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Aseguran que a los diecisiete años es normal que transcurran largas horas de mi vida en infructuosas y eternas cavilaciones sobre mi papel en este gran teatro que es la vida humana. Ya hace muchos años que descubrí que no me había traído ninguna cigüeña, pero quizás hace pocos que descubrí que fui un hijo muy deseado y que mis padres recurrieron a técnicas médicas para que hoy esté yo aquí pensando en el motivo y el modo por el que mis ojos vieron la luz. Por discurrir tanto en materias tan inútiles hay momentos en los que me siento hasta poco natural, pues, después de todo, mi venida no fue sólo obra de mis progenitores, ya que soy hijo también de muchos medicamentos, que asegura mi madre tuvo que tomar, y del buen trabajo, según dicen, de un doctor que consiguió la correcta fecundación. Es ridículo, pero a veces me da hasta escalofríos pensar en mi concepción. Menos mal que los seres humanos encontramos siempre un consuelo cuando lo queremos y me llega a dar hasta satisfacción asumir que fui un hijo muy deseado fruto de la decisión consciente de mis padres.

Siempre aflora a mi recuerdo el enfado de mi tío cuando mi tía se quedó embarazada de su quinto hijo, a pesar de los medios que ellos decían que ponían. Yo entonces no entendía mucho, pero me impactó que mi tío le dijera que era «como la huerta murciana», y aunque en un primer momento llegué a pensar que debía ser un campo en donde, en vez de naranjas, salían bebés de las plantaciones, luego fui consciente de que mi tío se refería a que mi tía traía niños con tanta facilidad como allí nace la fruta. A pesar de ejemplos como el de mis familiares, hoy España está entre los líderes en baja natalidad, porque los padres quieren vivir mejor y que sus niños tengan más, pero como yo estoy aquí no pienso en los que podrían estarlo y no lo están o en si esta postura nos da más felicidad y bienestar o no.

Y pensando y pensando, me doy cuenta de que pocos hay engendrados por el deseo de concebir un hijo de una pareja, y muchos fruto de una necesidad física más perentoria, aunque cada día esto sucede menos, porque el nacimiento del unigénito está ya más programado que la circulación aérea que recorre nuestros cielos. Y bien mirado, esto tampoco resulta nada natural.

Y como tú, advierto que no es bueno pensar mucho en cosas tan insustanciales; tantos pensamientos en el ocio pasivo del hombre moderno lo lleva a la desilusión. Resulta paradójico que cuando vivimos mejor, malgastemos más nuestra vida. VIDA, ésa es la gran cuestión, soy un privilegiado miembro de este gran colectivo que somos los seres vivos y mi única obstinación será la vida.






 

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