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Aquella tarde lluviosa y triste en que se cumplía un año de la boda de su hijo, corrió la cortina con cierto temor al ver tras los cristales el coche aparcado, aquel coche en que tan feliz había sido recorriendo las carreteras, recién aprobadas las pruebas para obtener el carnet de conducir, y que tan buenos recuerdos le traía a la memoria.

Volver a ver el coche aparcado, con las ruedas vacías, los cristales empañados, sucio y descolorido, más que dolor sentía nostalgia, por lo que prefería no asomarse a la ventana cosa que llevaba a cabo pocas veces.

Esa tarde lo hizo, llevándose la sorpresa de que el coche había sido retirado y en su lugar se hallaba otro muy diferente, sintiendo un gran alivio, como si le hubiesen quitado un peso de encima, aspiró hondo, aquella visión había desaparecido, pero seguiría viva en su mente durante mucho tiempo.

El día en que, con su marido, fue al concesionario a recogerlo, lo primero que miró fue el número de matrícula y el resultado de la suma de éstos. No podía ser de otra forma, aquella cifra parecía perseguirla. A veces, cuando deseaba saber el resultado de algo, y al no poder deshojar una margarita, sumaba los números de la matrícula del primer coche que veía y si resultaba ser la cifra que esperaba, para ella era buena señal.

Se había vuelto un tanto apática tras la boda de su único hijo, y que por circunstancias de trabajo vivía lejos de allí, por lo que se sentía muy sola, teniendo como distracción la pintura y hacer planos de casas imaginarias, tras lo cual, solía escribir una historia acorde al tipo de vivienda de la que se tratase.

Últimamente pasaba los días recordando cuando su hijo le anunció que había conocido a Isabel y que tenían el proyecto de casarse en breve, como así fue.

Los preparativos, y todo cuanto rodea la celebración de una boda y la ceremonia en sí, transcurrió con normalidad, sin nada digno de mención alguna, excepto el hecho de que su marido se acercó a ella tras finalizar los trámites de rigor y, aún en la iglesia, le presentara a una buena amiga, según le dijo, y que notó cierto entusiasmo cuando ella le dio en sendas mejillas una especie de beso al aire por temor a estropearse el maquillaje. No la conocía de nada y no le resultó simpática. Sin darle más importancia siguió saludando a cuantos le daban la enhorabuena tras alabar la elegancia de los novios y todo lo relacionado con el exorno floral del templo y del magnífico automóvil en que había llegado la novia.

En el banquete todo fueron vivas, aplausos, risas y alegría hasta altas horas de la madrugada teniendo en cuenta que la boda comenzó pasadas las ocho de la tarde.

Cuando los invitados fueron retirándose y solo quedaron los íntimos se dio cuenta que la amiga de su marido se hallaba aún entre ellos, cosa que le causó extrañeza, pensando que se marcharía con algún familiar de la novia, esperó a que saliese del local, pero en vista que cada vez quedaban menos invitados y seguía allí, optó por decirle a su marido qué pensaba hacer, contestando éste que había pedido un taxi para que la llevase a ella casa y que no se preocupase que él llegaría más tarde.

Se sintió como una marioneta viéndose obligada a volver en taxi y sin saber cuándo llegaría su marido. Al día siguiente no volvió, y tampoco lo hizo durante una semana, ni un mes, ni dos, transcurriendo el tiempo sin noticia alguna y sin decidirse a comunicarlo a las autoridades por temor a que la considerasen una ingenua, llevaba justo un año esperando... Ese mismo día se cumplía el primer aniversario de la boda de su hijo.

El coche que ocupaba el lugar que había dejado el anterior era mucho más grande y espacioso, y al parecer recién salido del concesionario porque en su pintura se reflejaba todo como en un espejo.

Tras aspirar hondo y perder de vista el suyo, que tantos recuerdos le traía, se alegró de haber corrido las cortinas. Ahora lo haría más a menudo, imaginándose muchas más historias, sin saber que a partir de entonces no le sería necesario, pues con la que le quedaba por oír tendría argumentos suficientes como para llenar una biblioteca.

Llena de curiosidad por sumar los números de la matrícula, después de preguntarse si su marido se fugó con aquella mujer, cogió los prismáticos y dejando entrever por las cortinas trató de serenarse y aclarar qué preguntas quería hacerse; en primer lugar si vivía, calculando los números pares e impares, o sea , si, no, si, no... luego los sumaría, después haría igual con el resultado y por fin lo reduciría a una sola cifra que sería la contestación a su pregunta. El que se fuese o no con aquella mujer no era cuestión de dudar, para ella estaba claro que la había abandonado hacia un año. Cuando provista de los prismáticos los graduó para tener una visión clara, de dio cuenta que en su interior se hallaba un hombre como durmiendo sobre el volante; llena de curiosidad pasó cerca de una hora mirando fijamente aquella escena que no cambiaba, hasta que por fin aquel hombre se apeó del coche dirigiéndose al bloque de viviendas.

Sonó el timbre del portero automático, preguntó quién llamaba, sin obtener respuesta alguna, así varias veces hasta que por fin oyó una voz como un susurro que decía, perdóname, perdóname...








 

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