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En el número anterior planteamos las siguientes preguntas a propósito de la risa: ¿Cómo puede ser que la risa sea a la vez el rostro de la felicidad y el arma de la humillación? ¿Cómo puede ser que la risa sea incompatible con los sentimientos y sea, a la vez, de naturaleza sentimental? ¿Cómo puede ser que la risa sea una ayuda para la razón, pues desdramatiza los temas, y que sea, a la vez, un impedimento a la hora de buscar la verdad (pues la filosofía es algo serio, que no bromea)?También se afirmó que la risa es un medio de comunicación entre los hombres, que no tiene sentido reírse de lo que no es humano o no es "humanizado" (como ocurre, por ejemplo, en el caso de las mascotas). En este camino encontramos que todos los seres humanos tienen en común la necesidad de reconocimiento de nuestra humanidad por parte de los prójimos. ¿Reconocimiento de qué? Pues de que somos hombres y mujeres, no cosas, que somos responsables de lo que llegamos a ser, que no hemos nacido para ser utilizados, que tenemos, en definitiva, una dignidad especial en comparación con el resto de las "cosas" que existen en el mundo.

También quedó pendiente la cuestión de la utilidad de la risa. En efecto, ¿cómo ayuda la risa en la consecución de este reconocimiento que buscamos todos?

Pues bien, hoy nos centraremos sólo en este último problema.

Empecemos por el principio. El hombre tiene una triple naturaleza. Por un lado es lo que es por nacimiento y a consecuencia de nuestro ser físico. Por otro lado es lo que es por el contexto social en el que se desarrolla. Por último es lo que es a resultas de su psicología y su libertad. Estas tres naturalezas, pensables separadamente unas de otras, en realidad se confunden, se complementan y se necesitan hasta tal punto que cualquiera de los rasgos de nuestro "carácter" (conjunto de pautas de respuesta y hábitos estables de conducta) y de nuestra "personalidad" (conjunto de valores, proyectos, formas de vida, junto con una evaluación del propio carácter) es impensable al margen de cualquiera de las tres naturalezas. Somos, está claro, el conjunto de herencia, cultura y libertad.

La risa se aplica a estos tres campos, en cada caso con diferente fortuna. En cuanto a lo genético y a las consecuencias de nuestro ser físico, nos reímos, por un lado, del defecto (lo físico estático), como bien saben los cojos, los orejudos, los bizcos, los tartamudos, etcétera; por otro lado, nos reímos de la torpeza (lo físico dinámico), como en el caso de los resbalones y los tropiezos. En cuanto al contexto social, nos reímos de las familias (véanse las series de humor de televisión), de las maneras de una región (véase el caso de los Morancos), de la política, de la moda, de los valores (véase el caso de los Simpson) y de los demás aspectos de la vida social humana, con la única limitación de que no podemos conmovernos con lo que vemos. Por ejemplo, no es rara la aparición de los etarras en las tiras cómicas de la prensa, etarras, claro está, dibujados con una cierta ternura (parecen enanitos díscolos) que nos hace olvidar por un momento el verdadero rostro del terrorismo. Por último, en cuanto a lo que llegamos a ser a resultas de nuestra libertad, nos reímos de las rarezas psicológicas de la gente, de sus deseos absurdos, de sus vocaciones y sus actividades, de, en definitiva, un gran conglomerado de aspectos "privados" de cada cual, que puede que tengan una base genética y cultural, pero que se asocian claramente al carácter y la personalidad específicos de quien los muestra, o sea, al núcleo que la identidad más íntima de cada cual.

En definitiva, pues, nos reímos de lo humano imperfecto. ¿Por qué? Pues porque a todos nos cuesta reconocernos en el espejo de nuestro aspecto y nuestros actos. Nos damos cuenta de que somos algo más que eso sin dejar de ser exactamente eso que se nos muestra a los ojos. En todos nosotros se produce, por tanto, una lucha eterna e irónica por llegar a ser lo que sabemos que somos más allá de lo que aparentamos ser. En efecto, no podemos dejar de ser, en apariencia, cosas. Igual que una llave inglesa es una cosa útil para apretar o aflojar tuercas, así también puedo decir de mi mujer, por ejemplo, que me es útil en muchos sentidos, con lo cual la convierto, por cierto, en una cosa-para-mí. Por supuesto que ella es mucho más que eso, pero, como ya sabemos, mi mujer, y con ella el resto de las personas, son a la vez útiles, herramientas, medios para nuestros fines, objetos, cosas. Esta es la trampa en la que la humanidad ha caído en el caso de la esclavitud. Es la vieja trampa en la que se fundan todas las violaciones de los derechos humanos. Es, en definitiva, la caída original del ser humano. Y la risa está ahí, a nuestra disposición, para que la usemos cada vez que queremos decir que somos algo más que cosas sin dejar de ser cosas. La risa es un modo de señalar esta contradicción de la que venimos hablando: lo que somos versus lo que aparentamos ser.

Sin embargo, en este principio hay una limitación. Todo el mundo puede ser objeto de mi risa, a condición, como bien decía Bergson, de que no me conmueva lo que veo. En efecto, sólo podría reírme de la barriga hinchada de los negritos muertos de hambre a condición de que no me compadeciera de ellos, lo cual, por cruel que parezca, es posible... ¿recuerdan el simpático dibujo de los "conguitos" (cacahuetes cubiertos de chocolate)? ¿Ven como incluso las barrigas hinchadas por la hambruna pueden llegar a ser graciosas con tal que nos olvidemos del padecimiento de quien la porta?

En conclusión, lo que tiene en común un tropezón, unas orejas desabrochadas, una confusión o cualquier asunto que provoque risa es que de repente hay alguien que, sin dejar de ser persona, se ve arrastrado a su "ser-cosa". Los demás, en cambio, al reírse, interpretan que se trata de una especie de juego (que por etimología no puede dejar de ser "jocoso") en el que el sujeto en cuestión se comporta como un "objeto cualquiera" sin dejar de ser "persona".
 






 

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