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De poco sirve ya que lo cuente, pero aún así voy a contarlo, aunque sólo sea para volverme eco de tantas mujeres que lo vivieron y tampoco lo contaron, o para apoyar desde aquí a esas otras que hoy sí se atreven a decirlo y a denunciarlo. Hace ya diez años que ocurrió, pero desgraciadamente lo recuerdo como si hubiese sido ayer.

Mi jefe era el consejero delegado de una conocida multinacional de seguridad, y yo su secretaria. Ya desde el principio tuve que soportar algún comentario molesto acerca de mi apariencia, pero eso es pecata minuta en una empresa con ubicación en España. Recuerdo que no llevaba un mes trabajando cuando un día me llamó por el interfono y entré en su despacho. Se me quedó mirando de arriba abajo…

-Contemplando tu cuerpo se me olvida lo que iba a decirte… 

Procurando que mi tono fuese firme y respetuoso a la vez, por preservar un puesto de trabajo que necesitaba, le contesté.

–Si no le importa me vuelvo a mi despacho, que tengo trabajo. Cuando se acuerde, vuelva a llamarme.

Cuando algo así ocurría después se mostraba excesivamente rígido, serio e intransigente, abusando de la única autoridad que podía ejercer sobre mí.

Por aquel entonces yo estaba casada, y eso supongo que facilitó mucho las cosas durante los dos primeros años. Había un límite que nunca se atrevía a cruzar, quizás porque hasta el hombre más poderoso teme que otro hombre pueda partirle la cara. Lo peor fue cuando se enteró de que iba a divorciarme. Como le comentaba que tenía una hija pequeña, que vivía muy lejos y que siempre llegaba muy tarde a mi casa, -ya que él siempre me daba trabajo justo antes de mi hora de salida-, llegó a decirme que si estuviera con él se aseguraría de que pudiera salir a mi hora y de que no llevara una vida tan ingrata…

Comenzó una guerra fría en la que mi arma era el respeto hacia mí misma y la suya su autoridad profesional. Viví situaciones muy difíciles en unos momentos en los que él sabía que necesitaba el trabajo más que nunca. Una tarde, a última hora, cuando en la empresa sólo quedábamos él y yo, me llamó a su despacho, y cuando entré se levantó y echó tras de mí el cerrojo de la puerta. Se me abalanzó y me empujó hasta la pared, tocándome y jadeando como un animal salvaje. Grité e intenté liberarme como pude, hasta que él cedió, abrió la puerta y me dijo que me fuera a mi casa. Desde entonces, cada día hacía algo para humillarme, ridiculizándome delante de los directores y empleados, quizás intentando que yo perdiera, ante los ojos de los demás, la dignidad que él ya había perdido a los míos.

Iban a cumplirse mis tres años de contratos eventuales, lo que significaba que, o me hacían un contrato fijo o me iba de la empresa. Un día mi jefe me comunicó que no fuera más por la oficina, que un mensajero me llevaría a casa el sueldo de los últimos meses que me quedaban de contrato y que después fuera a por la liquidación y finiquito. También me dijo que no le hablara a nadie de mi situación laboral –aunque yo sabía bien lo que él no quería que contara- y que "si todo iba bien", me entregaría una buena carta de referencias para que no tuviera problemas y pudiese encontrar pronto otro trabajo.

A los dos meses, cuando firmé y cobré mi finiquito, me esperaba en su despacho con gesto benévolo y bondadoso -porque era un cretino de los que no son malos del todo- y extendió un cheque de dos millones de pesetas mientras me decía en tono jovial que era una "gratificación" de la empresa por los inconvenientes de mi despido, para que dispusiera de fondos mientras encontraba un buen puesto. Mientras él lo firmaba me di media vuelta y salí del despacho. Allí se quedó él con su cheque. Yo me fui y me llevé una dignidad que no se compra ni se preserva por ostentar un alto cargo, una vez que se ha perdido.

Nunca me arrepentí de haber renunciado a aquellos dos millones que buena falta me hacían, pero muchas veces lamenté no haberme arriesgado a formular una denuncia por acoso sexual.







 

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