Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El matrimonio Serrano estaba ultimando los detalles de la merienda que iban a ofrecer a sus íntimos amigos con motivo de sus bodas de plata. -Te felicito, Esther -comenta Ramón-, por la magnífica tarta que has hecho, tiene un aspecto fenomenal. Nuestros amigos se van a chupar los dedos, y yo, no digamos. -Por Dios, Ramón, no es para tanto, lo que sucede es que tú eres demasiado goloso y le das excesivo valor a la repostería. -Yo valoro todo lo que sale de tus preciosas manos, aunque no voy a negarte que los dulces me encantan, además tengo que aprovechar los días que me queden para poder degustar este exquisito placer, pues mañana quién sabe si tendré «azúcar» como mi tío Eusebio. -Por favor, no anuncies ruinas. -Por cierto, Esther, no me has dicho nada sobre Miguel y Piedad, ¿vendrán? -No, no he podido convencerlos para que estén hoy aquí, pues Miguel sigue «pachucho» desde que salió del hospital; según él no acaba de recuperarse, y claro, ella no lo va a dejar solo. -Es una pena, porque esta pareja me cae francamente bien. -Y a quién no, si Piedad sobre todo tiene un humor que contagia a cualquiera; bueno, Miguel, aunque no tenga la «chispa» de ella, también es muy simpático. En fin, le recordaremos con mucho cariño, qué remedio.

Aproximadamente a las 18,30 hicieron acto de presencia los dos matrimonios que esperaban para la merienda: Armando-Paula y Eugenio-Mari. Casi todos «otoñales» y ya habían compartido juntos algunas primaveras, por lo que la amistad que los unía, como los buenos vinos, tenían solera.

Una vez desprovistos de las prendas de abrigo, marcharon hacia el salón. Se quedaron verdaderamente impresionados con la exquisita tarta que cubría el centro de la mesa. Su aspecto era fabuloso y exornada con el buen gusto que caracterizaba a Esther para estos menesteres, pues aunque todos intercambiaban reuniones con fines gastronómicos, siempre era ella la que batía el récord. Llevaban años en perfecta armonía, y celebrando por cualquier motivo tan entrañables reuniones hogareñas. Con ello demostraban su buen gusto, y más de admirar hoy, donde tantos prefieren el mundanal ruido, con comidas desordenadas e interminables, en la que de un plato a otro te da tiempo de hacer la digestión -si tienes la suerte de hacerla bien-, porque la mayoría de las veces se te indigesta los alimentos, y no sólo por el precio...

Evidentemente, la merienda constituyó un auténtico éxito. Y después de este placer, se dedicaron al no menos hermoso de la conversación, y en ésta sí que no podía faltar el evocar a Miguel y Piedad ya que eran siempre los que ponían la «guinda». Comentaba Mari: -Hay que ver el buen humor que tiene Piedad. El viernes pasado estuve en su casa y me contó su «aventura» en el hospital. Como todos sabemos, el oído de ésta hoy está fatal, a veces ni con el audífono responde. Al preguntarle cómo se entendía con Miguel en ese centro por la noche, ya que él, según Piedad, no quería hablar a causa del mal que lo aquejaba, y ella al meterse en la cama y quitarse el audífono lógicamente se desconectaba de todo sonido, por lo que al problema había que darle solución. Afortunadamente nuestra amiga encontró la forma idónea para arreglar el conflicto. Se le ocurrió, de acuerdo con su marido, en amarrarse en la muñeca una venda que hacía de cuerda, sujetando el otro extremo en el lateral de la cama de Miguel, a una altura donde él pudiera asirla en el caso de precisar llamar la atención de la «sordeta», pues con un solo tirón podía ella percibir en su mano lo que no oía su oído. Así que, después de darle el beso de despedida, se ponía en la muñeca el lazo y se introducía en la cama situada a no mucha distancia de la del enfermo. Durante las dos primeras noches no hubo tirón, pero a la tercera que Miguel estaba despierto y pensando si aquella idea de Piedad sería efectiva, para probar da un pequeño tironcito, y ella que dormía como un «cosaco», ni se inmuta, por lo que prueba por segunda vez, y nada, no responde; él, al borde del ataque de nervios, le da un tercer tirón tan fuerte que la mano de Piedad salió disparada como un flecha, y afirma, que casi se cae de la cama -que por cierto era muy estrecha y alta-. Entonces ella encendió la luz y poniéndose el audífono le pregunta presa de pánico: -¿Qué sucede, Miguel, te encuentras mal? Él le afirma: -Estoy bien, no te preocupes, he dado el tirón para convencerme de que tu idea era positiva, pero, hija, he tenido que hacerlo tres veces para que te enterases. A lo que ella le contesta: -Pues mira, Miguel, por una vez y sin que sirva de precedente, te lo paso, pero no vuelvas a darme un susto como el que me has dado; reserva el tirón para una causa justificada, pero nunca lo hagas por otro motivo...

Con la historia de Piedad todos se rieron y naturalmente fue el origen para seguir recordándola en otras facetas, ya que indudablemente era una mujer polifacética y divertida, y, francamente, tampoco desmerecía como cocinera, todo lo contrario, ¡menudos guisotes preparaba la buena señora cuando le tocaba a ella invitar! -¿Os acordáis -comenta Mari- el día que nos invitó a comer «rabo de toro» con garbanzos?-. Todos asintieron con la cabeza. Ese feliz día no lo habían olvidado, a pesar de que habían transcurrido algunos años. En aquella época no había ningún resquemor en comer una ternera de «cabo a rabo», y hoy con el desconcierto de las «vacas locas» estos placeres han quedado para el recuerdo, pues concretamente los rabos yo creo que ya no se lo dan ni a los toreros. Pero aquel maravilloso día en casa de Piedad y Miguel tuvieron la gozada de saborearlo. Pensando en ese día, comenta Paula: -Me parece estar viendo el simpático cartelito escrito en verso, que puso Piedad en el centro de la mesa y apoyado en un jarrón, para que todos lo pudiésemos leer mejor, decía así:

«Advierto a los invitados
que como el plato que ofrezco
es muy rico en calorías
se atengan al resultado,
pues no deben olvidar
que éste es un menú
con rabo...»

Yo por lo menos, confirma Paula, no lo he podido olvidar, porque el resultado para mí fue sexualmente positivo. Aquella noche ¡me quedé embarazada!

El champán burbujeante estaba servido en las copas esperando el momento del brindis. Al fin la alzaron felices y casi al unísono pronunciaron: ¡por nuestra amistad! Que sea eterna.

Y a continuación, con voces bien timbradas, cantaron el tradicional: ¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, os deseamos todos, cumpleaños feliiiz!

Con el calor de unos besos me deslicé por el foro, poniendo a esta historia FIN.








 

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