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Ya hemos dicho que la metáfora alcanzó en la época de las vanguardias un favorable predicamento No es que en siglos anteriores no se valorase (aunque es necesario recordar que en los siglos de oro tuvo un protagonismo que no lo tendría en el neoclasicismo, ni siquiera en el romanticismo, a pesar de la libertad de imaginación de que gozó este movimiento), sino que la apelación al subconsciente que hizo el surrealismo halló en ella una aliada para la búsqueda de nuevos mundos, o sencillamente de un recurso, a veces atrevido, que enriqueciera el texto y lo sacase de los tópicos al uso.

Hemos visto también cómo la metáfora tradicional ha sido superada desde entonces y, a partir de aquel gesto de desenfado, ha sido un desafío para los escritores venideros, que han hurgado en su talento para no caer en repeticiones de clichés.

Este reto ha beneficiado enormemente a toda la literatura, y en esta voluntad de estilo es donde hay que buscar las razones de una nueva etapa de oro de la literatura española, más que en el número de escritores, me parece.

Si leemos detenidamente el uso de figuras, sobre todo de la metáfora y de la imagen, que llevan a cabo poetas como García Lorca o Miguel Hernández (pongo dos ejemplos ya clásicos ) nos asombraremos de la distancia que los separa, no sólo de los modelos siglosdeoro, sino también del modernismo.

Ya en sus dos libros de la primera época -Crepusculario y Veinte poemas de amor...- Pablo Neruda irrumpe con una nueva imaginería poética; y lo mismo podríamos decir de César Vallejo -Los heraldos negros, Trilce...-.Pero antes que ellos fue el uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875-1910) el que se anticipó a verdaderas audacias estilísticas, tanto en la metáfora como en la sinestesia (figura que consiste en la fusión o equilibrio de ciertas impresiones sensoriales en la expresión lingüística o literaria: «El verde tierno de los árboles», Diccionario literario universal, Tecnos, página 867).

Un estudio de gran enjundia sobre las potencialidades expresivas de la lengua es, sin duda, la obra de Carlos Bousoño Teoría de la expresión poética, considerada texto de consulta imprescindible en su materia. A ella remito al lector interesado en ahondar sobre este tema, muy concretamente el capítulo VIII, en el que el autor estudia la diferencia entre la imagen tradicional y la imagen visionaria, además del irracionalismo verbal en la literatura contemporánea.

Por nuestra parte, proseguimos con nuestros escarceos divulgativos y pormenorizamos ciertos detalles de la capacidad de traslación de un plano real o otro total o parcialmente imaginario (diferencia que trata, por cierto, Bousoño en la obra mencionada).

Los autores más vinculados a la tradición literaria establecen unas relaciones lógicas entre lo real y lo comparado. Sin embargo, veremos en un mismo poeta cómo la metáfora tiene un referente localizable y otros que necesitan una reflexión por parte del lector.

Los siguientes versos pertenecen al poema «La copa negra» del libro Los heraldos negros, de César Vallejo:

La noche es una copa de mal.
Un silbo agudo
del guardia la atraviesa,
cual vibrante alfiler.
Oye, tú, mujerzuela,
¿cómo, si ya te fuiste,
la onda aún es negra
y me hace aún arder?
La noche tiene bordes
de féretro en la sombra...


Observemos cómo el autor ha logrado crear una atmósfera siniestra y amarga sirviéndose para expresar un sentimiento de displacer de dos metáforas con referencias un tanto abstractas y nada espontáneas (vv. 1-5) y una comparación o símil -también llamada metáfora impura- ( v. 2).

Es nada más que un fugaz ejemplo de lo que hemos expuesto arriba. Posiblemente no sea satisfactorio del todo. En otro artículo abundaremos en esta idea.






 

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