Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El problema del ser humano en nuestro mundo occidental es, sin duda, la inquietud; siempre tenemos miedo de carecer de algo. Sobre todo nos preocupa saber si envejeceremos bien y si nuestra mente estará lúcida hasta el final de nuestros días. Nos preguntamos con preocupación qué pasará si la cabeza dejase de funcionar, ¿nos percataremos a tiempo de nuestro declinar? ¿Existirá algo que pueda impedirlo? ¿Y cómo será nuestro futuro, tendremos todas las necesidades cubiertas?

Esta y otras contrariedades nos frustra nuestro cotidiano vivir, sin poder conseguir la felicidad deseada. Esto es de lo que más preocupa al ser humano: el futuro incierto. Miguel de Unamuno se hacía siempre las mismas preguntas: «¿Por qué quiero saber de dónde vengo y dónde voy?, ¿y si no muero, que será de mí, y si muero, qué sentido tuvo vivir?» Unamuno era un ser individualista, el resto de la humanidad venía después. El conformarse y aceptar lo que nos pueda ocurrir en la vida sin rebelarse no era su doctrina. Como todo es efímero y nada dura eternamente, los momentos de satisfacción aprovechémoslos -decía-, que pueden venir tiempos peores. La brevedad de nuestra existencia hay que vivirla profundamente.

Y ya que nuestro universo en gran parte se reduce a nosotros y nuestros seres queridos, y el resto de la humanidad lo tenemos sometido a un segundo termino, podríamos hacer un paréntesis en nuestra lucha diaria y mirar un poco al frente. A ese lejano mundo de miseria que está sufriendo perpetuamente.

Las imágenes de los medios de comunicación irremediablemente invaden nuestro entorno; por algunos momentos somos solidarios ante tremendas catástrofes que a diario asolan la tierra. Entonces, somos consciente de lo que en el mundo está pasando… Quizás, y en los seres más sensibles, el subconsciente se despierta y mucha personas se identifican con los pueblos en donde la hambruna es ya un problema endémico y la enfermedad no conoce paliativo ni remedio alguno por la simple y única razón de la falta de medios.

No nos engañemos nosotros mismos: el problema de ese mundo repleto de graves problemas no ocupa nuestra mente más de cinco minutos al día. No hay duda que sentimos un gran dolor de corazón cuando sabemos de todos esos pobres niños que cada día mueren por falta de atención y recursos. Rápidamente nos viene la solución para aliviar nuestra conciencia, diciéndonos que son las Organizaciones competentes las que tienen que ocuparse de esos menesteres.

Es cierto que ese inmenso problema del hambre tiene que ser resuelto por esos Organismos. La cuestión no está en que seamos nosotros quien tenga que resolver esos problemas, pero sí podemos decirnos una y otra vez: ¿Por qué la humanidad se divide en ricos y pobres? Un gran número de gente nacieron para vivir siempre en la miseria sin ninguna esperanza de cambio. Ellos son seres que, como nosotros, tienen sentimientos, aman, odian, ríen y lloran, y como nosotros desean lo mejor para sus hijos, a los que nunca podrán darles una vida mejor.

En el camino de la reflexión y no en el de la moral, que cada uno es dueño de tener la suya, podemos congratularnos de ese privilegio que sabe Dios por qué razón nos fue concedido: la de vivir en un lugar en que lo esencial estaba ya asegurado.

No así a todas esas desdichadas personas, que cuando abrieron los ojos a la vida, todavía sin percibir lo que ocurría a su alrededor, ya tenían un horizonte ensombrecido. No existe para ellos ninguna esperanza, ni alma que les socorra ni cielo que les venga en su ayuda . Sólo les queda un subsistir miserable que perdurará hasta el fin de sus días.




 

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