Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Podía haber sido de otra forma. Podría haber sido, aquel bulto en la mama, un quiste benigno, o una mastopatía, o incluso una mastitis. Podía haber sido en otro rostro, en otros ojos, en otra suplicante sonrisa helada y con aspecto de ruego y de ayuda.-¿Me voy a morir, Luis?

-Todos nos morimos, Antonia. Aquí no se queda nadie...

Cambié bruscamente de tema. Era consciente que le estaba engañando, que me estaba pidiendo que le engañara, que me estaba suplicando que mi engaño pudiera ser verdad, que, acaso, por esas cosas que siempre han pasado en la vida real, la ciencia se equivocase y todo no fuera más que una dura pesadilla.

-¿Pero tu crees que me voy a curar?
-¡Habrá que pelearlo, Antonia, habrá que pelearlo!

Siete años... Siete años son demasiados para el cáncer de mama, demasiados para hacer oídos sordos a los antecedentes familiares y a la edad. Quizá hubiera sido todo igual. Pero solo quizá. Recuerdo sus ojos, sobre todo sus ojos, cuando la exploraba por primera vez en la consulta, cuando mis manos recorrían el bulto intentando dejar hierática la expresión y la mirada. No me gustó. Uno aprende con el tiempo el olor de lo maligno.

-¿Pero cuántos ganglios están afectados?
-Seis de veintidós, Antonia.
-¿Entonces?
-Pues más de cuatro ya son un problema...

La biopsia previa y obligatoria confirmó las sospechas. Aunque de entrada no lo parecía. El cáncer estaba bien parapetado y oculto entre la grasa y las fibras de la mastopatía. Tuve la imprudencia o la ingenuidad de decirle que el aspecto era totalmente normal, que no parecía que hubiese nada. Y claro que se lo creyó. Lo estaba esperando y deseando como una tabla de salvación, como un respiro a sus angustias. Sabía que sus ojos estaban pendientes de mis labios, y su sonrisa de mis ojos que entonces no engañaban.

-Aquí pone cosas muy raras, Luis...
-Bueno, Antonia, por muy bióloga que seas a veces os equivocáis.
-Es que he leído Grado II de Carcinoma Intraductal Infiltrante...
-No te fíes de entrada de la terminología.

Entendía a su pareja pero me sobrepasaba. Ya tenía bastante con mi impotencia y con los ojos de Antonia. Lo de menos era la mutilación obligatoria, aquel vacío de femineidad que se imponía desde la técnica y desde la ortodoxia. Lo de más era pillar a tiempo la desbandada de células, conseguir con aquella carnicería, -no menos espantosa por conocida-, congelar el proceso y hacerlo reversible. Y también el ex marido quería mis confidencias. ¿Debería hablar también con el ex marido? La piña afectiva se volcaba en algo impredecible, pero desgraciadamente de mal pronóstico. Y yo no sabía ya qué inventar para sus ánimos y para mis ánimos.

-A lo mejor si no lo hubiera dejado tanto...
-Ahora eso no sirve, Antonia. Ya sabes: lo que es, es.
-Pero yo soy fuerte y tengo mucha confianza...
-Eso es lo importante, Antonia.

Había llorado. Seguía sin poder digerir la impotencia. Los ojos de Antonia estaban dentro de mis ojos. ¿Por qué no me hice, por ejemplo, arquitecto? ¿Por qué no me consuela la inevitabilidad de la existencia? ¿Por qué no me he acostumbrado con el tiempo al dolor y a las sonrisas heladas, a los ojos que me suplican como si yo fuera un mago? ¿Cuándo seré un mago? ¿Podré algún día tener una varita mágica y crear sonrisas y esperanzas donde solo se posan las lágrimas? A veces no sé para qué sirvo. A veces...






 

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