Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Era temor el sentimiento que asomaba en la joven Julia cuando, mirando por su ventana, se percató de la presencia inamovible de aquel singular personaje apoyado en la esquina de la tienda de enfrente. Era un hombre de unos treinta años que, le parecía a Julia, vestía la indumentaria típica de los gánster americanos de los años veinte... Lo llevaba viendo exactamente dos horas y media, porque la primera vez que advirtió su presencia daban las nueve en el reloj de la cocina que la avisaba de que la rica empanada de jamón y dátiles, que se cocía en el horno, estaba ya lista para ser pintada de huevo. Ahora, eran ya las once y, aunque Julia había cenado ya, no había dejado de asomarse a la ventana de su comedor, procurando no ser vista, para no perder de vista al, casi seguro, atracador que vigilaba en una postura sospechosa la fachada del vecindario del que ella habitaba la tercera planta. La joven presentía que debía tratarse de un violador de esos de los que habla tanto la televisión, y, sin ningún género de dudas, estaba esperando que ella, la más joven del vecindario, saliera tarde al ser fin de semana. Transcurrían los mismos minutos cuando el vecino del primero prevenía a su mujer de la existencia de un ladrón apostado en la tibia penumbra de la esquina de enfrente. Apagando la luz de la sala de estar, para que no se viera la sombra al trasluz, los dos se habían asomado a la ventana y llevaban largo rato espiando al imperturbable ladronzuelo que esperaba pacientemente a que el sueño se apoderara de los candorosos vecinos para poner sus artes saqueadoras en acción. Ellos vivían en el primer piso e, indudablemente, debían estar en el primer puesto de mira de aquel comediante ratero. Con extremo cuidado habían estudiado los posibles accesos a su vivienda para buscar una manera eficaz de bloquearlos con fuertes medidas de seguridad, y hasta colocaron el gran frigorífico tras el portón de la entrada.

En el piso cuarto, el forzudo inquilino vecino del inmueble también se asomaba a su ventana intrigado por ver si se acercaban las nubes que, había anunciado el telediario, traerían las deseadas lluvias, y al ver al jocoso personaje que permanecía como soporte del viejo ultramarinos de enfrente se ha dicho en tono lastimero: ¡Pobre loco!, ¿qué hará ahí abajo con el frío que hace? Entre tanto, la auténtica verdad de lo que acontece la asegura tener la vecina del 2º, que intuye que los espectáculos tan deplorables que tienen lugar en la barriada de más abajo de la autopista se están trasladando a las calles de debajo de su casa. Le parecía cosa cierta, a juzgar por la pinta de aquella dudosa figura, que se trataba de un "maricón" de esos que se prostituyen buscando drogas, y, avisando de la depravación que empezaba a vislumbrar en el barrio, había llamado por teléfono a su hermana que, sin dudarlo un momento, le había ofrecido una habitación de su casa para que aquel lazo de su sangre no tuviera que codearse con la vil corrupción.

El desenredo del enmarañado episodio que tuvo ocupado a todo el ala izquierda del edificio no tuvo lugar hasta cerca de las doce y media cuando Juani, la vecina del tercero del otro lado del bloque de apartamentos, salía a la calle dispuesta a celebrar con los amigos su treinta cumpleaños y al descubrir al, para ella, encantador hombretón que le sonreía desde el otro lado de la carretera se fue hacia él abrazándolo por el cuello mientras repetía, "¡Ay, mi Humphrey!"

Nada más sencillo y más divertido. Carlos, que así se llamaba el denigrado personaje, bebía los vientos por Juani y había querido felicitarle su cumpleaños como lo hubiera hecho su adorado ídolo de las películas. Fue una buena treta del joven que consiguió tenerla enamorada durante toda la velada. Sus artimañas con fines galantes no tuvieron para todos el mismo sabor, y tuvo en vilo a todo el flanco contrario del edificio, pues había equivocado las ventanas de la vivienda de Juani.

Al final se pudieron oir frases tan contradictorias como: "¡Si es el ligue de la vecina, pues menudo susto nos ha dado!" "¿Dónde irá la loca ésta con ese tío tan raro?" "¡Debíamos haber llamado a la policía!" "¡El susto que nos ha dado!"






 

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