Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Marisol era una niña muy especial, y lo hizo patente el día de su primera comunión, consumada en mayo de 1937 -en plena guerra civil española-. La niña tenía siete años, y naturalmente no podía ser consciente del solemne acto que con toda ceremonia pensaban realizar en el colegio que la educaban y en el que estaba desde sus dos añitos. Naturalmente la criatura era bastante inteligente, y los estudios realizados hasta esa memorable fecha habían sido óptimos, pero esto nada tenía que ver con su temperamento: apasionado, impulsivo y travieso, sobre todo esto último era característico en ella, pero, como contraste, muy noble y leal con sus profesoras y condiscípulas. Evidentemente, sus diabluras la distinguían, por lo que semejante factor no podían olvidarlo ni profesoras ni familia. No obstante, alguna que otra vez se comportaba con un equilibrio que hacía titubear a los que en un principio dudaban de su responsabilidad. De todas formas, contar con ella para una misión seria podía ser arriesgado.

Las profesoras se debatían entre ellas pensando si Marisol quedaría bien al recitar el poema que le habían asignado para el día de su primera comunión, acto que pensaban realizar en la Iglesia más importante del pueblo, y en el que participarían las más aventajadas en estos líricos temas. Indiscutiblemente, la memoria jugaba un gran papel, ya que no podían leerlo, y Marisol en esto no tenía rival. También, como no, era importante la interpretación, pues había que saber darle a algunos versos el énfasis que requería, sobre todo al final, y por supuesto algo imprescindible, matizar en cada momento. ¡Vamos, que recitar bien no es tan fácil como algunos piensan! En realidad es un arte. Marisol en los ensayos lo hacía -a juicio de las profesoras- de forma impecable y destacando entre las demás. Pero la duda que esta niña sembraba tampoco podían eludirla, y se preguntaban: ¿cómo lo hará en la iglesia?, ¿cambiará los versos dado a su fantasía y nos dejará mal? Naturalmente era un riesgo que tenían que afrontar. Afortunadamente, pese a las inquietantes dudas, cuando llegó el majestuoso momento, Marisol tomó conciencia de su responsabilidad y sin preocuparse de la extensión del poema, lo desarrolló magistralmente, dejando un buen sabor de boca en todos los fieles que abarrotaban la iglesia. Las profesoras, ¡al fin!, respiraron satisfechas ante la brillantez del acto en donde Marisol obtuvo un destacadísimo papel por prestigiar a su colegio, siendo muy felicitada.

Pero ahora adentrémonos en el interior de la niña y analicemos sus pensamientos, que sin lugar a dudas estaban plenos de lógica. Se preguntaba -y quién sabe si aún se lo estará preguntando-: ¿»por qué las profesoras nos dicen constantemente que el día de la primera comunión es el más feliz de nuestra vida?». Naturalmente en aquella lejana época no había celebraciones tan fastuosas como las de hoy, donde los niños actuales de mayor edad que los de aquellos tiempos, gozan de toda clase de privilegios. Son auténticos protagonistas, reciben regalos hasta repetidos, los almuerzos, como en las bodas, donde no puede faltar la exquisita tarta, e incluso algunos contratan la actuación de payasos. En fin, hoy es una verdadera gozada tanto para las estrellas como para los numerosos invitados. Quizás los padres, en el fondo, no se sientan tan felices por lo arruinados que los deja este disparatado derroche, aunque traten de disimularlo con la mejor sonrisa...

Pero ahora pensemos en el ayer, ese ayer de Marisol tan pródigo en miserias y sacrificios, y con la guerra latente que todo lo racionaba, hasta las ilusiones; pero sin parangón con lo que vino después con la posguerra. ¿Qué goce le brindaban a los pobres niños como para hacerles creer que el día de la primera comunión era el más feliz de su vida? Verdaderamente no podían creerlo. Yo, que todavía perduro en este inquieto presente, comprendo la duda de esos ingenuos niños del ayer.

