Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Aquella mañana cuando se dirigía a repartir hojas publicitarias de unos grandes almacenes, se dio cuenta de que entre un montón de muebles y enseres, algunos en muy buen estado, se hallaba la canastita de algún pequeño perro o gato.

Estaba confeccionada con tela de muy buena calidad y de colores suaves. Quién hasta entonces la había usado, sin duda alguna, debía haber sido querido y mimado, al hallarse sumamente limpia.

El dolor de la pérdida del animal, y el vacío que debía haber dejado en el corazón de su dueño se lo imaginaba; sentimientos que no se alejaban de la realidad.

Siguió con su trabajo, pues al no tener otro, se debía conformar con lo poco que le pagaban por estar todo el día llamando a los porteros automáticos y dejando en los buzones el catálogo de todos los productos que se hallaban rebajados de precio por ser finales de enero

Siguiendo su ruta vio como de un coche se apeaba una mujer y dejaba entre el montón de muebles un magnífico espejo con marco dorado. Ésta vez pensó que el motivo debía ser por haber adquirido otro de mayor tamaño, o porque ya no era de su agrado.

También vio a un hombre de avanzada edad que dejaba entre el montón de chatarra un farol de los usados en la cubierta de los barcos durante la noche, un farol protegido por una malla de gruesos alambres de bronce con un asa de madera. Le llamó la atención el buen estado y brillo de los componentes de metal. Parecía que el día anterior alguien se había dedicado a limpiarle como si de una patena se tratase.

Así transcurrió la mañana de aquel día, resultándole más amena por prestar atención a su alrededor, entre llamada y llamada, a los bloques de viviendas, en los que en algunos tardaban demasiado en abrir, después de haber llamado insistentemente en todos los pisos.

La canastita que vio en primer lugar se hallaba sin usar, por lo que su estado era perfecto. El animal al que iba destinado nunca llegó a existir. Esperaban a que naciese el cachorro de Yorkshire para que en la niña se desarrollasen los sentimientos de protección, responsabilidad, y amor hacia los animales.

Le quedaban pocos días para que naciese. El dueño sacó a pasear a la perrita, que le quedaba muy poco para parir y ya tenía todos los cachorros vendidos. Era una monería, todos los días le cambiaba de color el lacito que lucía entre las pequeñas orejas y que le recogía, en parte, el pelo que sobre los ojos le caía.

Su dueño, como a diario solía hacer, la llevó a dar el acostumbrado paseo, cuando en un descuido, bajó de la acera justo en el momento que pasó un coche, arrollándola y dándole muerte. El desconsuelo... indescriptible.

El coche siguió su marcha sin detenerse, sin la menor opción a reclamar nada a su dueño, por ser sólo un perro... Cuando lo supo quién estaba esperando el nacimiento con gran ilusión para que la niña desarrollase dichas cualidades, abrazando la cestita lloró hasta humedecerla con sus lágrimas, guardándola como si de un tesoro se tratase por haber albergado, durante un tiempo, la ilusión de que se llenase de vida.

Durante toda su vida vio la niña ese cacharro en el rincón del armario, hasta aquel día que haciendo limpieza general, la tiró a la basura.

Había enviudado no hacia mucho, y como tenía ahorrado un dinero que su marido nunca llegó a saber -de lo contrario le habría recortado el presupuesto mensual- sintió la necesidad de renovar toda la casa, o al menos aquello que siempre deseó cambiar.

Comenzó por el dormitorio; no se hallaba en muy mal estado, pero pensaba comprar uno en que la cama tuviese dimensiones más reducidas y una sola mesilla de noche, así la habitación, al parecer, se agrandaba. Cuando llegó el momento de retirar el espejo de la pared, fue cuando se detuvo a pensar cuánto podía decir si hablase. Siendo joven, se recreaba mirándose en él con la cabellera suelta y los camisones de encaje, que su madre, como bordadora, le había confeccionado para su ajuar. Se veía bonita, estaba satisfecha de su figura sintiéndose feliz al no detenerse en analizar su vida, engañándose ella misma ya que su marido siempre se hallaba cansado y muerto de sueño. Dormido pasó toda su vida y murió en un sueño.

Aquella mañana, transcurrido más de treinta años desde que contrajeron matrimonio, le causó una gran extrañeza de que, al despertarse ella, aún se hallase él en la cama. Le llamó reiteradamente sin obtener contestación, puso su mano sobre la frente de él, dándose cuenta de que había fallecido.

Al descolgar el espejo y tenerlo tan próximo, sintió un dolor tan profundo en su alma que se vio obligada a sujetarlo con más fuerza para que no cayese al suelo y se rompiese en mil pedazos.

Nada quedaba del negro cabello que antaño le caía por la espalda. Su rostro se asemejaba a una amarillenta fotografía sin brillo ni color por el paso del tiempo. Al ver su piel marchita, la mirada triste y vestida de luto, por sus mejillas rodaron las lágrimas. A solas se confesó a sí misma, hizo un recorrido minucioso de todos los momentos vividos, reconociendo que nunca había sido feliz.

Cuando al poco tiempo pasó por el lugar donde habían arrojado toda la basura, se dio cuenta que el espejo había desaparecido, dando gracias al cielo, porque éstos no hablan.

Quedándole pocos catálogos por repartir, se cruzó en su camino con aquel hombre enjuto, curtido por el sol, llevando en su mano derecha un farol -limpio como los chorros del oro- que acababa de recuperar de aquel ingente amasijo de chatarra. Su lugar idóneo debía ser en un museo naval.

Su dueño le tenía en gran estima por los recuerdos que le traía a la mente cuando le contemplaba, se podía decir que era su confidente, pues solo él conocía y había sentido el temblor del miedo en sus manos en las noches de temporal en aquel barco de pesca. En más de una ocasión, juntos, fueron náufragos, y como si de un compañero se tratase, se asía a él como si fuese una tabla. Sólo sentir que lo tenía sujeto le daba seguridad.

Cuando por fin le llegó la hora de la jubilación, no se desprendió de su farol. Casi todos los días le acariciaba pasándole un paño de lana untado en un liquido abrillantador. Hasta que en cierto momento, y tras revivir con más intensidad que otras, los malos tragos de perder a tantos compañeros en la mar, se acercó a los labios el farol y así lo hallaron sin vida.

A no tardar mucho volvería a la basura, pues nadie quiere algo oxidado...








 

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