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Hablábamos en el articulo anterior acerca de la importancia que tiene la metáfora en la poesía actual, incluso en la novela del llamado «realismo mágico». Durante la época de la Poesía Social la figura mencionada no gozó de gran predicamento, sobre todo en los poetas del norte.

Efectivamente, si leemos a Ángel González o a José Ángel Valente, por señalar a dos destacados representantes de esa tendencia, el uso de aquélla es casi absolutamente nulo. Se atribuía entonces a los poetas andaluces esa preferencia casi de modo exclusivo, sin olvidar a algunos mediterráneos, como Brines, por ejemplo. Véase la presentación que hace Florencio Martínez Ruiz en su obra La nueva poesía española, de Biblioteca Nueva, 1971. No en vano en estos años se habla de la llamada «generación del lenguaje» representada especialmente por Manuel Ríos Ruiz, Ángel García López y el mismo Antonio Hernández, gaditanos los tres.

De todos los poetas de esa mencionada generación, la segunda de posguerra, fue el arcense Julio Mariscal Montes el que hizo un frecuente y original empleo del aludido recurso. Sin embargo, este poeta, que conjugaba felizmente belleza y sentimiento lírico, no fue tenido en cuenta a la hora sentenciadora de las antologías nacionales. Tuvo que ser Antonio Hernández, paisano de él, quien demostrara en más de una ocasión los valores literarios de la poesía de Mariscal, como en su estudio y antología La poética del 50. Una promoción desheredada. Ahora bien, en la elección de los elementos de la metáfora podemos observar, por una parte, la metáfora tradicional, por otra, la metáfora que se configura con ingredientes tomados del entorno del poeta. Y este es el caso de nuestro poeta en cuestión. De Tierra de secanos tomamos el siguiente ejemplo: «El ángel malo de diciembre tiende / sus alas sobre el campo. / Como una bofetada de Dios, como un oscuro / deambular por noches sin estrellas / el pedrisco achicharra el verdiplata / del olivar...» Otro ejemplo que nos remite a los referentes ambientales sería: «Este viento de arriba se lleva una moneda / por cada soplo, lento, de una rama...»

Podríamos continuar con más citas todavía, pero, de momento, renunciaremos a ellas, para insistir en esa doble fuente de extracción de la metáfora, la clásica y la personal. Julio Mariscal nos da una abundante cosecha de esta última y volveremos a él en más de una ocasión. La necesidad de un filón metafórico extraído del propio talento es, probablemente, una conquista de las vanguardias de a principios de siglo.

No estaría de más que se invocase obras y autores que avalen el protagonismo de la metáfora. Lo dejaremos para otro momento. En estas líneas finales bástenos recrearnos en la fascinación que ejerce esa figura en el texto literario, hasta el extremo de dotarlo con un prestigio indiscutible, además de una pintura que acerca al lector una idea convertida en magia sensorial. 

Para acabar este artículo, citemos otros versos de Mariscal Montes, concernientes a la angustia amorosa: «¿Qué he sido yo hasta ahora? / Amor mío, ¿qué ha sido / este erial sin ti por treinta inviernos rudos? / Un pedazo de arcilla -grosera, tosca arcilla- como esta que pisamos...»

Vemos cómo el poeta nos expresa con detalles, por medio de imágenes, un sentimiento que, expresado sin la ayuda de aquéllas, nos resultaría trivial, manido, e incluso ridículo para oídos «serios».

En el próximo trabajo ahondaremos en los mecanismos de ese artilugio verbal que, como la sextina en la métrica, pone a prueba el talento de un escritor.






 

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