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Entraríamos en un ad infinitum si no pusiésemos fin a esta serie de artículos sobre la metáfora. Sin embargo, y adelanto mi conclusión, el propósito que me ha llevado desde el principio ha sido bien claro: destacar la importancia que tiene esta figura en el texto literario; tanto es así que un poeta del grupo del 27, o generación, como gusten, no entro en esa disquisición tal cual es Federico García Lorca, al que hay que suponer ambientado en la «poesía pura» de Juan Ramón -maestro de ese grupo, eliminador de sensorialismos e imágenes en su etapa «desnuda»-, le dedica un imprescindible articulo a lo que él llama «La imagen poética de Góngora» en Prosa, Alianza Editorial. El estudio del poeta granadino es tan apetitoso que resulta, además, ilustrativo, y yo remito a él al lector interesado. Le aseguro que le enseñará mucho más de lo que yo estoy comentando con rápida brevedad en estas líneas. Una de las frases características, incluso emblemáticas, del trabajo es la siguiente: «El lenguaje está hecho a base de imágenes y nuestro pueblo tiene una riqueza magnífica de ellas». Hemos de tener en cuenta que el poeta se refiere al lenguaje de cada día, y más en concreto al de la gente del campo y del pueblo. Si ese uso lo llevamos a las preocupaciones elaboradas del texto, el interés del autor no estará desprovisto de una irrenunciable ambición de creatividad.

Refiriéndose a Góngora, García Lorca señala la deslumbrante capacidad del poeta cordobés para crear imágenes, de manera que su obra adquiere un alto valor expresivo y sin cuyos logros Góngora no seria quien fue después, cuando Dámaso Alonso se dedicó a estudiar sus poemas mayores. No se olvide que ya Rubén Darío había puesto los ojos en él como gran poeta semiolvidado y tenido en cuenta nada más que como «príncipe de la luz», o sea como poeta de una primera época en la que dominan las composiciones de arte menor y algunos sonetos.

Por lo tanto, Góngora, creador de un lenguaje poético, de un idiolecto (máxima aspiración de un escritor), es para el poeta granadino un ejemplo aunque no lo declare como tal de horizonte literario. ¿No influyó acaso en él, no estimuló su genio, también brillantísimo, para abrir una fuente inagotable de imágenes?

Después de que los Novísimos hicieran un considerable progreso hacia una poesía, si cabe la expresión, «más poética» que la que se venía escribiendo desde la posguerra, concebimos la esperanza de que se echaban las bases de un texto literario mucho más artístico y exigente que lo que se había escrito basta entonces (el autor de estas líneas confiesa que él, por lo menos, lo ha intentado). Pero no fue así. El abuso del versolibrismo y los disparates lingüísticos, así como contenidos difusos y mal desarrollados, demuestran la incapacidad de muchos poetas para escribir una poesía «clásica al día». Esta imposibilidad abre la puerta a un intrusismo cada vez mayor, so capa de la vieja libertad romántica.

Me pregunto si llegará el día en que escribir será un auténtico oficio, el despliegue de un conjunto de valores en los que la gramática, la cadencia y la estilística queden entrelazadas como un bello tapiz y la obra literaria, lejos de vacilaciones subjetivas por parte de sus comentaristas, se convierta en un objeto de estudio al que se acceda por unos criterios casi científicos

Estas medidas pueden parecer draconianas, pero si hoy estuviesen vivos los Aristóteles, los Horacios y los Góngoras, sentirían horror deambulando por este mercadillo de a 100 pesetas que es gran parte de lo que se escribe en nuestro maltratado español.

Por lo visto, muchos han descubierto una «nueva poesía», ya que ignoran que la otra, la de siempre, está sujeta a una preceptiva literaria, que los auténticos poetas siempre han agradecido.






 

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