Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Las cuatro y veinte ya. Las cuatro y veinte de una madrugada que muy pronto dará paso a una nueva mañana, a un nuevo día y, con él, a los ridículos afanes sempiternos de las gentes. ¡Qué pequeño y grotesco se ve ahora todo en el silencio augusto de la noche! A su recuerdo, sin que sepa por qué, se asoma la silueta del Carlos Gardel de su infancia para cantar aquello de:

«Silencio en la noche.
Ya todo está en calma;
el músculo duerme,
la ambición descansa...»

Sí. También descansa la ambición; la suya hace ya bastante tiempo que se acabó para siempre. Quizá, ni la llegó a sentir de verdad... Pero todo eso pertenece ahora al mundo de las sombras, un mundo en el que, todavía, se refugia de vez en cuando para olvidarse de todo, porque no hay mejor método para olvidarse que recordar mucho; llega a embotarse la sensibilidad, la fantasía y hasta el mismo «subconsciente», ése que tanto traen y llevan unos y otros.

Por lo demás, no importa que sean las cuatro y veinte de la madrugada. Le gusta trasnochar y puede, muy bien, acostarse cuando le dé la gana: alguna ventaja ha de reportar el estar solo en el mundo. Al fin y al cabo, a nadie perjudica...

No se le conocen grandes vicios, si es que cabe establecer distinciones en los vicios. Hasta puede que alguno de los que él llama sus vicios no sea eso siquiera.

A él que lo dejen tranquilo, con su tabaco, su música moderna, su cine y sus libros, que ya no necesita nada más. Estos cuatro elementos -como él dice- son la razón de su vida. Antes, cuando era menos perfecto en su soledad, necesitaba muchos más «elementos» para vivir; hasta tenía precisión de mujeres, de amigos y de otras zarandajas por el estilo.

Actualmente, acabamos de decirlo, ya no necesita de todo «eso». Que no le falte su paquete de «Bisonte» y tendrá media vida resuelta. Mejor sería fumar a todo pasto «Chester» o «Lucky», claro. Pero veinte pesetas diarias en tabaco no puede gastarlas él, porque, eso sí, sus dos cajetillas de rubio al día no fallan. De todos modos, aunque sea peor que el otro tabaco, le saca más provecho.

Se ríe cuando le pronostican el cáncer de garganta, el asma y mil cosas más por el estilo. De sobra sabe él que de algo se ha de morir... y lo que son sus pulmones... bueno, todo el cuerpo que lo tuviese igual.

La música moderna y el cine son sus drogas. Sí, verdaderas drogas que lo transportan a un mundo en el que no ha podido entrar jamás. Comprende que sus gustos literarios, su misma profesión (si tal puede llamársele) exigen de él un refinamiento musical que, incomprensiblemente, no tiene. Pero, vamos a ver, ¿es que la «Rapsodia en azul» o el «Saint Louis Blues» tienen mucho que envidiar a Ravel o a Stravinski? Porque Beethoven, Wagner, Mozart y Bach, por no citar a los otros, le importan todos juntos un comino. Si acaso, Sibelius y Falla... Son buenos los tíos. Esa suite sinfónica de «Finlandia» y ese «Amor Brujo» tienen algo. Vaya si tienen... De óperas, desde luego, ni hablar. Y, anda, que lo de la noche aquella... Claro que la culpa sólo fue suya. ¿A quién se le ocurre...? No, si a él la ópera no le importaba. Lo que quería era ver a «ella»; sabía que iba... y pensó que, en un entreacto... sí, sí... menudo idiota. La muy..., ni lo miró siquiera. Iba con «el otro», con el ricacho. ¡Y qué cinismo! Al día siguiente, en la Facultad, todavía tuvo la desfachatez de decirle que había estado con Quico Moltó... y que lo había visto.

Menos mal que en el cine todo es diferente. Se apaga la luz... y ya no hay que pensar en nada; puedes ser tan héroe tú mismo como el que más... Pero, qué caros se están poniendo los cines. Y a «gene», ni hablar; antes no va, Se lo juró la noche aquella.

Pues, ¡anda que los libros...! Y todavía no ha comprado el último Nadal. Diez duros, como si lo viese. Nada más faltaba que cobrasen impuesto por tener uno una biblioteca de nada! Total... sí... alrededor de los dos mil volúmenes... Sí, sí... desde luego mucha cochambre...

Hace ya un buen rato que no lee; hasta es casi seguro que tampoco piensa ahora. Parece como que tiene sueño. No. Es cansancio... y asco, porque esa cara lleva impresa la huella inconfundible de un tedio infinito, de un insoportable hastío. Sólo si fuese como aquel ricacho estúpido, como Quico Moltó, le estaría permitido tener «spleen» y aburrirse elegantemente entre juerga y juerga, pero, en su situación, siendo un «pobre desgraciao» -como lo catalogó Quico-, no tiene derecho a nada que no sea tragarse toda su mala baba.

Una claridad lechosa, que más desdibuja que destaca las cosas, se filtra por la ventana entornada del cuarto. La ciudad se despereza, abre sus ojos, todavía somnolientos, y se incorpora nuevamente a la vida. La luz derrota por momentos a las sombras, que se baten, cobardemente, en retirada...

Él se levanta, mira por la angosta ventana sin interés, como un autómata, y en su retina indiferente se reflejan como puntos escurridizos las caras hurañas de los escasos transeúntes que pasan por la calle: una buscona que se retira a dormir, el sereno que termina al fin su servicio, dos barrenderos que van arrastrando, malhumorados, sus escobas... y Limpia, el enigmático, el ser aparte.

Apaga la luz, la habitación queda sumida en una confusa penumbra. Todo calla. Repentinamente -misterios de los barrios pobres de las grandes ciudades- un gallo lejano lanza al viento el reto de su clarín; otro, más cercano, le contesta. Y a éste, otro.

La urbe bosteza. Un creciente resplandor, que tiñe de púrpura las frescas mejillas de la mañana, anuncia el glorioso nacimiento de un nuevo día. Los eslabones de la cadena -rotos durante la pasada noche- vuelven a enlazarse, como siempre, para engranarse en los mismos hechos de ayer y de mañana... 





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep