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Está en boga en la suiza alemana y pronto se extenderá a otros cantones el depositar las cenizas de los familiares desaparecidos en las raíces de un árbol. Quise enterarme con más detalles de lo que se comentaba sobre este hecho y una amiga suiza me informó ampliamente de lo que deseaba saber. Y, efectivamente, no solamente estaba al corriente de esta novedad nada convencional, sino que ya había encontrado el árbol en donde esparcir las cenizas de sus familiares y de ella misma el día de su muerte.

La idea nos vino cuando un amigo intimo falleció repentinamente -me dijo-. No tenia a nadie en el mundo y los amigos más cercanos pensamos que sería una bonita forma de despedirle llevando sus cenizas al bosque y esparcir sus cenizas en las raíces de un árbol. Una manera de hacerle revivir simbólicamente a través de la naturaleza. A partir de esa experiencia y después de 1999 se extendió la idea y la gente comenzó a buscar árboles en los terrenos privados para acabar en los bosques más cercanos de sus hogares. A los suizos alemanes le pareció esta idea mucho mejor que la costumbre estremecedora de los nichos de mármol y piedra, tan fríos como el mismo cuerpo que se adentra. «Sólo el alma permanece intacta, nada puede hacerla desaparecer», dijo Voltaire .

No veas en ello ninguna filosofía, sexta o religión alguna -me dijo muy seria-, y menos todavía una extravagancia. Lo maravilloso de depositar los restos mortales de los seres queridos en esas arboledas diáfanas y exuberantes es su silencio. El espíritu permanece cuando el cuerpo ha dejado de existir y te llama al recogimiento y la reflexión. Cuando los restos se confundan con la tierra las raíces se fortalecerán y darán vigor al árbol que, al mismo tiempo, velará por los restos que allí dejamos sin esa frialdad de las tumbas que aprisionan el cuerpo. Ni cruces ni inscripciones ni coronas, nada que pueda recordarnos a los clásicos cementerios, con el almacenamientos de cuerpos ya sumidos en un principio de descomposición.

La parte negativa -me dice en un tono mucho más comedido-, es que ya se habla de grandes empresas que están buscando terrenos para plantar árboles. Estos bosques artificiales pretenden ser la continuación a los ya existentes, y entonces se abrirán a un comercio que puede ser incontrolable. Sin embargo, muchos de nosotros, a pesar de todo, preferimos ir al encuentro de la naturaleza, y el que quiera que sus cenizas se unan a la tierra siempre encontrará un lugar en donde puedan desparramarlas sin ningún prejuicio.

Me atreví a preguntarle que la motivación debería ser muy profunda para romper tradiciones que pasaban de padres a hijos. Si esta costumbre se extiende como parece que puede suceder, ¿qué pasará con los panteones y las tumbas, y de tantos ritos y costumbre que forman parte de nuestra vida diaria? Y cómo prescindir de las visitas en los días señalados, las flores en los aniversarios, las inscripciones en las lápidas y tantos homenajes como se rinden a nuestros seres queridos. Y me parece hasta irrespetuoso el dejar que la gente que pasee por esos lugares puedan pisar sin ningún pudor las cenizas de los que desaparecieron. Sin contar con los inviernos, cuando el viento y la lluvia que todo lo arrastra, ¿qué será de las cenizas allí esparcidas?, ¿quedarán rastro de ella?

No sé hasta dónde os llevará esta absurda idea ecologista, o como queráis llamarle, que me parece más extravagante que práctica.

Seamos consecuentes y dejemos las cosas como están. Donde mejor reposan nuestro seres queridos es en los cementerios, preparados desde varios siglos para este fin.

El descanso eterno, respetémoslo. A fin de cuenta lo que hagamos ahora con los nuestros, más tarde lo harán con nosotros mismos.




 

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