Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La tarde comenzaba a declinar, por suerte no teníamos levante, la brisa del río era tan suave como una caricia, y el olor a marisma que emanaba de él era tan grato que respiraba una con sensual deleite. ¡Qué placer permanecer allí hasta la puesta de sol! Aparte de esta sensación de bienestar para el espíritu, la vista se recreaba con los numerosos pescadores que, haciendo alarde de paciencia y habilidad con sus largas cañas del país, esperaban ansiosos a que picase el ingenuo pez. Independientemente, también resultaban espectaculares las maniobras que efectuaban en los emblemáticos «candrays» cargados de sal al acercarse a las proximidades del puente. Esto era algo maravilloso. Cuánta caricia demostraban aquellos auténticos marineros en la ejecución rapidísima de arriar velas y palos para poder, pasar por el «ojo grande» del puente aprovechando la viada y después volverlos a izar, continuando su airosa navegación. Todo esto, lógicamente, no lo puede valorar quien no lo vivió.

Pero no es mi idea sumergirme en este relato en el presente, que si bien desde nuestro puente podemos apreciar la bella y cambiada «silueta» que ofrece hoy la Isla de mis amores, tengo que reconocer que el olfato quedó perjudicado por los malos olores que fluyen del alcantarillado, que en aquellos lejanos y tranquilos tiempos, naturalmente, no existía, sencillamente porque no lo habían instalado. Cincuenta años largos que tuvimos que esperar para este «progreso» y, aunque tengamos desde entonces que taparnos la nariz con los dos dedos, mantenemos viva la esperanza, mantenemos viva la esperanza que no sea por mucho tiempo... Evidentemente -todo hay que decirlo-, a mí los olores puede que me afecten mucho más, ya que para mi desgracia me tocó en «suerte» una hermosa nariz a lo «de Gaulle» que todo lo capta al momento. Pero, qué le voy a hacer, si esta ha sido la única herencia que me dejó mi padre.

Retornando al pasado: Después del reconfortante descanso en nuestro amado puente Zuazo, que cincuenta y cinco años después me ha servido para hacer una breve semblanza de lo que aquella tarde gozaron nuestras pupilas, continúo mi relato.

Con qué gusto caí en la cama aquella noche, y, al día siguiente, en el colegio, a comentar la aventura que, ampliada por mi ardiente imaginación, el famoso «Águila de Toledo» quedaba a la altura del betún. Recuerdo lo triste que nos poníamos con las largas ausencias de papá, ya que por ser marino se marchaba sin saber cuándo sería su vuelta. Perdíamos al mejor amigo y ¡qué caramba!, los almuerzos del «Pájaro»; no obstante, nosotros seguíamos alquilando las vetustas bicicletas; claro que los recorridos los hacíamos entonces por las apacibles calles de nuestra bella ciudad.

Un día, bajando la calle Colón a gran velocidad, sin frenos de «disco», pues el más moderno que tenían aquellas pobres bicis eran casi siempre el de «pié» (vamos que había que aplicar el pié a la ruedecita), íbamos a «tumba abierta» toda la pandi. Nuestro primo se olvidó del detalle del «pié» y, como no disponía de otro medio de frenaje, se embaló, y al tomar la curva para entrar en la calle Rosario, (que entonces no estaba cerrada al tráfico) ¿os acordáis los mayorcitos de las barras de metal tan bonitas que tenían los mini escaparates de los Almacenes Blanco?, pues bien, estas barras, a los extremos, tenían unas bolas enormes también de latón y, en una de ellas, hizo impacto el ojo izquierdo de mi primo, que durante mucho tiempo pasó por toda la gama de colores, predominando el negro. Ni que decir tiene que el pobre chico, automáticamente después del accidente, dejó de ser aficionado a este apasionante deporte. Yo, para consolarlo, le cantaba un tango muy en boga en aquellos tiempos: «un tropezón cualquiera da en la vida»...

Yo nunca tuve con la bici ningún problema de los que dejan huellas, aunque una vez en mis comienzos lo pasé bastante mal en el camino de la Avanzadilla. Montaba una tan grande para mí que no podía ni sentarme; empiezo a pedalear y, al poco, iba a una velocidad increíble; de momento todo marchaba bien, pero el trayecto se acababa y yo no sabía ni dar la vuelta y tampoco me atrevía a parar, pues corría el riesgo de partirme en dos como una sandía. El agua cada vez la veía más cerca y el deporte acuático nunca ha sido mi fuerte, pues cuando me llevaban a la playa de pequeña siempre fue a la fuerza, con deciros que mucho antes de que «Perét» perdiera su lágrima en la arena, ya había perdido yo las mías. Así que podéis suponer el pánico que me dominaba ante lo que creía inevitable. Cuando ya faltaban pocos metros para llegar a los célebres «bombos» de la Carraca, opté por el batacazo de costado sobre el duro asfalto. Afortunadamente no hubo ninguna fractura de hueso, aunque, eso sí, un susto espantoso.

Cinematográficamente pasan por mi mente momentos inolvidables, algunos tan maravillosos que llenan mi corazón de nostalgia, pero como no es mi intención que el corazón se me ponga como un higo, tendré que saltarme «a la torera» los rollos que quedan de esta ingenua «película», que, por haber transcurrido la mayor parte en bicicleta, se han pasado de largo muchas cosas. Sé que habrá quien piense: «por mí te la podías haber pasado todas»; pero, ¿por qué no ser un poco optimista y creer que a alguien le ha servido para sentirse joven?

Con esta alentadora esperanza finalizo la sencilla e inocente historia, aunque para mí, fresca y radiante como la primavera.

Quizás mañana mi tiempo lo dedique a este presente inquieto y la aventura transcurra en el «utilitario». Al fin y al cabo la vida no es más que una vertiginosa carrera y hasta el último «viaje» ¡lo tendremos que dar sobre ruedas!








 

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