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Las épocas -como la nuestra- desgajadas de un ideal común en las que unas consignas religiosas y sociales unen las plumas en unas miras educativas globalizadoras, como hizo el Renacimiento o la Ilustración, incitan a la individualidad, al ahondamiento del ego de cada escritor, como ya hemos visto cuando hablamos del barroco y el romanticismo. A la pedagógica objetividad de un Jovellanos se contrapone el impulso subjetivo de un Espronceda, pongamos por ejemplo. La modernidad, hija del romanticismo, es nieta de la Crítica de la Razón pura de Kant. Más allá de mi capacidad, de mi posibilidad de conocimiento no hay nada; o dicho mejor, existe un caos de fenómenos, que yo organizo y al que doy sentido. Yo, el hombre. Y este es el presupuesto de todo lo que luego se ha llamado contemporáneo, bajo un inevitable agnosticismo en materia religiosa y psicologismo en materia de conocimiento. Más adelante, el darwinismo y los millones de galaxias han condicionado un principio de incertidumbre que deja huérfanas toda objetividad y seguridad para un conocimiento con apoyaturas firmes y definitivas.

Perdone el lector este preámbulo, pero era necesario para comprender cómo el artista de las vanguardias, padre a su vez del que hoy busca desasosegado un estilo, dejó atrás el pasado como si el futuro le propiciase unas señales de su identidad. ¿No dijo el francés Buffon que el estilo es el hombre?

De ahí que todo el que hoy pretende hacer literatura y es consciente de que el lenguaje es todo, en un tiempo en el que los temas están manidos y las grandes ideas no importan nada, se siente en continuo desvelo y lee como un francotirador de los tópicos y las formas ya consagradas, con un apetito desordenado de novedades expresivas, como si la obra literaria se redujese a una pirueta estilística deslumbrante. Devora y nada come, porque casi nada le atrae y todo le parece insatisfactorio.

Ahora bien, no se olvide el lector de que me estoy refiriendo a poetas y escritores -jóvenes, muy jóvenes en la mayoría de los casos- que detestan todas las deudas que los vinculan con el pasado, aunque sea un pasado inmediato. Naturalmente que los otros los que no tienen esas exigencias, sean consagrados o noveles, escriben como respiran y no sienten escrúpulos con las palabras, sino que echan mano a ellas cuando las necesitan y están convencidos de que han hecho un empleo conveniente de ellas. En la Historia de la Literatura reciente tenemos el caso del realismo social y la poesía del Grupo Cántico -fuente de los Novísimos, también merodeadores del vocablo-; ha sido, pues, a partir de entonces cuando el problema del lenguaje como protagonista del texto literario ha ganado relevancia.

Lo que sí es cierto es que aquí, en el arte de escribir, no cabe ningún relativismo. No se pueda quedar uno satisfecho con lo que hace si no se ha tomado la molestia de sacudir su árbol creador para que caigan las hojas ya secas, las palabras que semánticamente se han agotado y ya no tienen savia que le den vida nueva al poema. De hecho, leemos a muchos poetas que escriben correctamente y dominan las formas métrica con buen oído, y, sin embargo, sus textos son repeticiones de otros autores, incluso de ellos mismos. Da pena ver cómo ni siquiera se toman interés por renovar su metáforas y comparaciones. Como es lógico, en el mundo literario, a la larga, todo crimen es descubierto y el autor condenado a la pena de la indiferencia o el olvido, en este caso, un olvido justo. Tenemos también el polo opuesto, es decir, cuando un autor rompe con la tradición y una cierta vanguardia moderada para lanzarse a osadías verbales que no van más allá del disparate.

Pero existe un buen número de escritores que, lejos de la obsesión del estilo, buscan el decorum y ponen su intención en comunicar un conjunto de ideas o sentimientos, valiéndose de un estilo sincrético y bien trabajado en el que se nota muy poco «la herencia del pasado».

Creo que es la tónica general.






 

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