruselas, y a los veintisiete firmó un contrato preferencial para el Grupo de Traductores de la ONU. Por lo demás su vida había cambiado sustancialmente en el aspecto externo de su personalidad, en la parte económica y vivencial, que trascurría vertiginosamente a su alrededor como si de un cachivache de feria se tratase. No así fue el cambio en su personalidad íntima: Juan seguía siendo un muchacho medio sorprendido y sin acostumbrarse del todo a su nuevo estatus económico y social.

Estando en Nueva York comenzó a cartearse con personas de todo el mundo, especialmente chicas jovencitas, aprovechándose de su capacidad casi ilimitada para expresarse en todos los idiomas del mundo. Dicen las malas lenguas que por aquella época tenía una novia epistolar en Samoa, una enamorada ardiente y esperanzada en Kampuchea, una noruega de ojos verdísimos en Berger, y una viuda joven y desconsolada en Abu Dhabi que esperaban semanalmente sus apasionadas cartas. Además de decenas de admiradoras expectantes repartidas por todos los lugares del planeta. A veces, quizá por la urgencia de escribir decenas de cartas similares para los rincones más extraños del mundo, los idiomas se le entrecruzaban y se le escapaban frases en noruego para la viuda de Abu Dhabi, o palabras en camboyano para la enamorada de Samoa. Nada, evidentemente, que no fuera elementalmente entendible dada su febril actividad por aquellos pagos.

Pero la paranoia real, el desenfreno absoluto, aconteció cuando Juanito -D. Juan ya por aquellas fechas-, descubrió el apasionante mundo de Internet. Entonces fue como si nuestro amigo se hubiera tragado, de un solo bocado, a toda la Red, y no había sitio, chat, o página donde D. Juan no estuviera presente dominando todos los idiomas y comunicándose con todos los internautas del mundo. Fue tan paranoico el proceso que todo el tiempo que le dejaba libre su cómodo trabajo de traductor en la ONU lo dedicaba casi exclusivamente a navegar por las infinitas direcciones electrónicas de Internet, llegando hasta el punto de apenas comer o cenar, y restringiendo su tiempo de sueño a tres o cuatro horas imprescindibles ya que los cambios horarios no le dejaban libres demasiadas horas sin que tuviera una cita en un foro de Australia o en un chat de Jerusalén.

Al cabo de unos meses en que su tez se había tornado pálida y ojerosa, y su habitual sonrisa se había convertido en solo una caricatura, una mueca apenas, decidió fabricarse una página web que colgó en la Red con el nombre de EL PARLADOR y la dejó alojada en la dirección http://www.geocities.com/eltraductor.

La afluencia de visitantes desde todos los rincones del mundo -desde Nueva Guinea y Papua hasta el Cabo de Hornos, desde Groenlandia hasta la China-, fue tal que en menos de una semana había acumulado el contador de su sitio más de 15.000 visitas.

Fue entonces cuando comenzaron a aparecer los síntomas alarmantes que más tarde denominaron los doctores de medio mundo como alteraciones intrínsecas del sistema de señales y de conversiones neuronales, un sofisticado eufemismo para determinar en realidad un proceso que consistía en un entrecruzamiento progresivo, y cada vez más acentuado, de palabras de distintos idiomas para confeccionar una frase, y de frases diversas en distintas lenguas en el uso de una conversación. En su afán por responder a los miles de mensajes que aparecían cotidianamente en su Libro de Visitas provenientes de todos los lugares del mundo, Juan empezó a desarrollar una actividad febril que le ocupaba hasta las últimas horas de la madrugada: ora respondía en bobi a un visitante de Guinea, ora en parsi a uno de Irán, ora en guaraní a uno de Paraguay... Pero pronto comenzaron las quejas a través de la misma página. Un visitante de Nueva Zelanda no había entendido parte de su mensaje porque estaba en un idioma para él incomprensible. Y uno de Etiopía no había comprendido casi nada de la respuesta que le daba al estar en una lengua que no entendía y que le parecía que pudiera ser el ruso.

En muy poco tiempo el fenómeno se hizo voraz y el niño parlador de Rota se convirtió en una especie de Torre de Babel parlante al que era prácticamente imposible entender. De cada diez palabras de una frase, al menos ocho correspondían a una lengua distinta, de tal manera que llegó un momento en que nadie pudo entenderlo ni comunicarse con él. Evidentemente perdió su trabajo y se instaló en un proceso de aislamiento progresivo y de soledad que solo los pocos amigos que por entonces le quedaban se empeñaron durante un tiempo en atender llevándole a distintos médicos de todo el mundo en busca de alguna solución para su problema que se tornó irreversible.

No hubo remedio. Juan terminó chapurreando un dialecto incomprensible para nadie en el que cada palabra provenía de una remota lengua y que nadie fue nunca capaz de comprender a pesar de los esfuerzos. Parece ser que hoy, Juan, el niño parlante de Rota, arrastra las largas horas del tiempo en un asilo benéfico de Cádiz donde habla y habla sin parar durante horas y horas en un idioma incomprensible... Y es lo que dice Anselmo, el viejo celador del asilo: es que el que mucho abarca, poco aprieta...

Porque Juan, el parlador de Babel, se va muriendo solo, hablando en todas las lenguas del mundo sin que nadie le comprenda, ni le sirva para nada.






 

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