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El ordenador, poco a poco, pero en un avance imparable y con una progresión logarítmica, se va afianzando en los hogares y ocupando sitio cual otro elemento más del hogar. Hoy son aquellas madres y padres que en los 80 le pusieron de reyes a sus hijos los juguetes más de moda y caros, aquellos viejos e inolvidables Amstrad, Commodore, etc., los que se sientan ante la pantalla y escriben, chatean o viajan a cualquier rincón del mundo a golpe de teclado y ratón.

Los ya iniciados, los que distinguen sistemas operativos y programas, loguins y password y tienen en el dedo índice durezas de muchas horas acariciando mousse, pueden pasar la página, pero para los que aún le suenan a etrusco palabras como software o MS-Dos, o están en la Babia internetera, bueno será que les acompañe a echar una mirada a los ancestros de este aparato que se resuelve como hogareña ventana mágica sin solución de continuidad.

Precursores de todo el invento fueron los ábacos chinos y romanos, allá por el s. VIII a.C., pues que todo deviene del afán por construir calculadores, pero serían los avances tecnológicos a partir del s. XVII, y más recientemente, los estudios de G. Boole en el s. XIX, y Shannon y Turing en los años 30 los que nos meterían de cabeza en esto que estamos: en la era de S.M. Bill Gates y el imperio Microsoft.

El descubrimiento en 1948 de los semiconductores y su posterior desarrollo, con la tecnología de los microchips, hicieron posible disminuir el tamaño de los enormes computadores (a válvulas y con paneles ocupando una o varias habitaciones), abaratar su precio y aproximarlos al gran público. En España comenzaron a conocerse entrado los setenta, y a popularizarse, con aquellos «juguetes» señalados más arriba, en la década de los ochenta. En estos últimos veinte años el ordenador a pasado de ser un juguete de niños ricos y snobs a un aparato de indudable utilidad para todos, y que, cada día, sin prisa y sin pausa, le gana más terreno a esa caja tonta donde nos cuentan las mentiras en colores.

Ya no son aquellos chavales melenudos y voz cascada de adolescencia los que teclean ante las pantallas; ahora son sesudos y serios cabezas de familia, sesentones prejubilados o beatíficas amas de casa quienes se lo pasan en grande escribiendo sus poemas, jugando solitarios o programando la economía domestica y las festividades para que en la fecha prevista le avise el ordenador. Y no digamos de los que ya han llegado y tienen acceso a ese universo-mundo que se llama Internet...

¡Vaya! Se me acabó la página... Pero, bueno, de Internet prometo hablarles otro día.





 

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