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LA LITERATURA INFANTIL EN LOS 60

TBOEn cuanto a la infancia, la literatura infantil seguía y sigue su camino. En 1972 se creó el Departamento de Literatura Infantil en la Biblioteca Nacional. Antes, sin embargo, autores que ya conocemos y otros nuevos hicieron interesantes aportaciones: Ángela Ionescu, Joaquín Aguirre Bellver, Concha Fernández Luna o Antonio Jiménez Landi. Carmen Kurtz creaba a su personaje Óscar, Miguel Buñuel seguía despertando la imaginación y Montserrat del Amo hacía gala de una prosa cuidada y diáfana en El cuento y su hora. Una escritora de literatura adulta vino a sumarse a esta pléyade: Ana Mª Matute, ganadora del Premio Lazarillo 1965 por El Polizón del Ulises. Carola Soler, Gloria Fuertes, María Luisa Gefaell, Juan Antonio de Laiglesia, Carmen Pérez Abelló -que se inició con Un muchacho sefardí-, Marta Osorio -ganadora del Lazarillo en 1966 por El caballito que quería volar- o María Isabel Molina son otros nombres que merecen recordarse aquí, aunque sea de forma esquemática, por la importancia de su labor.

Las editoriales también ayudaron al fortalecimiento de la literatura infantil, creando distintas colecciones: Anaya con Auriga, Bruguera con Colección Historias, Edhasa, Juventud, Lumen, Nova Terra, Timún Mas o Doncel. Algunas ya han desaparecido, pero otras siguen en esta línea editorial, lo que demuestra que no se equivocaron al apostar por la infancia.

Los niños no fueron inmunes a la televisión y, al lado de los dibujos de Walt Disney o Hanna Barbera, merece citarse una creación española: la Familia Telerín. Todos los niños que nacimos en los 60 nos íbamos a dormir al son de su música. Estos hermanitos, que vivían solos, nos recordaban que había llegado la noche. Cleo, Tete, Maripí, Pelusín, Colitas y Cuquín entonaban puntualmente:

"Traigo un recado / de parte de la tele: /es hora de que los peques nos vayamos a la cama. ¡Hale!/ Vamos a la cama que hay que descansar/ para que mañana podamos madrugar".

 
LA HISTORIETA FEMENINA EN LOS 60

AliciaCapítulo aparte merecería la historieta femenina por todo lo que supuso socialmente. Su importancia fue extraordinaria en la España de posguerra y, a principios de los 60, volvió a tener gran auge, aunque en la década de los 70 inició un rápido declive provocado, en gran parte, por la aparición de fotonovelas y de revistas ilustradas y, en parte, queremos pensar, por los aires nuevos que ampliaban el público lector y lo acercaban hacia un mismo modelo de publicación que no partía de una previa diferenciación sexual.

Las diferenciaciones sexuales no se acabaron aquí, ni mucho menos. Podemos recordar a la Sra. Elena Francis quien, cada tarde, leía cartas de desconsoladas mujeres y les daba los consejos más apropiados siguiendo una moral tradicional. El fenómeno Francis duró hasta bien entrada la década de los 80 y, a su fin, se descubrió que Elena Francis no existía y que, en realidad, bajo ese seudónimo, se escondía no una mujer, sino un hombre, un periodista barbudo, aficionado a los toros e inscrito en una moderada acracia. ¡Vivir para ver!

La historieta femenina, aunque presentaba las mismas características del tebeo, poseía rasgos especiales que aludían al público lector, las niñas, las jovencitas. La edad media de las lectoras de estas revistas oscilaba entre los 12 y los 15 años. Podemos citar algunas de esas colecciones de cuadernillos apaisados, con portada a todo color e ilustraciones interiores en blanco y negro, que tuvieron gran éxito: Azucena y Ardillita fueron las pioneras. Les siguieron, después, Cuentos mamaíta, Golondrina, Sentimental, Serenata, Revista para niñas, Piluchi, etc.

Una revista en especial merece que nos detengamos en ella: Mary Noticias (1960). Mary era una heroína femenina, en paralelo con las historietas femeninas. Ejercía una profesión nueva, periodista y vivía diversas aventuras. Aunque, en el último momento, siempre la ayuda su novio Max (que aparecía disfrazado de Bruma). Mary no reconocía a Bruma y no podía contárselo a Max y ahí estaba el encanto, la emancipación ficticia de una heroína que no se emancipaba de verdad.


EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA EN LOS 60

Entrando en el sistema de enseñanza, hay que advertir que los 60 fueron años de modernización del sistema de enseñanza, en paralelo con el proceso de desarrollo del capitalismo. Hacia la segunda mitad de la década se hizo palpable la inoperatividad del sistema de enseñanza tradicional. En 1970 se promulgó la Ley General de Educación que intentó una reforma de la enseñanza primaria haciéndola obligatoria y gratuita. La Enseñanza General Básica prolongó la escolarización hasta los 14 años y dividió las etapas de aprendizaje en tres bloques (el primero voluntario, los segundos obligatorios), vigentes hasta hoy en día en que se lleva a cabo una nueva Reforma:

.Preescolar (4 a 6 años)
-1er ciclo EGB (1º, 2º, 3º, 4º y 5º curso)
-2º ciclo EGB (6º, 7º y 8º)

Si se cumplían todos los ciclos se obtenía el Graduado Escolar, que permitía acceder al Bachillerato (BUP) y, si no, se obtenía el Certificado de Estudios Primarios, que facilitaba el acceso a la FP.

Los libros de texto, por su parte, cambiaron de forma, aunque siguieron las mismas editoriales. La primera mitad de la década, la editorial Miñón y los libros de A. Álvarez fueron los más vendidos. En los últimos años, Santillana surgió con fuerza. Desaparecieron las típicas Enciclopedias Escolares y se sustituyeron por distintos libros, uno para cada asignatura, según el curso escolar: lengua española, ciencias sociales, ciencias naturales, matemáticas y religión, como disciplinas destacadas. Se impusieron otros sistemas pedagógicos como el de las fichas escolares, que se pensó -al principio- que sería el método más eficaz para establecer una enseñanza activa, aunque demostraron su inoperancia al cabo de poco tiempo.

Los manuales de texto, en definitiva, cambiaron de rostro, se llenaron de ilustraciones y de ejemplos prácticos e, incluso, de juegos; pero las lecturas escolares siguieron contando, tal vez inevitablemente, con historias morales y ejemplares. Los libros de A. Álvarez fueron los más utilizados en los primeros años. Los textos que incluían eran fábulas o relatos protagonizados por niños -en los primeros cursos- o relatos de autores conocidos con aspectos literarios, en los cursos superiores. De hecho, los valores positivos eran idénticos a las décadas anteriores: amor al prójimo, a la familia, a la naturaleza, a Dios y, sobre todo, buena conducta.

Este último tema, repetido desde la posguerra, nos lleva a otra disciplina que teníamos algo olvidada: la urbanidad. Bien es cierto que las cartillas de urbanidad habían desaparecido hacía tiempo, pero los conceptos que contenían seguían enseñándose en las escuelas y no sólo en las escuelas, sino que había manuales teóricos que hablaban de la urbanidad y de la cortesía.

En lo que respecta a la separación sexual, a la diferenciación de roles en las escuelas, los libros no hacían nada más que transmitir fielmente el modelo social vigente. No se iba a avanzar en nada, mientras que las niñas viesen lógico que sus padres descansasen, mientras sus madres hacían las faenas del hogar. Por ejemplo, en uno de estos libros de lecturas, se incluye un poema titulado "Los muñecos", de E. Nogal que es una especie de "Tengo una muñeca", aunque modernizado -o eso nos creíamos-. Es el siguiente:

-Tengo una muñeca
que es todo un primor
con un vestidito
de fino crespón.
-Tiene mi muñeca
los ojitos negros
boquita de rosa
con dientes pequeños.
-Mi muñeca sabe
reír y llorar,
dormirse solita,
y luego jugar.
 
-Yo tengo un muñeco
que es esquiador
y lleva patines
y gafas de sol.
-Mi muñeco tiene
el pelo rizado,
ojos pensadores
como de hombre sabio.
-Mi muñeco estudia
con mucha ilusión,
pues piensa muy pronto
hacerse doctor.
 
La muñeca tiene, como temas distintivos, mucha ropa -coquetería-, es bonita -belleza-, y se limita a reír, llorar, dormir y jugar; es decir, a no hacer nada, a ser un mero objeto de adorno. El muñeco, por su parte, será doctor, no pierde el tiempo en hacer "monerías como la muñeca". Cualquier otro comentario sobra; eso sí, a las niñas nos gustaba más sentirnos dueñas de la muñeca sonrosada y bonita y no del muñeco esquiador. Poco a poco, se iba asumiendo un nuevo rol: el maternal.

Por último, si tuviésemos que destacar algún libro realmente innovador que olvidase la Enseñanza Primaria y se centrase en la EGB tendríamos que hablar no de un libro, sino de una casa editorial: Santillana. Sus libros de lengua y de lecturas Norma y Senda eran sobrios y, hasta el momento, no se había visto tal cantidad de información en libros destinados a niños y niñas. Reproducía textos literarios y trataba a los lectores como personas al borde de la edad lectura. Gracias a ellos, yo, por ejemplo, conocí a Rubén Darío, Sánchez Ferlosio, Azorín, León Felipe, Alberti, Machado y tantos otros.







 

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