Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El mes pasado me quedé en las horas previas a la disputa del partido entre el Madrid y el Barcelona y, como anuncié, lo vi en mi casa y solo. Si he de ser fiel a la verdad diré que ni he sido ni soy un forofo del fútbol, pero como las cuestiones Madrid Barcelona, y no sólo en el deporte, se han apoderado de mis sentimientos, sufrí y disfruté con la contienda. 

No entraré en cuestiones de fondo, pues, como ya he dicho, y aunque descienda de un cuestionado seleccionador nacional, que lo fue cuando en el fútbol no sólo nadie se repartía el dinero sino que, incluso, en ocasiones, los propios jugadores se pagaban el autocar, no me atrae especialmente este tipo de litigios, pero si diré que mi corazoncito, merengue desde mis años mozos transcurridos en el barrio de Salamanca de Madrid, se alegró y celebró la anulación del tercer gol del Barcelona en los últimos segundos del partido, y se alegró, no sólo porque "mi equipo" se retirase con un empate que le sabía a gloria, sino por lo que ese error arbitral suponía de cabreo para los culés. ¿Sadismo?

"Esto está amañado políticamente...» «Los árbitros tienen órdenes para que la liga la gane el Madrid...» «Todo son consignas contra Cataluña y los catalanes...»

Morbo, todo puro morbo y masoquismo provinciano, y yo no puedo abstraerme de mis propios errores; me equivoco en mis decisiones profesionales, también, en ocasiones, erré en la educación de mis hijos y en la relación con mi santa (espero que Campmany me disculpe por la apropiación de "su" palabra) y yerro demasiado a menudo en cosas trascendentes. ¿A ustedes no les pasa lo mismo, de vez en cuando?, pues a los árbitros del fútbol, no les está permitido errar más que si lo hacen a favor de nuestro equipo.

El fútbol afecta a las personas y estas no se enteran de otras cuestiones mucho más trascendentes que sí les afectan de verdad: Subida de impuestos, pactos ocultos entre políticos de ocultas metas, el agua negada a las tierras secas, cientos de muertos (acaso mañana cualquiera de nosotros seamos uno de ellos) en carreteras intransitables o mal señalizadas, la mejorable atención sanitaria en muchos hospitales que sustentamos entre todos, el cáncer que provoca un tabaco que engrosa las arcas del Estado y tantas otras bagatelas que no son comparables, por su ínfima importancia, con el auténtico valor universal que es el fútbol.

Sigan los goles anulados, prodíguense los penaltis injustos y las indemnes patadas en la espinilla, ruede la pelota y gritemos, gritemos enfurecidos en las gradas. Por la mañana, en nuestros puestos de trabajo, dediquemos largas horas a la quiniela, al debate y al análisis de una u otra jugada y, si tenemos un momento, cumplamos con nuestra obligación y procuremos hacer patria. Seamos productivos. Si se trata de denunciar injusticias, hablemos de normas y de leyes, si de gritar se trata, gritemos a los dirigentes, usemos cuerdamente, sin fijarnos en colores ni en sonrisas, nuestro voto, seamos solidarios con los débiles e intransigentes con los poderosos, no ataquemos a la riqueza honesta y dejemos que la envidia que esa riqueza honesta despierta en nosotros sea un motivo para alcanzarla sin juegos ni loterías, con trabajo frente al azar, con honradez en el lugar del chanchullo o del pelotazo.

Esto, para mí, es hacer Patria.






 

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