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Dijo Jorge Guillén al recibir en su día el Premio Cervantes: «Poesía es ahora, como ha sido siempre para mí, símbolo de esperanza». El autor de Cántico afirmaba así su entusiasmo hacia la creación poética, algo que indudablemente le llevó, mediante ella, a contagiarnos a su vez de esa admiración por la vida que sobre todo en ese libro mostró. Recordemos, si no, esos versos deslumbrantes de su poema «Las doce en el reloj», muestra de alguien que entonaba su alegría hacia la perfección de un mundo en equilibrio y cuajado de plenitud.

No todo en los poetas ha sido, evidentemente, esperanza y júbilo, también ha habido desesperanzas, pesimismo, angustia y desorientación. Pero yo, ahora que estamos en primavera, me quedo con esos cantos rebosantes, de algún modo, de ganas de vivir. Como los de Gerardo Diego, cuando exclama: «Quiero vivir, morir, siempre cantando».

Vivir siempre, eso es quizá lo que la Naturaleza nos va dictando en estas jornadas de luz y de días largos. Vivir a pesar de las tristezas, de los golpes de la vida o de las palabras que otros nos claven como puñaladas de desconcierto. Estamos aquí, en este tránsito que es nuestra existencia, para estallar de júbilo ante los días que se nos rinden como frutos que degustar. Nada, en primavera, puede invitamos a sentirnos de vuelta de todo: todo está por descubrir, somos creadores en un espacio y en un tiempo diseñados a su vez para nosotros. Las mañanas que se van sucediendo nos lo van diciendo, como se lo decían a Guillén:

Y la mañana pesa,
vibra sobre mis ojos
que volverán a ver
lo extraordinario: todo.
(...)
Ser, nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.

«Ser nada más. Y basta.», nos dice el poeta. Por eso, ahora que abril brilla con su tremendo chorro de luz, ahora que los fríos y los grises -tan bonitos también, ¿por qué no?- del invierno se van hacia otras partes, ahora que las conversaciones en la calle son más distendidas y amables, abrámonos a este hermoso gozo que es sentirse vivos, porque, como también decía Juan Ramón Jiménez: ¡Qué me importa nada, teniendo mi cuerpo y mi alma!

Nada hay tal vez que nos pueda ni nos deba inquietar profundamente en esta vida. Existir es lo mejor que nos haya podido pasar, y abril, mensajero oportuno de la primavera, se encarga cada año de recordárnoslo. No seamos tan tozudos como para evitar ver la realidad de esta belleza que se empeña en no querer abandonarnos.







 

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