Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2001 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Siempre había pensado que todo se allanaría si las cosas las seguía tomando con calma. Pero tengo que confesar que la angustia y la ansiedad se estaba apoderando de mí sin saber cómo remediarlo. Ni en el más fugaz de mis sueños habría imaginado que el amor infinito que sentía por Patric se pudiera ir desvaneciendo hasta no sentir por él más que animosidad y desprecio. A veces necesito compartir con alguien este malestar que es parte de mi vida y que me hace tremendamente desgraciada. A quién puede interesarle mis confidencias, saber que mi vida la comparto con un hombre que aparenta ser una persona correcta y es sólo una ficción, una mascarada insoportable que no puedo ya ocultar. Patricio es un ser que sabe engañar con su apariencia pacifica y cautelosa y un refinamiento tal en sus modales que nadie podría nunca juzgarle de otra manera. Ni yo misma que lo vivo a diario puedo separar estas dos personalidades que tanto me confunden y acabar reconociendo que este hombre es más diabólico que humano y nada ni nadie le podrá nunca cambiar. El arrebato mezclado con una rabia incontenida podía descargarla por una nimiedad sin importancia, y sólo cuando el estallido había llegado a lo intolerable su ánimo se apaciguaba, la calma vuelve, y él, completamente transformado se deshace en carantoñas ridículas y poco convincentes. En pocos segundos le parece normal que olvide toda una escena que además de acobardarme me indigna.

Su perdón y deseos de cambio duraban poco. De nuevo y en cualquier momento del día, e inesperadamente, armaba una trifulca que la sentía como si azotara mi cuerpo.

Para aliviar la tensión en la que vivíamos, o quizás para desagraviarme de tan malos momentos como me hacia pasar, decidió organizar una fiesta con motivo de su nuevo cargo de director de su empresa. Hizo una lista de los amigos y compañeros más íntimos y encargó a un restaurante un menú sofisticado y carísimo, con vinos de la mejor cosecha y, por supuesto, champán para el brindis de su ascenso, que le había dado mucha satisfacción, pero en absoluto había cambiado su carácter ni en lo más mínimo.

Estaba todo listo a la hora prevista para la llegada de los invitados. La cena transcurrió sin ningún incidente. Patricio lo tenia todo perfectamente organizado y estaba muy satisfecho de lo agradable que estaba resultando la velada, y, sobre todo, orgulloso de que sus amigos me vieran tan perfecta, nada había dejado al azar, ni mi atuendo, ni la mesa que estaba preparada con todo lujo de detalles. A las doce de la noche Patricio dijo que quería brindar por haber llegado a un puesto tan importante, pero también para felicitarse por estos años espléndidos de su matrimonio en perfecta armonía. Abrió las botellas y sirvió a los invitados uno por uno, llenando sus copas de champaña. Levantó la suya y dijo unas palabras que conmovieron a los amigos. «Y ahora, compañeros, tengo el honor de que mi mujer brinde por tan hermosa noche en compañía de todos vosotros.» Estaba serena como no lo había estado nunca. Y con una voz segura y potente les dije. «Queridos amigos; os doy las gracias por haber aceptado esta invitación para celebrar el ascenso de Patricio. Fue él quien tuvo la idea de reunir a todos nuestros amigos para que pudieran participar en tan grato acontecimiento. Y ya que estamos todo juntos y en feliz armonía, aprovecho para deciros que dejo a mi marido, me marcho. Después de muchos años de un calvario inenarrable, por fin hoy me siento liberada y dejo esta vida de pesadilla para buscar otra, que sea como fuere, será mejor que la que llevé hasta ahora.» Patricio se puso primero pálido como un muerto, poco a poco se fue transformando, su cara se fue tiñendo de un rojo encendido, hecho que ya conocía de muchos tiempo atrás. El gesto que hizo dejo paralizado a todos los concurrentes. Tiró de una punta del mantel y todas las copas y platos saltaron por los aires. Nadie se pudo nunca imaginar que un ataque de cólera mal contenida pudiera llegar a tal extremo. Para mí era un hecho corriente, así que di media vuelta y dije a todo el que quisiera oírme. «Esta vez si que no seré yo la que recoja del suelo los platos rotos.»




 

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