Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Hay sucesos anecdóticos que permanecen en la historia familiar y, mirándolos detenidamente, nos ayudan a matizar un rasgo del carácter de aquellos antepasados personajes de nuestra parentela. Recuerdo que cuando escuché esta historia en boca de mi madre corrí a contarla como un chiste en el colegio al día siguiente, y no se me olvidará la cara del hermano Miguel excusando lo sucedido argumentando que es irreverente interrumpir la Santa Misa.

El episodio acaeció allá por los tempranos cincuenta, en el pueblo de mis padres, y el inocente protagonista era tío Cosme, el hermano de mi abuelo Paco.

Cuenta mi madre que su tío Cosme fue un hombre robusto de cuerpo e íntegro de carácter que tenía fuertemente asumido que al mundo se venía a sufrir y a trabajar. Cuando escuchaba que alguno se levantaba contra uno de los señoritos del pueblo o decía en la cantina que había oído hablar de los derechos del hombre, siempre decía que a ése le había atacado la locura y que no aceptaba con resignación lo que le había tocado en la vida. El pobre no había tenido otra opción en su existencia y realizaba lo que estimaba le había tocado en suerte.

Sucedió la historia el Jueves Santo de una fría Semana Santa que tuvieron por aquellos tiempos. Ese año el mes de abril obedeció rigurosamente al refrán popular que diagnostica aguas mil para esa fecha, y dicen que las gotas que caían del cielo se confundían en los rostros de los labradores con sus amargas lágrimas cuando veían como el agua se llevaba sus cosechas. Por lo visto, el tío Cosme se levantaba a las cinco de la mañana para rehacer durante el día, una y otra vez, unos pequeños canales en la tierra que ayudaran a ir desviando el agua que caía copiosamente sobre el sembrado.

Así estaba todo el día hasta que volvía al anochecer a casa donde le esperaba un caliente tazón de caldo, que le preparaba tía Carmela, y la cálida cama donde descansar sus agotados huesos. Pues esa noche de Jueves Santo, como sucedía todos los años, mandaban los caciques del pueblo que acudieran todos a la iglesia para llorar y rezar por el sufrimiento y la muerte del Señor, y presto a sus obligaciones, compareció el pobre hombre aunque no podía mantenerse en pié.

Fue sentarse en el duro banco de madera, para escuchar la elaborada homilía que preparaba el párroco para ese día, y caer en un profundo sopor que intentó disimular la tía con la manta que cobijaba al pequeño Rafael dormido en sus brazos. De pronto, un repentino grito de dolor sacó a mi extenuado pariente de su somnolencia cuando el hermano del señorito Julián entró en la iglesia, látigo en mano, infligiéndose unos fuertes zurriagazos mientras gritaba: "¡Señor, déjame sufrir contigo!".

El tío, despabilado de repente y sin percatarse de donde estaba, le contestó alzando la voz: "¡no se destroce usted así, y mañana se viene a las tierras a trabajar conmigo!" En esos momentos, dicen que dejó de oírse la respiración de los presentes. Tío Cosme fue duramente amonestado por interrumpir aquel profundo acto de fe. En el pueblo hubo muchos que hasta le felicitaron, aunque él aseguraba que actuó sin pensarlo, y se habló de que hasta el sacrificado señorito se acercó un día a él y le dio un golpecito en la espalda, se imaginaba la gente que por simpatía hacia el pobre hombre.

Esta anécdota la he relatado yo siempre con diversos matices según la época de mi vida. En mi niñez la refería como un chiste, porque en el colegio nos reíamos de todas las impertinencias con la religión; en mi adolescencia, la narraba intentando esconder los detalles que pudieran delatar la ignorancia y avasallamiento de mis antepasados, como si eso fuera razón para avergonzarse; ahora la cuento con dolor, tal y como ocurrió, sin omitir detalles, para que podamos hacernos una idea de la dureza de la vida de los que nos precedieron.






 

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