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Arcos de la FronteraSe cumplen ahora setenta y cinco años de que quien esto escribe tuvo conocimiento, en las montañas de Cantabria, del romance de la molinera y el corregidor, centrado en la pintoresca, histórica y monumental población de Arcos de la Frontera, como recojo en un libro autobiográfico. Tenía entonces once años y vivía en una de las aldeas de la parte baja del Nansa, en el Valle de Herrerías.

En aquella década de los años 20 al 30 todavía se cantaban por aquellos lugares los romances o sucesos picarescos, poéticos o trágicos, que constituyeron la característica más destacada de nuestros pregoneros, en una época en que el retraso de las comunicaciones y la forma de vida imponían estos medios de vida.

En mi ya larga estancia por esta tierra del sur, los recuerdos de la niñez -tan lejanos ya- se han detenido en aquel poema, oído tantas veces. Se titulaba «La pícara molinera», y la cantaba un hombre (Víctor Crespo) que regía una casería en el pueblo y había llegado desde Tudanca, donde el insigne novelista, José María de Pereda, escribió su famosa novela «Peñas arriba».

Después de tanto tiempo transcurrido, con una vida cargada de vicisitudes, mi visita a Arcos me hizo recordar las primeras estrofas de aquel romance, que tan grabado había quedado en mi mente y que, recuerdo, comenzaba así:

En Arcos de la Frontera
había un molinero honrado,
que ganaba su sustento
con un molino alquilado;
era casado
con una moza,
como una rosa,
y por ser tan bella,
el Sr. Corregidor
se prendó de ella.

Tras laboriosas gestiones con familiares de la Montaña, y de éstos a su vez con ancianos residentes en Tudanca, pude reconstruir, casi en su integridad, tan sugestivo romance, que, al ser cantado durante aquellas populares (ya desaparecidas) «deshojas» de las aldeas de Cantabria, constituían, entonces, una de las más agradables atracciones.

¿Y cómo llegó esa leyenda hasta aquellos riscos que configuran los famosos Picos de Europa? Quizás llevada desde aquí por alguno de los llamados «jándalos», que regresaron a su tierra después de probar fortuna en estas entrañables tierras del Sur de España.

El poema de «La pícara molinera» recoge situaciones atrevidas y picarescas, en el que la inteligencia y la fantasía de su autor va relatando todo el proceso de unos amores complicados: el molinero detenido con un trabajo «muy urgente e importante» por orden del corregidor; la llegada circunstancial al molino de un profesional que se encarga de la faena; la marcha precipitada a su casa del molinero, que se viste con la ropa del corregidor, hallada en el propio domicilio, y la visita nocturna a la mujer de aquél, con su disfraz; el susto de la molinera y del corregidor, que hubo de vestirse con los andrajos del molinero... «chupa y calzones de mil remiendos, y las polainas atadas con unos vendos; y unas abarcas de piel de vaca con una estaca y una montera»...

Y termina el romance diciendo:

...que todos vieron
y dispusieron,
como hombres sabios
y sin agravios
por el desquite,
celebrar el suceso
con un convite...







 

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