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Está de moda ese movimiento al que llaman «antiglobalización». Y se viene hablando de ello últimamente en todos los medios un día sí y otro también. Y no digamos cuando los enviados o representantes en la Tierra de los todopoderosos dueños y señores del universo se reúnen en la bodeguilla de turno para continuar representando el papel que les toca en esta película, ya saben, el de buenos padres de la patria, el de santos varones preocupados por el bienestar de sus acólitos, súbditos y fámulos cual si tal incordio no les dejaran dormir. Entonces, cuando la santa hermandad fija lugar y fecha para el examen de conciencia, dolor de corazón y propósito de la enmienda, justo entonces, salen grupos de apandillados, vándalos o bárbaros, según versiones oficiales, o de izquierdosos, izquierdistas, pseudocomunistas sin bastión, pesebre ni teta a que agarrarse, según versión derechista, o de golfantes, desgraciaos, pelones, indios, morosdemierda, descamisaos, chuloputas, etc., según adjetivaciones de más al lado del vil metal, y les monta un Seattle 1999 o un Praga 2000, que no se convierte en una Bastilla 2001 porque las ametralladoras y los bazoocas de las cien legiones de polimilis destacados al evento arman más ruido y son más efectivos -según dicen- que una patada en los cojones.

Y se preguntará usted, mi estoico y pacienzudo lector, que qué coño es eso de la globalización. Pues, como el concepto se va formando poco a poco, quiero decir que, en la acepción que queremos entenderla, aún no se recoge en el Diccionario ni tiene una identidad que la defina con total claridad, habrá que hablar de ella en unos términos supuestos que pergeñen la idea. Pero, como para ello necesitaríamos todo un tratado, tendremos que resumirlo en un simple ejemplo.

Si tenemos en cuenta que el 90 % de las riquezas totales del planeta están en manos de un pequeñísimo número de personas, y que este pequeño número está a su vez dividido en universos particulares, como la gran masa, la sociedad productora, está cada vez más hasta el moño -y más unida- y enseña colmillos por aquí y por allá, como el dicho napoleónico de «Divide y vencerás» es igual a «Únete y vencerás», el capital, dueño y señor del universo (léase Banca), entiende que deben aplicar la fórmula para seguir siendo fuerte y poderoso. Vea si no. Donde antes había veinte Bancos, ahora sólo dos. No hay competencia. ¿Normas? ¿Leyes? ¿Justicia? Las que ellos quieran. Son los amos. Y no se le ocurra revolverse, pues que -como siempre- aún sigue vigente el derecho de pernada.

Naturalmente, esto no es todo. Ya seguiremos con el asunto...








 

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