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En los primeros años de la década de los 60 del pasado siglo XX, la familia La Toja-Redondela estrenaba -cuando aún no lo poseía nadie en la ciudad- su televisor. Un maravilloso regalo comprado con amor por el marino y jefe de la casa, Ángel Luis. Él sabía que era algo prematura la innovación, puesto que aún no había repetidores por estas tierras gaditanas, pero ya corría el rumor de que estaba muy próxima la instalación de uno en Guadalcanal (Sevilla).

La fiebre que había despertado este mágico aparato en el centro neurálgico de España, Madrid, era general. Los medios de comunicación de prensa y radio hacían eco de ello, por lo que Ángel Luis, gallego emprendedor y futurista, estaba muy satisfecho con su compra, máxime cuando él en Nueva York pudo presenciar su magnífico funcionamiento, quedando lógicamente fascinado.

Toda su familia estaba pendiente de la instalación llevada a cabo por el insigne y entusiasta marino, que era hombre preparado para estos menesteres y poseía amplios conocimientos, por lo que puso en su azotea el varillaje de un artilugio, al cual llamaba antena, algo totalmente desconocido que causó admiración y extrañeza, no sólo a la familia, sino a todo el vecindario.

Cuando todos los cables y enchufes estuvieron emplazados, la numerosa prole: hijos, esposa, abuelos y allegados, no apartaban los ojos del televisor, que, ya encendido, proyectaba una imagen totalmente difusa -como el negativo de una fotografía-, predominando, naturalmente, la «nieve» en la pantalla. Pero, en fin, no estaba todo perdido, ya que el sonido era casi perfecto, por lo que la imaginación del auditorio ponía el resto, y con tal entusiasmo se lo tomaban que, incluso, se atrevían a decir a los extraños llenos de euforia: «lo bien que veían su televisor...» Cuando la «nieve» se prolongaba de forma exagerada, entonces Miguel Ángel, hijo mayor y «técnico amateur» le daba un golpecito al aparato y milagrosamente aparecían algunas imágenes que por supuesto atribuían a la inteligencia técnica del chavalín que tan sólo contaba cinco añitos. Naturalmente, este gracioso recurso sólo lo ejercía en ausencia del padre, porque él no era más que el «segundo de a bordo», pero, claro, el chico, no hay dudas, tenía don de fuerza y sus golpes, a veces, eran certeros...

«Como no hay mal que cien años dure», ¡al fin!, llegó el momento tan esperado por todos los isleños: el día que pusieron en funcionamiento el repetidor en Guadalcanal, y posteriormente en la Sierra de San Cristóbal. A partir de ese feliz momento, la familia La Toja-Redondela pudo prescindir de los mágicos golpecitos del niño, que, lógicamente, amenazaban con cargarse un día u otro el aparato.

A partir de ese evento, los electrodomésticos del pueblo inundaron los escaparates de televisores, y lo que más impresión hacía eran los elevados precios, por lo que no todos pudieron comprarlo. Como pasa siempre, fueron los más pudientes los que cargaron con ellos y lo que fue peor, con sus consecuencias... Mi amiga Petronila adquirió uno de 25 pulgadas, y como ella y su marido eran personas muy amigables, lo ofreció a todo el bloque de vecinos, y éstos fueron -según ella- los que acabaron con la paz de su hogar. Cuando empezaba la sesión de tarde, amablemente iban acomodando a los invitados, y como eran tantos faltaban sillas incluso para ellos. El colectivo vecineril los tenía presente a la hora de la merienda, a la de la cena, etc. Por lo que nuestros amigos estaban francamente contrariados, y, por supuesto, arrepentidísimos de haber comprado semejante «imán» que casi nunca podían ver lo que se dice verdaderamente a gusto.

La experiencia de ellos la tuvimos bien presente, y a la hora de convertirnos en televidentes, ¡no invitamos a nadie!, pero como alguna explicación sobre nuestra actitud había que dar a los vecinos más próximos, le eché toda la culpa a mi marido, comentándoles que Salvador era un hombre muy especial, que respetaba el orden y la tranquilidad por encima de todo, por lo que consideraba peligroso el invitar a nadie, ya que estaba bien segura de que con ello todos saldríamos «trasquilados», y yo la primera. No obstante, un día llegó a casa un matrimonio amigo que, por cierto, no eran del barrio. Se acomodaron con las mejores intenciones de pasar la tarde, y quién sabe si la noche, y lo hubieran conseguido si no surge el incidente que, por supuesto, no fue por nuestra causa. Cuando llegaron ellos, teníamos tumbada en el sofá a la madre de mi marido, que sufría una flebitis en una pierna, y fue precisamente su hijo el que la acomodó allí. Mi suegra era una forofa de la tele, le encantaban hasta los anuncios publicitarios. A los recién llegados los acomodamos en la parte trasera del salón, y yo me puse al lado de mi amiga, y a ésta -algo muy natural- se le ocurrió hablarme cuando cortaron la película por unos momentos. De pronto, mi suegra, con una voz de mando impresionante, exclamó en un tono muy fuerte: ¡¡callarse!! A mi amiga debió helársele la sangre, y naturalmente imperó el silencio impuesto. Al cabo de unos segundos, Vicenta, sin decir palabra, se despidió y ya nunca volvió por nuestra casa. Una tarde me la encontré en el Súper y me comentó que aquel célebre día se calló por respeto, pero ante mí lo perdió despachándose a gusto, y, francamente, tuve que darle la razón.

Evidentemente, la tele nos ha proporcionado a todos momentos maravillosos, pero hay que reconocer que también ha terminado con el don de la palabra, porque ha roto aquellas entrañables tertulias en las que compartíamos con familiares y amigos, esas charlas jocosas, picarescas y otras profundamente serias que incluso estremecían las fibras del alma. Hoy aquellos fabulosos coloquios son fruto tan sólo del recuerdo. El presente es la tele, caímos en sus redes para siempre.

El televisor es un fenómeno de masas, lo amamos como algo muy nuestro, algo de lo que ya no podremos prescindir. Se hace más patente su presencia cuando se avería. Qué desasosiego nos invade; hasta que no vemos al técnico en casa y con sus mágicas manos le devuelve de nuevo su esplendor, no respiramos a gusto. Nosotros teníamos un técnico fabuloso, y digo teníamos porque un inoportuno infarto se lo llevó relativamente joven, pero mientras vivió fue realmente prodigioso, sobre todo con la marca nuestra; la dominaba a tal extremo que sólo con decirle los síntomas metía sus manitas -que eran pequeñas- en el sitio exacto, y sin tener que llevarse el aparato lo dejaba funcionando de maravilla. Antes de morir le dediqué un poema que lo hizo muy feliz. No me quedé con una copia, pero creo que terminaba así:


Qué talento almacenado
tiene en la «chorla» José.
¡Qué monstruo de la electrónica!
Un técnico con solera
¡de la cabeza a los pies!







 

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