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Para mí, las ferias y fiesta no son tales, más bien motivo de reflexión; Será por falta de alegría o porque en mi entorno falta esa visión que se debe tener para ver el ambiente como quieren que lo veamos. Todas las fiestas, incluso las que antaño suponían una gran revolución en la vida cotidiana, hoy, es puro mercantilismo, lo digo por el Carnaval.

Muchos años he tardado en comprender el Carnaval de Cádiz, el nuestro, porque yo me considero de aquí, después de vivir en La Isla treinta y siete años. Ciudad que amo después de mi pueblo, Arcos de la Frontera.

Al principio sentía vergüenza ajena, y a las letras que tanto hacia reír a la gente no le encontraba gracia alguna; recuerdo que la primera comparsa o chirigota que oí se titulaba Los Dandis Negros. Actuaron en la plaza de toros, en Cádiz, que ya no existe, y para mí resultó el espectáculo más denigrante que hasta entonces había visto. Más tarde, al transcurrir los años y oír las letras ya fui comprendiendo lo que querían decir, pero a la vez descubrí la rivalidad y el submundo que encierra el afán de notoriedad y lo que supone ganar en el concurso del gran Teatro Falla, lo que hace que deje de ser una fiesta.

El Carnaval de cara al pueblo, no cabe duda, supone una válvula de escape para pasarlo bien y hacer lo que nunca le sería posible.

No quiero dejar pasar la ocasión para rendirle un recuerdo a la madre de una amiga, que la última vez que pudo vivir el Carnaval (lo que hacia todos los años), vestida con pantalón negro y chaqueta de cuero en la que llevaba prendidos decenas de imperdibles y cadenas de cisternas de wáter; sentada en una carretilla, rodeada de niños y niñas, llevando entre los brazos una muñeca de trapo de largas trenzas de lana amarilla, saludaba sin parar, con más ilusión y felicidad que los propios niños, a pesar de sus ochenta y cuatro años; a mí, tengo que confesarlo, me rodaron las lágrimas por las mejillas; quizás por el deseo de sentir su misma alegría.

La velada del Carmen también es para saber vivirla, aparte de ser necesario tener dinero. No cabe duda que la infancia y la juventud son los que ven la feria con ojos de fiesta. Comprendo que las ferias son necesarias para muchas cosas, pues gente de muchos lugares se dan cita y se conocen entre sí dando lugar a posibles uniones; pero también se necesita ilusión, compañía y ganas de meterse en el torbellino de luces, ruidos y olores característicos de la "feria"

Para mí la mejor fiesta que existe es la de Juan y Juana. He tenido ocasión de vivir la ilusión de toda una barriada -Gallineras-. La hija de esa señora a la que me he referido anteriormente, con un mes de antelación a la noche de San Juan, se dedicaba a formar dos muñecos extraordinarios con telas inservibles, vistiéndolos más tarde perfectamente con todo lujo de detalles.

Él, con camisa, chaqueta, corbata, calcetines y zapatos, sin faltarle un reloj en la muñeca izquierda; todos los días le cambiaba el clavel que lucía en la solapa.

Ella, Juana, un poco metida en carnes, vamos lo que se dice "gorda". Bien vestida con una bata de grandes lunares, un delantal blanco con tira bordada por todo alrededor, grandes zarcillos a juego con el collar y la pulsera, calzando zapatos de tacón del número cuarenta, al menos, y prendido en el moño un ramo de jazmines de plástico; los labios, rojos como el clavel de la solapa de Juan y en los ojos más rímel que calafate necesita un barco, igual que las uñas pintadas sobre los guantes. Lo que se dice una obra de arte, inservible, pero casi humana.

Carmen, que así se llama mi amiga, vive en el número trece de dicha barriada, siendo famosa en su barrio por la ilusión que pone en todo cuanto hace, transmitiéndolo a cuantos tienen la suerte de hallarse a su alrededor.

Faltando algo más de una semana para la noche de San Juan, pone en su puerta desde por la mañana, dos sillas de enea en las cual sienta a Juan y a Juana para regocijo de cuantos pasan por su puerta.

Yo, en más de una ocasión he ido sólo por ver a los dos personajes tan bien ataviados y comprobar la felicidad que emanaban.

Al llegar la hora de trasladarlos al lugar de la quema resultaba una ceremonia dolorosa, sintiéndome incapaz de coger a uno de ellos y volverle a sentar, para más tarde prenderle fuego.

El sentimiento de dolor era compartido por todos, pero la fuerza de la tradición es superior a todo cuanto en nuestro interior se revela.

En pocos minutos son reducidos a cenizas, quedando sólo el recuerdo y las fotografías que les habían sido tomadas.

Cómo digo, es una fiesta que vivo desde lo más profundo de mi alma, pues no supone ruido, música, etc., ni necesita iluminación, su "sacrificio" ilumina las almas para que comprendamos que todo es efímero, y que de nuestro paso por este mundo sólo quedan cenizas y el recuerdo de la felicidad que hayamos transmitido en el tiempo que vivimos.








 

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