Cuando Marisol salió del templo, su semblante reflejaba felicidad porque había recibido por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y ello la inundó de dicha. Pero pasado el éxtasis, entramos en el segundo capítulo, que nada tiene que ver con la paz del espíritu que nos transporta el alma... Después del acto, a Marisol la llevó su familia a los estudios de un famoso fotógrafo, para que quedase el recuerdo plasmado del día más feliz de su vida...

Se marcharon hacia la casa. La chica creyó que una vez allí acabaría todo y podría quitarse el largo vestido que tanto la molestaba, al igual que la almidonada enagua, y en realidad fue así, se lo quitaron, pero sólo fue por unas horas, mientras preparaban el almuerzo para cumplir con esa necesidad vital. Reposaron un poco y, una vez vestida de nuevo, la familia programó el maratón que tenían previsto para la tarde, que fue de los que no se olvidan. Mientras la «tía» Carmen le daba los últimos retoques no dejaba de hacerle observaciones; en lo que más insistía era en el velo -esto sí que podía ser serio- ¡tul ilusión!, lo más fino que existía, por lo que debía ser extremadamente cuidadosa para no romperlo. Marisol estaba ya hasta las narices de tantas repetidas advertencias, por lo que su espíritu rebelde comenzaba a adueñarse de ella y, sin decir palabra, pensaba despacharse a su gusto.

A la hora calculada salieron para hacer las visitas protocolarias en la cual no se perseguía otro fin que el de llenarle de monedas la «limosnera», una espaciosa bolsita colocada en el lateral derecho del traje, previsto, como no, a que la rellenasen bien, cuanto más mejor, con ello se amortizarían los gastos del equipo.

Marisol, que vivía en un entresuelo, cuando inició la bajada, se agarró fuertemente a los pasamanos de la escalera y, sin pensárselo dos veces, saltó los siete escalones de una vez, con el consabido terror de su tía que le gritaba: ¡chiquilla, no seas loca, que te vas a romper el velo! De milagro no se lo cargó, pero aún quedaba mucha tarde. De la casapuerta a la emblemática plaza del Rey llegó en una desenfrenada carrera, levantándose previamente el vestido para que las zancadas fueran más cómodas. La pobre «tía» corría tras ella y casi en súplica le rogaba que se comportase como una niña bien educada. Marisol pareció comprenderla y se puso de momento formalita. (Deseo aclarar que la protagonista de esta historia era huérfana de madre, y la criaron unas amigas de la difunta que la acogieron con sólo dos meses de vida).

El itinerario «visiteril» fue largo, casi interminable, pero valió la pena, porque la «limosnera» estaba casi a tope. Había que ver la cara de satisfacción que tenía su tía cuando hizo el recuento en casa, ya que había superado el gasto realizado, máxime cuando los recursos de la familia eran escasísimos- vamos, que por ella, volvería a sacarla de visita al día siguiente.

Respecto al velo, quedó deshecho, pues Marisol, como broche final de su «aventura», cuando habían llegado hasta la misma puerta de la casa, prefirió subir -como hacía casi siempre- por el cierre del piso bajo hasta el balcón de su vivienda que estaba encima, pero al introducirse, se le enganchó, no se supo dónde, el tul ilusión. ¡Dios mío, cómo quedó el velo! La tía Carmen lloraba de rabia. Ella que pensaba que le serviría para cuando se casara la niña. En fin, no todo fue perdido, el precioso vestido lo guardaron durante algunos años y, en la adolescencia, se lo arregló artísticamente y Marisol lo lució en un baile con motivo de la velada del Carmen. Ahora el traje tenía un inconveniente: como era de seda, al sujetarla por la cintura el chaval que la acompañaba en el baile, el traje giraba sobre su «eje» y a Marisol le faltaban manos para ponérselo en su sitio; afortunadamente no llegó a rompérselo. Lo disfrutó durante algún tiempo, hasta que comenzaron a crecerle los «memes»; pero bueno, esto es ya otra historia que nada tiene que ver con ¡el día más feliz de su vida! 







 

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